La brújula del empresario

El cálculo económico de Mises aplicado en escenarios de toma de decisiones empresariales. Por Rubén de la Llana

Rubén de la Llana

Sin precios, no hay brújula. Ese podría ser el resumen más honesto del argumento de Ludwig von Mises sobre el cálculo económico, y también una frase que cualquier empresario PyME entiende de manera intuitiva, en base a su experiencia. Porque, al final del día, dirigir una empresa es decidir: qué producir, cómo hacerlo, con qué insumos, con qué tecnología, dónde invertir, qué abandonar, a quién comprarle, a quién venderle y, sobre todo, cuándo una idea atractiva puede ser en realidad un agujero negro para la caja.

Todo eso ocurre bajo una condición incómoda pero innegociable: los recursos son escasos. Entonces la pregunta relevante nunca es "¿se puede hacer?", sino "¿conviene hacerlo así, ahora o hay otra manera o momento?".

Y para responder esa pregunta hay un concepto que en la PyME se vive todos los días, aunque no siempre se lo nombre: el costo de oportunidad. El costo real de una decisión no es solo lo que se paga, sino lo que resignás por elegir esa opción y no la mejor alternativa disponible.

Si ponés la caja en una máquina, ya no está para stock, para financiar ventas, para aprovechar un descuento fuerte de un proveedor o para bajar deuda cara. Si metés a tu mejor equipo en un proyecto "con futuro", ese equipo no va a estar donde hoy tenés el cuello de botella que te frena la facturación.

Ese "lo que dejás de ganar" o "lo que dejás de hacer" es el costo de oportunidad. Y acá Mises mete el bisturí: para estimarlo en serio necesitás poder comparar alternativas con una regla común, y esa regla la dan los precios monetarios.

Ahí aparece lo que Mises llama cálculo económico. Traducido al idioma PyME: es la capacidad de comparar alternativas productivas con una regla común, para elegir con criterio y no a los manotazos. Es lo que te permite poner sobre la mesa dos proyectos y decir cuál usa mejor el capital, cuál te deja mejor margen, cuál te expone a un riesgo que no vale la pena y cuál te inmoviliza recursos que después te faltan para el día a día.

Es el corazón de cualquier presupuesto serio, de cualquier evaluación de inversión, de cualquier decisión de tercerizar o fabricar, de cambiar una máquina o estirar su vida útil, de abrir una sucursal o reforzar el canal que ya funciona. El cálculo económico, en ese sentido, es tu Excel pero con números que significan algo.

¿Y por qué Mises insiste tanto en el dinero y en los precios? Porque el dinero no es un lujo burgués ni un simple velo que tapa la realidad, como argumentan algunos manuales y autores. En una economía real no comparás peras con peras. Comparás horas de trabajo, kilovatios de energía, toneladas de insumos, calidad, plazos, fletes, mantenimiento, amortización, tasa de interés, riesgo, variaciones de demanda y un largo etcétera.

Medir en unidades físicas sirve para describir, pero no alcanza para decidir. Si alguien te propone elegir inversiones comparando toneladas, metros cúbicos y horas como si eso fuera un denominador común, está tratando de pilotear con instrumentos incompatibles. Suena técnico, pero cuando llega el momento de firmar el cheque, te das cuenta de que faltaba lo principal: una manera coherente de sumar y comparar cosas heterogéneas.

Esa manera, en el mundo real, son los precios monetarios formados en el mercado.

Y acá está la parte más fina del argumento: no alcanza con tener precios de bienes de consumo. Que la gente pague un precio por pan, leche o ropa es importante, sí, pero el gran desafío para coordinar una economía moderna es tener precios significativos para los bienes de capital y los factores: máquinas, herramientas, repuestos críticos, insumos intermedios, energía industrial, inmuebles productivos, servicios especializados, logística.

Ese universo es el que determina cómo se arma la estructura productiva. Si ahí no hay precios reales, el cálculo se rompe. Y si se rompe el cálculo, se rompe la posibilidad de coordinar una economía compleja sin desperdiciar recursos a gran escala.

