La nenita del campanil

El doctor Eduardo Atilio Da Viá visitó Salta y nos deja en esta nota una de sus impresiones.

Eduardo Da Viá

Un campanil es, por definición y desde el punto de vista arquitectónico, un campanario exento. Vale decir que no integra el cuerpo edilicio de la iglesia a la que pertenece, sino que se yergue orgulloso y solitario en las vecindades de la misma, siendo el ejemplo paradigmático el campanil de la Basílica de San Marcos en Venecia que se eleva como estructura autónoma frente a la Basílica.

Por lo demás la mayoría tienen la estructura de cualquier campanario, vale decir una torre, las más de las veces de base cuadrangular, hecha de distintos materiales y con pequeñas aberturas en los costados a propósito de ofrecer alguna iluminación a la penumbra sobrecogedora de la era anterior a la electricidad, aunque colaboraban también lámparas de aceite intercaladas y adosadas a las paredes.

De todas maneras el conjunto resultaba tenebroso y si se le suma las mil y una anécdotas de fantasmas y accidentes mortales, lo que hizo que durante siglos fueran transitadas solamente por los clérigos encargados del mantenimiento.

Distinto el caso de los campanarios o campaniles cristianos que fueron aprovechados por los musulmanes cuando la dominación de los mismos y la transformación de la Iglesia en Mezquita, tal cual el caso de la Basílica de Sevilla con su más que famosa Giralda, nombre en realidad de la veleta instalada en la cúspide, pero que por extensión ha dado también nombre a la torre en sí. Que a su vez pasó a ser un Alminar en remplazo del campanario, dado que le quitaron las campanas.

En este caso el Almuecín o Almuédano era el encargado de subir a lo más alto de la estructura para desde allí llamar a los fieles a oración cinco veces por día.

Grandes arquitectos, los musulmanes construyeron una rampa de tierra apisonada para que el mencionado responsable subiera a caballo.

Hoy existen 35 rampas de cemento para facilitar la trepada de los visitantes a la torre de Sevilla.

Los campaniles más altos del mundo están en Italia, en Mortegliano y Cremona respectivamente con alturas de 113 y 112 m en cada caso.

El Campanil de nuestra historia tiene 54 m de altura y es el más elevado de la América Hispana.

Pertenece a la Basílica Menor de San francisco y se ubica en pleno centro de la ciudad de Salta.

La estructura actual data de 1882 y se ubica en una porción del huerto original del convento

Es una exquisita obra del arte barroco que incluye los tres tipos de columnas griegas: dórico, jónico y corintio, más los ornamentos propios del arte mencionado.

En el tercer nivel que luce una amplia ventana, se encuentra la campana, llamada de la Patria por cuanto fue fundida y moldeada por los frailes a pedido de Belgrano quién les entregó los cañones secuestrados a los realistas al finalizar, triunfo argentino mediante, la batalla de Salta que tuvo lugar el 20 de febrero de 1813.

Si bien no es dato importante para este escrito, sí lo es para admirar aún más al general Belgrano; al firmar la rendición el Brigadier Realista Juan Pío Tristán le rogó a Belgrano que lo matara en salvaguarda del honor del Ejército de Su Majestad.

.Belgrano no sólo se negó sino que le dijo: ambos hemos luchado por nuestros ideales, y en esta batalla no hay vencedores ni vencidos, por ello es que no ajusticiaremos ni a Ud. ni a vuestros soldados temporariamente prisioneros.

El Campanil es hoy motivo de gran atracción turística y cultural por todo lo descripto, y se lo puede visitar escalando los 109 peldaños hasta el recinto mismo de la gigantesca campana que pesa casi una tonelada y media y cuyo badajo es una bala de cañón tal como puede apreciarse en la ilustración (Fotografía del autor).

Para visitarlo se debe pagar un modesto canon e integrar grupos de hasta 15 personas que salen cada hora con la asistencia de una joven y entusiasta guía.

