El último sorbo del enólogo: la muerte de Roberto, pero Bonarda sigue viva.

La novela Bonarda y Malarda, en su Capítulo XLVI de Marcela Muñoz Pan, todos los capítulos los pueden encontrar en Memo los domingos.

Marcela Muñoz Pan

El origen y la estructura sobre la cual se construyó toda la identidad vitivinícola de Mendoza Este, de la familia y de la región, cumplió su ciclo evolutivo para transformarse en leyenda: Muere Roberto, el padre que de grande pudo conocer felizmente y disfrutar a sus hijas gemelas. Roberto no era solo un nombre, era la analogía viviente de la uva Bonarda en Mendoza Este. Al igual que esa variedad, que llegó silenciosa, que supo ser la base de todos los cortes y que resistió el paso del tiempo hasta ser valorada por su propia nobleza, Roberto había sido el sostén invisible de la familia.

A sus ciento cinco años, sentado en su sillón de mimbre, él sostenía un libro de registros antiguos, con sus enormes lentes de marco negro y grueso, sus ojos ya no buscaban números, sino esa luz que se iba acercando como de sorbo y sorbo, como esa velita que se oba consumiendo de a poquito, en silencio y en paz. Se encontraba en la casa de Bonarda, en el Barrio Las Bonardas. Dónde más podía morir Roberto, era su lugar fundacional, llegó a este lado del este y de este lado del este partió. Beltrán que gateaba a punto de empezar a caminar, se colgaba de los pantalones de su tatarabuelo para llamar su atención, una y otra vez llorisqueando para que Roberto lo alzara, él ya había cerrado sus ojos y seguramente Elena, su amada Elena lo había venido a buscar.

Malbeca y Bonarda estaban en los jardines del fondo tomando unos mates bajo el sauce llorón porque hacía mucho calor, ese rinconcito preferido de las gemelas, no era sólo un rincón, era el espacio de luz natural y fresca donde los olores de las uvas que estaban a punto para comenzar nuevas vendimias, con la nostalgia ya supuesta de las vendimias que sólo recordarán después de tantos pasados vividos. Entre sonrisas cómplices escucharon el llanto de Beltrán y con mucha dificultad se levantaron para ver por dónde andaba el niño haciendo un poco de lío, al verlo como salir de la galería al jardín del fondo, como si Beltrán quisiera avisarles algo, lo tomaron de su manita porque no lo podían alzar y él como buen guía las fue llevando hasta la galería del frente de la casa, los tres juntitos con sus pasos lentos cada uno por su edad, llegaron a la galería.

Roberto, la cepa original, había dado su último suspiro al ver a sus hijas. Ellas supieron que esa sombra se había esfumado para siempre. No había más que hacer más que abrazarlo, para que su alma se elevara en paz. Beltrán quedó dormidito en los calcáreos ocres con guardas negras, frescos, como si hubiera cumplido su misión.

Roberto no murió, simplemente se dejó vendimiar por el tiempo. Como la cepa Bonarda que le dio sentido a su estirpe, su cuerpo se entregó a la tierra para convertirse en el pedigrí invisible de todo lo que vendrá. Se fue como mueren los viñedos centenarios: en un silencio cargado de azúcar, con la dignidad de quien ya no necesita demostrar su nobleza porque su rastro está escrito en el color profundo de cada copa.

Él fue el pie franco sobre el que se injertó la esperanza de dos hijas que tardaron una vida en abrazarlo. Fue la estructura, el tanino firme y la paciencia del roble que supo esperar a que el vino de la familia terminara de decantar. Al partir, Roberto deja de ser un hombre para transformarse en terruño. Su aliento ahora es el viento Zonda que acaricia los racimos, y su mirada, esa que se apagó frente a los ojos de Beltrán, renacerá en cada brote verde que rompa la dureza del invierno en San Martín.

En Mendoza Este, el horizonte no se come al sol, lo guarda para la próxima cosecha. Del mismo modo, la tierra no recibe a Roberto para ocultarlo, sino para multiplicar su esencia. Se ha ido el hombre, pero queda la cepa fundacional: esa fuerza subterránea que nos recuerda que, mientras haya una raíz profunda, el linaje de la Bonarda seguirá fluyendo, tinto y eterno, hacia el infinito.

Roberto no sólo había inspirado amor, generosidad al adoptar a Malarda cuando se perdió entre el moisés de los olivos, él como enólogo dejaba un legado inigualable para toda la actividad vitivinícola a mundial. Cuando las gemelas encontraron a su padre en la galería, detrás de su espalda tenía un manuscrito con el título "Bonarda: La historia de un gran vino", Malbeca y José al ver llegar a sus hijas, las trillizas, les pidió que tomaran el manuscrito y lo guardaran hasta que pasara todo el sepelio y entierro de Roberto. Mientras se organizaban para todo el protocolo de despedidas, una de las trillizas, Ana Eliana tomó el manuscrito y dijo: mamá esto es una joya, hay que publicar este libro, entre sollozos y orgullo, sentimientos encontrados de la vida y la muerte, que el aleteo de la mariposa blanca que se posó sobre las manos de ella.

El manuscrito recorría la historia, la genética y la ampelografía de la cepa, también analizaba el origen (vinculado a la Saboya francesa) y cómo se adaptó a Mendoza, especialmente a Mendoza Este. Roberto quería revalorizar el patrimonio regional y técnico de la Bonarda, explicando por qué es la segunda uva tinta más plantada en el país después del Malbec. Al dar vuelta la primera página con su título y su dedicatoria por supuesto que, a Doña Adriana, que fue la que más le inspiró a escribirlo, a investigar sobre el tema, había un poema, un poema al Bonarda, increíble. Ana Eliana dijo esto hay que urgente publicarlo madre, les leo este poema que no dice el tatarabuelo de quién es, pero escuchen qué lindo es:

Mi Bonarda

Esa vida eterna

el color preciso

el momento esperado

nos encontró amándonos

en el beso,

en las bocas que lo esperan todo.

Todo.

Tu Bonarda se va quedando

en este suelo prometedor

mientras tus labios ciruelas

denominan un destino y un deseo.

Nuestra Bonarda asoma inmortal

en nuestros labios cerezas

cerezas de luz que alumbran

la tardecita para amarnos

sorbo a sorbo.

Roberto se hizo surco para que el libro fuera brote. Ya no es un hombre custodiando hileras, sino la savia misma que recorre Mendoza Este; porque cuando un enólogo se vuelve terruño, su última palabra no se escribe con tinta, sino con el color profundo de una copa de Bonarda que se alza, invicta, hacia el infinito.

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