Juego, narración y creatividad: estrategias para el lenguaje y el aprendizaje

La palabra que forma en la nueva escuela. Un texto de José Jorge Chade, de la Fundación Bologna Mendoza.

José Jorge Chade

Podemos identificar los procesos creativos de los niños, desde los primeros años de vida, observándolos mientras juegan. Gracias a la imaginación, proponen juegos de simulación, muchas veces sugeridos por objetos o por la interacción con personas o animales. Posteriormente, cuando el juego puede contar con el aporte de un cierto dominio del lenguaje, la actividad imaginativa podrá ir más allá de los objetos concretos y comprender personajes y hechos no conectados con la experiencia directa. Elementos fantásticos y escenarios surrealistas, transmitidos por narraciones y cuentos de hadas, pueden así convertirse en parte de la imaginación cotidiana. Gracias a las palabras, incluso lo que no está físicamente presente puede convertirse en un elemento evocado y compartido.

Vygotsky enfatiza la coexistencia de la actividad reproductiva y combinatoria en el juego, de hecho los niños cuando juegan, reproducen, emulan, acciones ya vistas, pero no se limitan a proponerlas en la forma ensayada, las recrean.

No es juego, un simple recuerdo de impresiones vividas, sino una reelaboración creativa de estas, un proceso a través del cual el niño las combina y construye una nueva realidad, que responde a sus necesidades y curiosidades (Vygotskij, 1972, p. 24) .

Cuanto más rica sea la experiencia, más aportará al niño ideas imaginativas destinadas a recombinar distintas situaciones.

Se puede extraer una conclusión pedagógica del hecho de que el niño tenderá a desarrollar una mejor actividad creativa cuanto más se estimule su experiencia para que se expanda: al educarlo para saber, para aprender, para jugar. (Rossi y Travaglini, 1997, p. 44).

Cuanto más completo sea el desarrollo, más capaz será el niño de dar formas concretas y comprensibles a sus elaboraciones fantásticas. Es el hecho de que el niño se deje llevar fácilmente por sus propias fantasías y tenga menos dudas a la hora de presentar sus obras,lo que ha difundido la errónea concepción de una creatividad que se va extinguiendo con el paso de los años.

En realidad, en su proceso de crecimiento, el niño acumula material útil para su futura reelaboración, a la espera de encontrar la forma y la ocasión de utilizarlo.

En virtud de esto, a cada período del desarrollo infantil le corresponde una etapa de actividad creadora. En la primera infancia, la creatividad encuentra expresión libre en el juego que, a su vez, se alimenta de cuentos fantásticos y cuentos de hadas. Durante los años de educación infantil, la expresión gráfica y la dramatización también adquieren una gran importancia.

Este último, que es de gran importancia para los niños incluso en una edad más avanzada, se entrelaza con el juego de simulación en los años del jardín de infancia. Con la escolarización, será la narración a través de la palabra escrita la que se convierta en la forma preferida de expresión creativa.

La creatividad depende de los dones naturales del niño, de sus instintos y de sus emociones, y el resorte de su desarrollo radica en la función creadora de la imaginación dentro de las relaciones afectivas (Tudor Powell, 1974, p. 21).

Sin embargo, no se debe subestimar el riesgo de aplastar la predisposición natural del niño a la creatividad:

Para imponer a los niños y jóvenes los patrones lógicos de la realidad, se reprimen simultáneamente los impulsos naturales a la creatividad, es decir, los momentos de composición libre y original de los elementos adquiridos a partir de la experiencia [...]. La primera forma de inhibición creativa se da precisamente en la escuela, que casi siempre ha mantenido el papel de transmisor de conocimientos y rara vez el de elaborar nuevos o favorecer el desarrollo de actitudes creativas en los alumnos. La creatividad suele ser criticada como originalidad o anticonformismo, aun cuando no represente ningún obstáculo para la inclusión en la realidad. Debemos estar de acuerdo con quienes creen que la creatividad y la imaginación provocan un sentimiento de miedo en los demás, ya que se teme que se cuestionen certezas tranquilizadoras o trastornen formas de vida habituales pero tranquilizadoras (Bávaro, 1995, pp. 4-5).

Los individuos necesitan poder expresarse espontáneamente para evitar que su capacidad creativa se vea limitada (Rossi y Travaglini, 1997, p. 8).

La escuela, por lo tanto, debe ser un contexto que preste especial atención a la protección del potencial creativo del niño, que, si no se cultiva cuidadosamente, puede marchitarse.

Es bueno recordar que es cierto que la creatividad es un aspecto potencial de la personalidad que cada individuo posee desde su nacimiento, pero es igualmente cierto que su realización se da en relación con la oportunidad que el entorno es capaz de brindar.

