Menos agresiones y más hechos

La destacada formadora de periodistas y analista política Norma Abdo pone en foco en términos precisos el clima que se vive en la Argentina.

Norma Abdo

Los argentinos nos caracterizamos por hablar demasiado a veces y ser un poco "opinólogos", cualquiera sea el tema; no nos cuesta mucho sentenciar sobre aspectos sobre los que no tenemos demasiado conocimiento. Que esto lo haga el ciudadano común, vaya y pase, pero cuando esto se traslada a la dirigencia política, puede ser peligroso. Las palabras tienen un significado (una idea concreta, es el concepto que transmitimos a través del lenguaje) y un significante (la forma en que se expresa ese concepto es la herramienta que usamos en forma verbal o escrita para expresar una idea), y ambos son los dos elementos de la comunicación humana, para decodificar los mensajes, qué se dice, pero fundamentalmente cómo se expresa. Por eso, desde este espacio desgranaré algunas definiciones de palabras usadas y abusadas en los últimos tiempos.

No es sólo el qué sino también el cómo.

Este prólogo es importante a mi criterio porque en los últimos tiempos parece haberse degradado el valor indiscutible de la palabra tanto desde el hombre común como, y lo que es peor, desde los espacios de poder ya sean político, social, sindical, etc. Esa degradación cuando se convierte en moneda común, resulta peligrosa sobre todo para quienes abrazamos todo lo que implique vivir democráticamente y en libertad. Claro está en libertad bien entendida. Si nos remitimos al significado de la Real Academia Española (a la que acudiré en cada conceptualización), es "la facultad que tiene el hombre de obrar de una manera u otra y la de no obrar, por lo que es responsable de sus actos". También se señala como "el poder radicado en la razón y más inmediatamente en la voluntad de obrar o de no obrar, de hacer esto o aquello, de ejecutar así por sí mismo acciones deliberadas". Decir que es una facultad no significa que se trate de hacer desenfrenadamente cualquier acción sino con responsabilidad, en un marco democrático y convenido entre los actores que definen las políticas públicas. Y cuando de ellas se trata, educación, salud y seguridad son prioritarias y últimamente pareciera que en aras de la libertad (entendida con anteojeras) van quedando a la deriva.

No es sólo el qué sino también el cómo.

Y acá aparece otro término: negociación, distinto de contubernio o de arreglos espúreos. Es "un proceso entre dos partes dirigido a alcanzar un acuerdo sobre intereses que se perciben como divergentes", es decir buscar puntos de acuerdos y resolver beneficiosamente para las partes. En este caso, entre los poderes del Estado.

Sin embargo, pareciera que negociación fuese mala palabra para todos los que detentan el poder decisional del país. Todos se comportan como niños caprichosos sin comprender que bajo el nombre Argentina viven personas que delegaron en sus representantes el poder de tomar decisiones... claro muchos tienen puestos los ojos en las elecciones de 2025, tan lejos para las personas de a pie.

No es sólo el qué sino también el cómo.

También tenemos los oídos zumbosos de escuchar hablar del ajuste, del ajuste a la "casta", frente a una situación de desajuste. Pero el término ajuste significa según la RAE "arreglo, acuerdo, convenio, conciliación, adaptación" y también, "convenir, acomodar, amoldar, acomodar...". ¿Y qué es la casta? Según la misma fuente, "es un sistema social en el que el estatus personal se adjudica de por vida", "ascendencia, linaje o estirpe, clase, alcurnia" o" grupo que forma una clase especial y tiende a permanecer separado de los demás por raza, religión, política". Y la pregunta que nos hacemos los argentinos es qué es la casta para el presidente Javier Milei: ¿los jubilados?, ¿los desocupados?, ¿la clase media?, ¿los trabajadores?, ¿los emprendedores? ¿Quiénes? Porque hasta ahora la tan mentada casta sigue disfrutando de las mieles del poder sin pensar para qué fueron puestos por esos ciudadanos que hoy parecen ser, para la mayoría de ellos, simplemente un número en el padrón electoral. Recordemos que a poco del comienzo del año, entre gallos y medianoche, se habían aumentado sus dietas con la anuencia, nada más ni menos, de los presidentes del Senado y de Diputados, Victoria Villarruel y Martín Menem, respectivamente...olvidando que muchos jubilados que trabajaron toda su vida, hoy no les alcanza para los remedios o para comer. Dieron marcha atrás, pero a pocos días, se adjudicaron un aumento del que ninguno de los senadores, ni los que levantaron la mano y los que no igualmente lo cobrarán. ¿La casta dónde está? Tampoco olvidemos lo que se está viviendo con las tarifas de servicios públicos, más allá de que estaban pisadas, pero ¿era necesario reventar el bolsillo de manera tan violenta, afectando a todos los sectores? ¿Era necesario llevar al límite la relación con las universidades?

