"Como si alguien supiera", diálogo con un adolescente que no quiere vivir
Un encuentro revelador entre un psiquiatra y un joven que no tiene ganas de vivir. Para leer con tiempo. El relato de Juan Rozen.
Un paciente no ha venido a la consulta, así que aprovecho el tiempo ocioso para prepararme un té y sentarme a leer. Busco el libro que estoy leyendo y me siento frente al escritorio con la taza humeante.
Acabo de empezar una novela en la que un muchacho relata lo que acontece, la vida, en un entorno sórdido rodeado de seres que deambulan; mudos, ciegos y sordos. Abro el libro por el señalador que hizo mi hija en la escuela y antes de completar la primera línea, el timbre me interrumpe. La visita que ya daba por perdida llega inesperadamente.
Es una primera visita, que son las que más me gustan. Las vivo con una curiosidad e inquietud siempre renovadas por la obra que se desplegará en esa mutua audición de actores sin libreto ni papel asignado.
Cuando la obra es buena resulta que nos decimos algunas de las cosas más valientes y ocurrentes que jamás diremos y si es realmente buena, tendremos una ligera sensación de desorientación, como si el tiempo y el lugar se desvanecieran en pos de la audacia de las partes y así, un tanto extraviados; olvidados de nuestros personajes, nos valemos de la intuición para hacer pie cuando trastabillamos.
Para que todo eso ocurra, me reservo unos cuantos minutos extras y así no sentir el asedio de Cronos. Así que a pesar de que se ha hecho tarde, el tiempo es suficiente y mi curiosidad gana la pulseada.
Dejo el libro a un lado y recibo la visita.
Hace una semana atendí la llamada de una mujer pidiendo la consulta. Se trataba de una madre preocupada que me explicaba que veía a su hijo muy triste.
- Le pregunté a mi hijo si quería hablar con alguien
- ¿Y él que dijo? -contesté-
- No dijo que no ni que sí. Dijo bueno y por eso le llamé a Ud.
Y aquí están ahora, en la sala de espera. La mamá, una mujer guapa, de mirada dulce, me pregunta si puede pasar ella primero.
Mira a su hijo como pidiendo permiso y después a mí, con la misma mirada.
Como el chico no dice nada, en palabra ni en gesto, yo dejo hacer.
Una vez adentro del consultorio, la madre me cuenta que hace unos días que él está más callado, "triste". Traga saliva y agrega: "su novia me reenvió este mensaje que escribió él". Entonces me enseña el móvil.
Leo:
Decididamente, me gustan los adolescentes. Esa mezcla de Súperman con Clark Kent: por un lado, valientes, tozudos, omnipotentes, con ideales severísimos. Y por el otro, tímidos, frágiles, con una sensibilidad a flor de piel; contenidos dentro de cuerpos torpes y algo ajenos. Extremadamente humanos. Representantes de lo sano de la locura.
A ver si me explico: Quiero decir que sus locuras son de lo más sanas. Aunque no por sanas, los chicos dejan de sentir esa sensación de turbulencia.
Viajan desde la protegida y tranquila infancia hacia la aparentemente firme y resuelta madurez y sin querer, entran de lleno en la tormenta... Como si la adolescencia les encendiera el cartelito de "ajustarse los cinturones" pero claro, ellos no tienen cinturones de seguridad; allí donde están no hay asidero.
Están en un "entre", sin nadie que los confirme en un lugar. Ni siquiera se encuentran a salvo en sus propios cuerpos que; sometidos a la metamorfosis de pubertad, son fuente de sensaciones extrañas de irrealidad y de descontrol, el desconocimiento de uno mismo.
En resumen, aquella locura es sentirse atacados por un millón de cosas más fuertes que uno. Y cuando vienen al psiquiatra, casi siempre están un poco espantados de certificarse en ese lugar.