En el mercado, además, existe un mecanismo de disciplina que cualquier empresario conoce aunque no lo llame así: ganancia y pérdida. Para Mises, el Estado de Resultados no es un detalle contable; es un tablero de control social.

La ganancia tiende a señalar que combinaste recursos de un modo que los consumidores valoran más que otras alternativas. La pérdida, en cambio, te grita que estás destruyendo valor y consumiendo capital. No es una condena moral; es información.

En una PyME sana, la pérdida no se debate en abstracto: se corrige, se rediseña, se recorta, se cierra o se reorienta. En una economía sin cálculo, la pérdida se tapa con discurso, con subsidio, con inflación, con plan o con un informe que suena importante.

El resultado suele ser el mismo: se come el capital.

Con esa lógica, Mises da el salto que lo hizo famoso: su crítica al socialismo no es "es menos eficiente", sino "es inviable" en términos operativos. El razonamiento es lineal. Si el socialismo elimina -o vacía- la propiedad privada de los medios de producción, entonces no hay intercambio genuino de bienes de capital. Si no hay intercambio genuino, no hay precios monetarios genuinos para esos bienes.

Y sin precios para bienes de capital, no hay forma de calcular costos de oportunidad, comparar métodos de producción, jerarquizar inversiones o decidir entre miles de combinaciones técnicas posibles. En ese escenario, el planificador puede mandar, ordenar, imponer y repartir, pero no puede saber con precisión qué decisiones están creando valor y cuáles están destruyéndolo.

La asignación termina siendo inevitablemente arbitraria: política, burocrática, militar o "por intuición" del comité de turno. Dicho a lo PyME: es pretender manejar una empresa gigantesca sin precios internos reales, sin balance valorizado, sin un índice de rentabilidad sobre la inversión (ROI) comparable y sin una señal confiable de pérdida.

Puede "funcionar" un tiempo, como puede funcionar una empresa quemando caja. Pero el día de la verdad llega, porque la escasez no negocia.

A esta altura suele aparecer la objeción moderna: Bueno, pero el Estado puede simular precios, usar precios sombra (valor monetario estimado para bienes o servicios sin mercado, que refleja el costo de oportunidad), hacer prueba y error. Mises desconfiaría, y con motivos prácticos.

Un precio sirve porque condensa información real que surge de decisiones de compra y venta bajo riesgo, con propiedad y alternativas. Un precio puesto con "masomenómetro" puede ser útil como referencia administrativa, pero no tiene el mismo contenido informativo. Y si además la planificación se guía con precios del exterior (de economías de mercado), no resolvió el problema porque se colgó del cálculo ajeno.

Es como si una PyME quisiera decidir inversiones mirando solo la lista de precios del competidor, sin mirar su estructura de costos, su productividad, su capital de trabajo y su riesgo. Podría acertar de casualidad, pero no es un método de gestión.

Todo esto no es arqueología intelectual. Para una PyME argentina, el cálculo económico se puede deteriorar sin necesidad de "socialismo pleno". Basta con inflación alta, controles de precios, múltiples tipos de cambio, subsidios que distorsionan energía y transporte, cepos que rompen reposiciones y señales de escasez.

En ese ambiente, el riesgo empresario es doble: no solo vender y cobrar, sino tomar decisiones con números "dibujados". Por eso la lección miseana, aplicada a gestión, es casi una recomendación de auditoría interna que supone cuidar la calidad del cálculo.

Separar lo nominal de lo real, reconstruir costos de reposición, testear escenarios de precios relativos, desconfiar de rentabilidades nacidas de distorsiones transitorias y no enamorarse de proyectos que "cierran" solo en planillas infladas por un tipo de cambio ficticio o una tarifa pisada.

Mises, si se sentara a tomar un café con un empresario PyME, probablemente no empezaría con razonamientos complejos. Te diría algo más simple: "Si se te rompe el sistema de precios, te quedás sin brújula. Y pilotear así puede ser buen material para escribir una historia heroica, pero en los negocios suele terminar con la misma moraleja: la realidad pasa la factura, y la factura no acepta excusas.


EL AUTOR. Rubén de la Llana. Contador Público Nacional. Consultor de Empresas. Cátedra Alberdi.


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