Criminología sistémica: por qué las explicaciones lineales ya no alcanzan para entender la violencia
El criminólogo Eduardo Muñoz pone en foco los nuevos desafíos de la criminología.
Durante décadas, la criminología buscó responder una pregunta central: por qué ocurre el delito. Para hacerlo, recurrió a modelos causales, factores de riesgo y explicaciones relativamente estables. Ese enfoque permitió ordenar el campo, producir diagnósticos y diseñar políticas de intervención. Sin embargo, frente a la complejidad de la violencia contemporánea, hoy resulta claramente insuficiente.
No porque el "por qué" haya dejado de importar, sino porque los conflictos actuales ya no responden a relaciones simples de causa y efecto. La violencia del siglo XXI emerge de escenarios complejos, atravesados por múltiples variables que interactúan de manera simultánea: desigualdad, poder, territorio, cultura, normas informales y fallas institucionales. Pensarla de forma lineal es, en muchos casos, una forma de simplificar un problema que es estructural.
En este contexto, la criminología sistémica aparece no como una moda teórica, sino como una necesidad analítica.
Del delito como hecho aislado al delito como síntoma
Uno de los principales errores en el abordaje de la violencia es tratar al delito como el origen del problema. Desde una mirada sistémica ocurre lo contrario: el delito es el síntoma final de un sistema social en desequilibrio.
Cuando un barrio, una organización o una institución falla en gestionar sus tensiones internas; disputas de poder, desigualdades persistentes, reglas no escritas, tolerancias implícitas o silencios institucionales, la violencia emerge como respuesta del sistema, no como simple desviación individual.
El hecho violento no inaugura el conflicto. Lo revela.
Qué propone la criminología sistémica
La criminología sistémica no abandona la pregunta por las causas, pero deja de buscarlas en elementos aislados. El foco ya no está puesto exclusivamente en el autor del delito, sino en la dinámica del sistema que hace posible ese comportamiento.
Esto implica un desplazamiento central: del individuo al entramado social. El territorio, la cultura, el ejercicio del poder, los símbolos, las normas informales y las omisiones institucionales dejan de ser "contexto" para convertirse en variables clave de análisis.
Desde esta perspectiva, las respuestas exclusivamente punitivas suelen fracasar porque intentan corregir conductas individuales sin intervenir sobre la estructura que las produce.
Un método, distintos escenarios
Este enfoque permite comprender por qué fenómenos aparentemente distintos responden a lógicas similares. La violencia de género, la inseguridad urbana o las dinámicas de masas en el fútbol no son compartimentos estancos. Son expresiones diferentes de sistemas que repiten patrones.
Cambian los escenarios.
Las lógicas sistémicas se repiten.
El rol del analista de complejidad
Adoptar una criminología sistémica implica profesionalizar la mirada sobre lo social. El rol del analista deja de ser reactivo y se vuelve estratégico: identificar riesgos antes de que se materialicen, decodificar patrones invisibles y diseñar intervenciones que actúen sobre las condiciones que producen el conflicto.
En un mundo donde la tecnología ya puede describir hechos y procesar datos, el verdadero valor profesional está en interpretar la complejidad.
Mirar el sistema, y no solo el suceso, es hoy el primer paso para anticipar escenarios y reducir riesgos reales.
Los temas pasan.
El método queda.
Y en una época marcada por conflictos cada vez más complejos, comprender el sistema ya no es una opción académica: es una necesidad social.