Fomentar la creatividad debe ser necesariamente uno de los objetivos primordiales de la educación, y puede perseguirse ofreciendo el mayor abanico posible de experiencias.

La creatividad y la imaginación, más que ligadas a contenidos extraordinarios de la experiencia y \ o la posesión de características de personalidad excepcionales, emocionales o cognitivas, parecen, de hecho, poder brotar de las posibilidades que ofrece la vida cotidiana, especialmente si son estimuladas por diversas contextos ambientales, comunicativos y relacionales en general (Rossi y Travaglini, 1997, p. 8).

La escuela, junto con la familia, es el contexto relacional y comunicativo por excelencia para el niño. Es aquí donde tiene sus propias experiencias y se pone en contacto con los demás. La creatividad no ignora el encuentro entre el individuo y el entorno e involucra todos los aspectos de la personalidad, incluida la esfera afectiva. El potencial creativo de cada uno se activa en la interacción, tanto porque el entorno en el que se experimenta está formado por relaciones, como porque cada expresión personal está de algún modo influida por la comunicación con los demás.

La comunicación no consiste en llevar objetos de adentro hacia afuera; cuánto entrar en una relación original y creativa que permita, junto con el otro, producir un objeto que antes no existía, ni siquiera "dentro" de la persona (Andrea Canevaro, 2000, p. 7).

Por tanto, es tarea de los adultos acoger al niño con sus descubrimientos y experiencias, con su riqueza de conocimientos y su potencial, para ayudarlo a ampliarlos, con el máximo respeto por lo que ya es.

Teniendo en cuenta que la capacidad creativa puede desarrollarse y aumentarse si se estimula con experiencias útiles para tal fin, en el ámbito escolar es necesario diseñar una educación para la creatividad en todas sus vertientes.

La creatividad no aparece de repente, sino que se desarrolla gradualmente y se afirma solo en una atmósfera que la aliente y los cuentos de hadas son una herramienta muy importante (Tudor Powell, 1974, p. 24).

Carl Rogers, citado por Tudor Powell (1974), reflexiona sobre la necesidad de crear un entorno capaz de hacer que todos los alumnos sean libres para expresar su creatividad.

El hecho de que una persona sea creativamente productiva y el hecho de que su potencial creativo se exprese depende enteramente de muchos elementos, a saber, su educación, su entorno, su carácter y en gran medida de sus maestros (Tudor Powell, 1974, p. 24) .

La tarea del docente es fomentar el trabajo creativo, ayudando a los alumnos a afrontar múltiples experiencias estéticas. El niño debe sentir que no será juzgado en relación a sus propias ideas y que su contribución, acogida junto a la de sus compañeros, enriquece el trabajo común.

Ernest Hilgard y Robert Sears han estudiado el reflejo de la relación entre la capacidad creativa de los alumnos y la actitud de escucha de los profesores. En una clase donde los niños se sienten libres para expresarse sin miedo a ser juzgados, también les resulta más fácil aceptar los puntos de vista y las diferencias de los demás y técnicas como la lluvia de ideas y la resolución de problemas promueven el aprendizaje creativo y una actitud de escucha en el grupo. .

Como sugiere Howard Gardner (2017), en su ensayo Inteligencias creativas, la creatividad no es una propiedad de un solo individuo, sino que es el resultado de la interacción entre tres ingredientes fundamentales: el individuo, el entorno y la riqueza del conocimiento adquirido.

En consecuencia, es necesario trabajar en la construcción de entornos en los que el niño se encuentre viviendo experiencias estimulantes, con la ayuda de personas competentes que sepan mantener viva la curiosidad por saber.

El adulto, por tanto, además de favorecer el desarrollo de aprendizajes productivos, proponiendo al niño problemas específicos con una o pocas soluciones dadas, debe también estimular todas sus actividades creativas espontáneas, libres y genuinas, tratando de comprender su importancia también para una sana salud psicológica. crecimiento (así como intelectual): en el juego, especialmente simbólico, en el uso de la palabra (verbal o escrita) o en el dibujo libre, se debe dejar un amplio espacio para la libertad imaginativa del niño, para que pueda crear espontáneamente nuevas estructuras, también siendo capaz de utilizar los materiales adecuados puestos a su disposición (Rossi y Travaglini, 1997, p. 29).

Anna Oliverio Ferraris sugiere algunas estrategias didácticas particularmente interesantes. Según el estudioso, el docente debe:

? proporcionar una amplia gama de formas y materiales para la expresión;

? desarrollar una actitud hacia los logros creativos;

? respetar las preguntas inusuales y las ideas originales o divergentes;

? mostrar a los alumnos que sus ideas están siendo consideradas;

? fomentar la autoexpresión en actividades tanto espontáneas como planificadas;

? trabajar alternativamente en grupo e individualmente (Antonetti y Cerioli, 2006, p. 19).