Me identifico con esas sensaciones; con la vacilación, la fragilidad, la hipersensibilidad; que es como no tener piel, porque la están cambiando, como las cigarras cuando crecen. Por otro lado, yo tampoco creo en las certezas ni en las verdades absolutas. Quizás por ese motivo no tengo el título universitario enmarcado y colgado en la pared detrás de mí "respaldándome", ni credenciales sobre mi escritorio que me asignen un rol -el saber acerca de la locura-. Y si, en cambio sobre la superficie del escritorio y por simple distracción, puedo haber dejado, para quien quiera encontrarlas, algunas pistas; una taza de té, un sello, un libro que a su vez contiene el señalador que hizo mi hija. En su conjunto, aquellos símbolos azarosos a la vez que singulares, contienen información mucho más ceñida acerca del lugar al que han acudido: médico/lector/padre/señalador.
Todavía a solas con esa mujer dulce, suave -quizás demasiado-, le pregunto si ya le ha dicho a su hijo que leyó el mensaje.
La madre me contesta que no, que en cuanto lo leyó, me llamó y quería saber mi opinión antes de hacer algo, de modo que había sido capaz de soportar el miedo y el silencio a cambio de una respuesta correcta, con aval profesional, para actuar ante la situación que planteaba su hijo.
El ideal de la p/m/aternidad de hoy, es la ecuanimidad y esta mujer se ha dejado afectar por él. Exigida; entrega dulzura y suavidad a pesar del terror de imaginar que su hijo se pueda suicidar.
Es capaz de subyugar sus emociones a la espera de una respuesta precisa, científica, universal, para ofrecer a su hijo.
La angustia de la madre no importa, lo primordial es la felicidad del hijo. Otro de los ideales de la época que no hace más que fomentar la desautorización de ella.... Cómo podría autorizarse si ella, no es más que la variable de ajuste.
Con la madre en la consulta, se me viene a la cabeza la imagen de las azafatas en el avión, instruyendo a los pasajeros: Los adultos son quienes deben ponerse primero la mascarilla de oxígeno, para después asistir a los pequeños.
Me figuro que por eso han venido al médico/padre/señalador... a buscar la restitución de la autoridad perdida y que ambos necesitan.
Ahora que me ha mostrado el mensaje, noto que tenemos un silencio que necesitamos sacarnos de encima.
- "Voy a decirle a su hijo que leí su mensaje, ¿de acuerdo?"
La madre me contesta que está de acuerdo. Entonces lo hago pasar y me quedo a solas con él.
Me sonríe, es guapo y me gusta de entrada.
El té, testigo de los avatares de la vida, aguarda fiel sobre el escritorio; sin hacer reclamos, salvo que ha dejado de humear. Le ofrezco al chico algo de tomar, porque "yo me voy a tomar mi té, sino te molesta".
Dice que no, tímido.
Le pregunto por qué ha venido:
- Porque mi mamá me trajo.
- ¿Y tu papá?
- Está trabajando, ellos están separados, pero hace mucho - responde hermético, temeroso.
- ¿Y por qué te trajo tu mamá?
- Me había peleado con mi novia y estaba triste por eso, pero ya está todo bien.
Está replegado en sí mismo, como un animal atrapado, hecho un ovillo en el rincón. Yo podría esperar sigilosamente, con calma, como ha hecho su madre hasta ahora, conservar el silencio y la ecuanimidad.
Pero su escrito va y viene, está en mi cabeza y en sus silencios -en el de la madre y del chico-; y necesitamos hablar de él.
- Cuando entró tu mamá, me enseñó un mensaje que le habías escrito a tu novia.
- ¿Un mensaje?
- Sí, creo que se lo mandaste la semana pasada; uno que decía algo así como que no sabes para qué vivir..., ¡Como si alguien supiera! - agrego.
- ¡Ah, sí! saca el teléfono y se pone a buscar, -¡Es este!-
- ¿Lo leerías?
Lo lee algo titubeante. Después le pregunto
"¿Qué te parece?", quiero decir, "¿qué me puedes contar de ese mensaje?"
- Nada, estaba mal con mi novia, pero ya se me pasó.