Porque si hay que corregir, que se haga, pero no con bravuconadas. La multitudinaria marcha, pocas veces vista y más allá de los que se cuelgan de las luchas genuinas, fue la voz de quienes votaron a Javier Milei y los que no: fue un reclamo social generalizado. ¿Hasta cuándo tirarán de la cuerda? No es sólo el qué sino también el cómo.

De grieta en grieta

Que en la Argentina hay una grieta profunda difícil de cerrar pero no imposible, si se asume a la democracia como el mejor sistema, hasta ahora, para vivir en paz y racionalmente. Pero la descalificación del otro ha llegado a límites que no son tolerables, con niveles inusitados de violencia verbal y social en general y en todos los ámbitos, que nos deja perplejos y diría casi paralizados. Tan paralizados como perplejos, que cuando queremos explicar a nuestros hijos, a nuestros alumnos, a todos, que con violencia y ofensas no se soluciona nada, vemos que la cabeza política de nuestro país, el presidente de la Nación, Javier Milei, habla a los gritos de la "casta política, parasitaria, chorra e inútil que hunde al país". O "políticos ladrones, empresarios prebendarios", o "...curro de micrófonos ensobrados, hijos de la pauta, y los profesionales truchos que venden sus servicios a los sicarios de la política".

Descalifica, generaliza y hiere. Menos mal que había dicho que no estaba en el camino de la confrontación. Pruebas al canto. Nuestro diccionario señala que confrontar es "la acción o efecto de estar o ponerse cara a cara con el otro", es decir, ponerse frente a frente para debatir o discutir sobre un asunto. En el caso de un gobierno con el Legislativo, se trata de construir consensos entre las distintas posiciones, por más antagónicas que sean, para construir una alternativa, una solución a los principales problemas de la gente que está sufriendo. Parece que el señor Presidente olvida que llegó al sillón de Rivadavia no con los votos de los libertarios, una minoría, sino de ciudadanos de distintas posiciones políticas e ideológicas que creyeron en su palabra, de partidos -que por convicción o conveniencia- aportaron a sus votantes, y que muchos de ellos son los que marcharon en distintos puntos del país en apoyo a una bandera indeclinable, como la educación pública. El 56% de los votos en la segunda vuelta no le da derecho a usar y abusar de la palabra libertad y de destruir todo el andamiaje estatal, en vez de buscar la forma de que el edificio no se venga abajo, corrigiendo lo que no funciona bien y fortaleciendo aquello de lo que no se puede prescindir. El Estado es responsable del bienestar de nuestra sociedad y esa prerrogativa ciudadana no la puede soslayar. El Preámbulo de nuestra Constitución, que resume los objetivos de ella, dice que los representantes del pueblo (ergo, los elegidos a través del voto de los argentinos) deben ""promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad...". Y cuando se habla de libertad no se refiere precisamente a que cada sector de la sociedad se maneje como le plazca, en una comunidad anómala ("desviación de una regla o de un uso"). 

No se trata de tener un Estado bobo sino de responder a las necesidades genuinas en salud, en educación, en seguridad, y no a los gritos como lo hace Milei, tratando a los políticos (de los que está rodeado en las distintas funciones del Estado) como ladrones, a los empresarios de prebendarios, o señalando a los periodistas como "ensobrados de la pauta y los profesionales truchos que venden sus servicios a los sicarios de la política". Es justamente lo contrario de lo que pregonaba en cuanto a que la confrontación no era su camino. Un presidente de la Nación tiene responsabilidades demasiado

importantes como para estar buscando flancos de confrontación y actuar como niño caprichoso. Seguramente que muchos organismos que dependen del Estado necesitan cambios, pero no es tirando todo por la borda indiscriminadamente lo que encuentra a su paso. Para no caer al vacío es necesario fortalecer lo que impliquen las responsabilidades inalienables del Estado. Seguramente que en la Argentina son necesarios cambios, pero ellos deben basarse en la coherencia en los gobernantes, fuerza laboral capacitada, infraestructura de calidad, desarrollo de la cultura, competitividad, entre otros factores. Y esto no se logra con improperios, bravuconadas o agresividad. No degrademos el valor de la palabra; que ésta sea el vehículo para comunicar acciones y no para agraviar por parte de quienes detentan el poder.

No sólo es el qué sino también el cómo.

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