Cuando el grupo que me tocó integrar parecía estar listo para iniciar el recorrido, irrumpió inesperadamente una nenita de unos 6 años de edad, que llegó corriendo a los tropezones y a quién le seguía una joven dama, a todas luces su madre que se disculpó por la mínima tardanza.

La sorpresa fue que la niña presentaba los rasgos faciales típicos del Síndrome de Down, pero con unos preciosos ojos celestes de mirada vivaz y una angelical sonrisa, expresión clara de que estaba disfrutando el paseo.

Ataviada con un bonito vestidito de claros colores y un sombrerito rosado de ala moderadamente ancha, con una cinta ajustada a la base de la copa y cuyos extremos ligeramente excedían el borde del ala para caer por un costado adornando delicadamente ese níveo rostro.

Rápidamente madre e hija se integraron al grupo e iniciamos la visita, primero por el museo donde cada pieza observaba la niña con ojazos redondos y facies de sorpresa atenta a las explicaciones e indicaciones de su madre.

Recién después se inicia el ascenso de la aparentemente interminable escalera. Espontáneamente el grupo se detuvo al advertir que la pareja se demoraba, pero al poco rato nos alcanzaron. Poco después hicimos otro descanso y cuando llegaron madre e hija surgió espontáneamente un cerrado aplauso para ambas que se repitió cada vez que nos deteníamos y que en realidad aprovechábamos disimuladamente para tomar resuello.

Pasamos por estrechos túneles de baja altura donde éramos advertidos del peligro de golpear con la cabeza travesaños de hierro que le dan firmeza a la estructura.

Eso túneles conectan con la Iglesia y viceversa y eran utilizados con diferentes fines, algunos de ellos de dudosa categoría religiosa.

La escalera en sí va estrechándose a medida que aumenta la altura hasta dar cabida a una sola persona por vez y así se llega al tramo final, sumamente empinado, de escalones breves que admiten solo la punta de los pies pero que cuenta con varios pequeños asideros de hierro solidarios a las paredes, de los uno debe tomarse y trepar a la vez con los brazos y piernas en forma simultánea. Así por fin se arriba a la estancia donde cuelga la campana y que brinda a través de las cuatro aperturas en forma de ventanas, magníficas vistas de la ciudad de Salta.

Esta última parte fue muy traumática para la pequeña Alicia por cuanto evidentemente temía caerse por el temible hueco, pero entre todos la izamos y finalmente se recompuso al pisar madera firme, horizontal y amplia.

El regreso vuelve a preocupar por el descenso de esa porción casi vertical que debe hacerse de frente a los escalones y siempre auxiliándose con los asideros mencionados,

De nuevo y por lógica Alicia se negaba a arriesgar su cuerpecito por el estrecho hueco inicial, pero con la correspondiente ayuda comunitaria lo superó una vez más.

Cuando llegamos al plano de la vereda, ambas lucían felices y orgullosas y confieso que una cierta humedad me empaño la visión a pesar del calor reinante-.

Como ser humano en primer lugar y como médico en segundo me sentí reconfortado sobre todo por la actitud de la madre, en primer término de incorporar a su hija, con ciertas limitaciones, al resto de la comunidad aparentemente más dotada.

Seguramente la interesada en la visita era la madre, quien bien pudo desembarazarse de su hija durante un par de horas dejándola en custodia de algún familiar o institución.

Más no lo hizo y en un gesto de amor maternal emocionante llevó a su hija para que también disfrutara, en la medida de sus posibilidades, de una experiencia excepcional.

Y además de demostrarse Alicia a sí misma que puede dar mucho más de lo que rutinariamente se les enseña en muchas instituciones ad hoc.

Una experiencia reconfortante visitar tan significativo lugar, por su historia, por su arte y porque con la correspondiente asistencia de buenas personas que generosas tienden su mano, discapacitados relativos, sean congénitos, Alicia, o adquiridos como mi propio caso en que la discapacidad por ancianidad, aunque moderada, se percibe y evidentemente se puede superar.

Pero en ambos casos la experiencia nos brindó a esa bella niña y a este osado geronte experimentar un momento de superación, bálsamo para el cerebro.

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