¡Antón Pirulero, cada cual atiende su juego!
La opinión de Sergio Gómez.
Asistimos a vergonzantes situaciones en la Cámara de Diputados de la Nación con legisladores/as que nunca entendieron para qué fueron elegidos y que producto de ello devienen el escarnio y la degradación pública por sus deleznables procederes. Votan cosas sin medir las consecuencias, les preocupa más la ventaja política que dar soluciones a sus representados. Ni hablar de los Senadores de la Nación que con indisimulable desparpajo aumentan sus dietas, dignas de otro país, de otra realidad. Eso sí, inmediatamente tras quedar al descubierto de semejante maniobra, retroceden en su objetivo y salen descaradamente a enfrentar los micrófonos y los flashes solidarizándose con el soberano esperando quizás que se los aplauda por tan altruista actitud. Primero deberían mirar a los ojos a nuestros jubilados (¡!)
Lo mismo ocurre del lado del otrora presidente de los argentinos que, resultado de su pésimo gobierno, se fue con más penas que gloria (cero), y que vuelve a ser noticia con escándalos de todo tipo: corrupto, fiestero, golpeador, inútil: ergo, un garca de primera, un bueno para nada.
Los que imparten justicia (o deberían), andan también a los amagues. La lentitud en las causas que involucran a la exmandataria CFK, que tendría ya que tener sentencia en virtud de estar imputada y procesada y también la ineficiente tarea frente a los miles de ciudadanos de a pie que esperan respuestas de la justicia y que encuentra su denominador común, su punto de inflexión, en la ineficacia en los procesos. Si la justicia se demora, llega tarde, entonces no es justicia.
Los gremios no están eximidos de la decadente realidad que sacude a las instituciones, ya que aparecen en la etapa más importante de los ciudadanos, es decir en la vida laboral de cada uno. Sin pretender hacer historia sobre el gremialismo, sabemos que fueron creados para garantizar los derechos de los trabajadores, velando por conseguir condiciones dignas de trabajo, salarios acordes a la especificidad de tareas. Todo esto, que se encuentra suscripto en nuestra Carta Magna, en las Declaraciones, los Derechos y las Garantías para cada habitante del suelo argento, se ve empañado por el mal uso que le da "el sindicalista" a esa representación conferida por el trabajador afiliado a un gremio. En vez de proteger las conquistas sociales y laborales, muchas veces utilizan ese sello gremial para negociar cargos para unos pocos olvidando el principio de igualdad también consagrado en la Constitución Nacional. Es llamativo el hecho de que la mayoría de los representantes gremiales -no todos, eh- se encuentran con situaciones judiciales complicadas, ya sea por demandas de sus afiliados, por conflictos con la patronal, por hechos delictivos o de corrupción. No es un secreto que hablamos de "trabajadores que no trabajan y sin embargo son millonarios". Otros, los de menor cuantía, sueñan con llegar a esas lides y mientras tanto juegan a ser poderosos, hasta que les llega el carpetazo y calladitos a cuidar su quintita; el afiliado, bien gracias.
Es lamentable el deterioro que se evidencia en las instituciones que forman parte de nuestra vida en sociedad. Quizás sea una realidad la mejoría y tengamos un exitoso programa económico de gobierno, pero si no aprendemos a vivir decentemente, con dirigentes que más allá de las diferencias ideológicas puedan contribuir a que tengamos instituciones sólidas, confiables, que nos representen en cada acto que realicemos como parte interesada. Es responsabilidad nuestra elegir buenos gobiernos.
Claramente necesitamos cambiar el paradigma social, volver a las fuentes, siendo honestos, íntegros, educados, serios, donde la palabra sea la mejor firma de situaciones contractuales, en donde el desafío del juego sea atender las necesidades del otro. Jugar al Antón Pirulero en un país con más de 50 % de pobres, es más bien una película de terror.