¿Viva la libertad? Cuando el operativo copia la lógica del ICE
El 26 de febrero de 2026, frente al Congreso de la Nación Argentina, el camarógrafo de A24, Facundo Tedeschini, terminó en el piso, golpeado, rociado con gas y esposado por efectivos de la Policía Federal Argentina. Escribe Eduardo Muñoz.
El 26 de febrero de 2026, frente al Congreso de la Nación Argentina, el camarógrafo de A24, Facundo Tedeschini, terminó en el piso, golpeado, rociado con gas y esposado por efectivos de la Policía Federal Argentina. Estaba acreditado. Estaba en zona de prensa. Estaba trabajando.
En esa misma protesta de Greenpeace hubo activistas que saltaron rejas y forzaron el perímetro. Cuando alguien rompe o intenta tomar un edificio público, la intervención policial no solo es legítima: es necesaria.
El problema es otro.
Si la policía no apunta al que rompe y barre con todos los que están alrededor, algo dejó de funcionar.
Tedeschini fue trasladado al Hospital Ramos Mejía y liberado horas después. La escena quedó grabada. Y no es un antecedente aislado.
El antecedente que rompe la idea de "hecho aislado"
El 11 de septiembre de 2024, también frente al Congreso, una nena de 10 años recibió gas pimienta directo en la cara durante una marcha de jubilados. No estaba agrediendo a nadie. La Justicia procesó al agente interviniente y la decisión fue confirmada en segunda instancia.
En su momento se habló de exceso individual. Pero cuando los casos empiezan a repetirse, ya no suenan a excepción. Empiezan a parecer una forma de reaccionar.
La lógica del control total
Acá entra la comparación incómoda.
El modelo operativo asociado a U.S. Immigration and Customs Enforcement, conocido mundialmente por su sigla ICE, funciona con una lógica clara: control total de la escena primero, individualizar después. Se asume que el entorno entero puede ser riesgoso y se actúa en consecuencia.
No es una copia literal. Pero la lógica se parece cuando todo el perímetro pasa a ser tratado como zona de amenaza. Cuando el que incendia, el que protesta sin violencia y el que filma reciben la misma respuesta inicial.
Neutralizar al que rompe es obligación. Tratar a todos como si estuvieran rompiendo no lo es.
En una protesta conviven perfiles distintos. El que empuja un vallado. El que canta consignas. El periodista que documenta. Si la reacción no distingue, la fuerza deja de ser precisa. Se vuelve general.
Y cuando la respuesta es general, el riesgo también lo es.
Orden o control
En un país que hizo de la libertad una bandera política, hay una escena que incomoda: un camarógrafo en el piso mientras transmite en vivo. Ese contraste no es ideológico. Es real.
El orden es una función básica del Estado. Pero cuando el criterio es asegurar dominio total del espacio y después ver quién era quién, el mensaje cambia. La cercanía empieza a pesar más que la conducta.
No se trata de desarmar a las fuerzas ni de tolerar violencia. Se trata de algo más simple: que la policía apunte al que rompe y no transforme todo el entorno en sospechoso.
Porque cuando el operativo deja de diferenciar, la libertad no se elimina de un día para otro. Se achica. Y se achica cada vez que alguien que no estaba agrediendo termina reducido igual que el que sí lo estaba haciendo.