El bienestar psicológico, la tranquilidad, el respeto y la cohesión harán que el alumno esté motivado y sereno en la realización de las diversas actividades, pero esto no es necesariamente suficiente para alentarlo a expresarse. Educar al alumno para que exprese su potencial creativo debe implicar ayudarlo a conocerse a sí mismo, a probarse a sí mismo, a elaborar sus propios pensamientos, pensamientos que le pertenecen sólo a él y que se caracterizan por una singularidad que debe ser aceptada por profesores y compañeros.

A cada alumno se le debe garantizar un camino de crecimiento armónico e integral, lo que cobra especial importancia para los niños con desventajas, para quienes, en ocasiones, es recomendable buscar nuevas formas de expresión. A estos niños se les debe dar la oportunidad de afirmar su individualidad mediante el uso de una variedad de lenguajes, tanto verbales como no verbales, y los cuentos de hadas y las historias pueden ayudarlos mucho a adquirir una comunicación efectiva.

El proceso de desarrollo y crecimiento psicológico implica una separación-individualización progresiva tanto del mundo físico como de los objetos de apego. Donald Winnicott (1971) nos habla de un objeto transaccional , que puede tomar la forma de una funda, un trapo, un títere, siempre que sea investido por el niño de esos significados psicológicos precisos que le ayuden a superar esos momentos difíciles de insatisfacción, de soledad, que siente durante el proceso de crecimiento.

El objeto de transición es personal y diferente para cada niño, aunque su significado sea el mismo para todos. Representa y recuerda al niño la fusión que tuvo y tiene, aunque de manera menos exclusiva, con su madre. Gracias a ella, el niño, que en los primeros años de vida está dotado de un tipo de pensamiento que le permite manipular la realidad y transformarla con la imaginación, gana fuerza, se anima y se enfrenta a la realidad.

Las actividades lúdicas de los primeros meses de vida son un juego inconsciente del ser tal y tienen principalmente funciones adaptativas, de ejercicio de actividades reflejas, de intercambio comunicativo, de exploración del mundo de los objetos, de los sonidos, de descubrimiento del propio cuerpo, de socialización. . Son actividades que condicionan el aprendizaje y son utilizadas por el niño para crecer y desarrollar sus capacidades.

Los cuentos de hadas, la creatividad, la psicomotricidad constituyen un mediador importante para la actividad lúdica, observable a partir de los seis/siete meses de edad del niño, cuando la participación divertida, la atención y la satisfacción se van haciendo evidentes. Los juegos y los cuentos de hadas proponen una dimensión que separa y al mismo tiempo recuerda la realidad, dos niveles que el niño une y completa. Esta dimensión es la simbólica en la que coexisten realidad e imaginario . Alrededor del año y medio/dos , se manifiesta una función fundamental para la evolución del individuo. Consiste en un conjunto de conductas que involucran la evocación representativa de un objeto o evento que no está presente y que en consecuencia presupone la construcción o uso de diferentes significados.

Podemos distinguir algunos comportamientos recurrentes.

? Imitación diferida: el niño imita las acciones de un sujeto en presencia del modelo, luego será capaz de imitar incluso en ausencia del modelo y de representar las experiencias en sus pensamientos.

? El juego simbólico: el niño reproduce intencionadamente experiencias, situándolas en el juego, en el que involucrará objetos, animales y personajes, reales o imaginarios.

? Dibujo: a partir de los dos años solemos ver los primeros dibujos del niño que utiliza el dibujo como mediador entre el juego y la imagen mental.

? La imagen mental: a través de la imitación, el niño aprende a interiorizar las imágenes del mundo físico ya darse imágenes mentales de él, en su ausencia.

? Evocación verbal: en el proceso de adquisición del lenguaje, el niño se vuelve capaz de evocar, perfeccionándolo, una situación de imitación diferida y reproduciendo los sonidos de objetos, animales y personas.

La imitación, que nace y crece en forma de juego, transmite también el aprendizaje del lenguaje. Por lo tanto, es fundamental para el aprendizaje y, de hecho, también el pensamiento, la capacidad de abstracción, se origina en él. El juego simbólico es el campo de entrenamiento en el que el niño ejercita la facultad de imaginar, actividad que no se limita a copiar la realidad, al contrario, en el juego se manipula la realidad para que corresponda a las intenciones lúdicas deseadas.

En términos piagetianos, podemos afirmar que el juego transforma la realidad para ajustarse a las necesidades del sujeto, que la imitación es acomodación a modelos externos y que la inteligencia es la conexión entre la capacidad inventiva y la acomodación (Piaget, 1945).

La creatividad es un don innato que todos poseemos, pero que se oxida si se deja de usar o si vivimos en un ambiente demasiado impuesto y con pocas propuestas.

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