Enero en mute

Nunca como enero para decirnos tantas cosas; si no me creen, pasen y miren...

Laura Romboli

El silencio en enero juega doble. La cuadra, ruidosa todo el año, se vuelve apática, selectiva. Los sonidos que persisten parecen existir solo para dejar en evidencia a los molestos. El encargado del gimnasio saluda a sus clientes gritando, arengando unas ganas que nunca terminan de aparecer. Pero él grita y, en enero, su voz no sobresale.

La ciudad se mueve bajo un cono de silencio. Nadie grita y las bocinas ya no aturden: acompañan ese modo veraniego, tibio, de romper la rutina de una u otra manera. Las faltas de respuesta y, peor aún, las respuestas tardías también ayudan a que el silencio se imponga.

El silencio muestra fisuras las veinticuatro horas. Los pasos suenan violentos y los gestos buscan pelea. Nada se soporta tanto como el silencio. Estamos sumergidos en ese mutismo denso, caluroso y pegajoso que ya no escuchamos las explosiones de la medianoche.

Las mañanas bajan el volumen, casi hasta mutear el día a partir de la siesta. La noche no refresca y ni siquiera las tormentas hacen ruido. La gente saluda con una mueca, aportando al silencio desganado y agotado del mes de enero.

No hay olores ni aromas ni perfumes que traigan bullicio. La música -la que es buena para los oídos- se tomó licencia; entonces todo lo demás es apenas ruido que se suma al silencio.

Silencio de ideas, de quejas.

Silencio de penas, de muerte.

De radio.

Silencio que dejan las peleas y que viste de frialdad las separaciones desnudas que no se animan a salir. Llanto de niños, caprichos no correspondidos que se pierden en el rincón de no saber qué más hacer. Preguntas que se acomodan tranquilamente en ese vacío, sin ganas de respuestas armadas, hechas, correctas. Suspiros que brillan en el silencio.

Terapias que intentan romperlo sin saber que lo acrecientan. Horas perdidas en la búsqueda de soluciones que no existen.

Silencio de precios que suben, de cuentas mal cobradas, de ventas engañosas, de tickets tramposos, de deudas que comienzan y de otro aumento más en las expensas. De frutas podridas camufladas en la misma bolsa.

Silencio y cansancio van de la mano. Les gusta mirarse. Disfrutan enero. Celebran aniversario. Adormecidos, cruzan la calle, arrastran los pies y miran al cielo, desesperados.

Silencio que duele en las rutas y bronca que nos ahoga cuando nos detienen el paso. Silencio que expone al idiota cada vez más idiota. El gracioso que ríe sin saber de qué se ríe.

Silencio de amores que fueron. De amigas que se mienten para pasarla mejor. De historias mudas que pretenden ser vistas y de selfies cargadas de sonrisas vacías.

Silencio oportuno que disfruta el que corre por las tardes entrenando para la próxima maratón. Del que se baña solo en la pileta y de la que sale al balcón.

De tomar la hipocresía bien fría y, si es con gaseosa, mejor. De esas ganas de romper el hielo y, si es el silencio, también, mucho mejor.

Silencio de enero que nos agobia, nos agota, desespera, irrita, transpira, pica, quema y molesta.

Siempre eterno, arrugado, antipático y cabrón. Treinta y un días de escaparle, en silencio, a la desolación.

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