-Pero en el mensaje, decís otras cosas, intensas, me parece. Lo que dices de tu papá...
- Es así - me corta - Mi papá es un infeliz, un fracasado, me quiere decir cómo hay que vivir, cuando él no puede con su vida. Y mi mamá..., seguro que pidió plata prestada para pagar la consulta... ni siquiera pudo decirme ella a mí que había leído el mensaje.
El animal está largando zarpazos. Ataca desautorizando a sus padres y a la vez que denuncia su orfandad. Es un huérfano de autoridad.
Ese es su vacío. Por otro lado no me creo su teoría traumática de hijo no deseado.
Pienso que es más bien la situación inversa, es tal la bondadosa incondicionalidad de los padres que él puede ponerlos en cuestión, incluso puede quejarse de la manera en que lo han deseado.
¿Qué hijo es deseado como él/ellos quisieran? Se por la teoría y más aún por la experiencia, que si a los hijos les damos entrega, tiempo, amor que ellos piden; invariablemente necesitarán más.
Por otra parte... ¿Qué pasaría con el deseo de los padres, si lo único que existiera fuera el deseo por un hij@? ... Permítanme responder: No existiría el deseo entre los padres.
¡Claro que no ha sido deseado como él quisiera! Por suerte...
Invitándolo a salir del drama; de su explicación de hijo no deseado, le digo:
-Entonces, si yo tuviera que explicar por qué estás acá, ¿podría decir que has venido porque eres el producto no deseado de un fracasado y una mujer que no puede con su vida?... ¿O acaso eres algo más?
- Creo que quiero ser algo más - contesta.
Ha silenciado el ataque, y parece escucharme, así que agrego:
Dices que tus padres no pueden con sus vidas... Aunque escribes que tú tampoco puedes con la tuya... Pero eso no importa porque los que están en tela de juicio son ellos; ¿cierto?
Mientras lo miro siento algo visceral. La víscera se enreda en la memoria.
Tiene la frente, los ojos... la mirada de mi hermano menor cuando tenía la misma edad que el chico y yo era en ese entonces, más de lo que fui nunca, su hermano mayor.
Inesperadamente, emocionado por la memoria me surge hacer una confesión -una confesión contratransferencial-, le digo que se parece mucho a mi hermano menor cuando tenía su edad., "quizás necesitas un hermano mayor con el que hablar".
Le di una parte de mi inconsciente, de mi locura. Sin planearlo, sin un mapa que fije un itinerario terapéutico. Por eso mismo aquello que dije, no tiene nada que ver con una palmada en el hombro, ni con el chupetín pacificador del pediatra al final de la consulta (o con los tratamientos que proponen un recorrido y anticipan un final almibarado, de los que queda nada más que un dulce recuerdo).
-¿Y eso? Mira en dirección al libro -¿Qué lees?-
Le explico de qué va la novela.
-¿Está bueno?
-A mí me gusta- Le respondo; mientras siento un impulso. Me gustaría regalarle el libro... Pienso -sin decir nada- que es un libro que me hubiera gustado que me regalaran a esa edad, pero esta vez guarde la confesión para mí, tengo la sensación de que habrá tiempo para ver el libro juntos.
El personaje de la historia parece un poco solitario. Aunque halla otros seres, él está solo- me responde.
-No me había dado cuenta, no lo había visto así. Pero ahora que lo decís creo que tenés razón- Le digo.
- ¿Así que tenés hermanos? Me pregunta
- Sí
- ¿Y tenés hijos?
- Sí
- A mí me gustan mucho los chicos
- A mí también.- Le conteste
De pronto suena el timbre.
Es hora de despedirnos. Nos levantamos, aprovecho el envión y en un mismo movimiento le extiendo mi mano, él la agarra y, tirando de ella, me acerca a él para darme un abrazo.
*Juan Pablo Rozen. Mendocino. Ha sido medico psiquiatra del Hospital Universitario . Hizo residencias en psiquiatría infantil en Buenos Aires y Barcelona. En la actualidad ejerce la profesion en Barcelona.