El cul-de-sac argentino

Esa pasión argentina (o de algunos argentinos) por condecorar e idolatrar a salvajes dictadores. Lo analiza con nombres y apellidos Alejandro Jofré en esta nota.

Alejandro Jofré

En general, asociamos despotismo a una situación lejana, en alguna isla con palmeras y un trono de bambú con Papa Doc sentado, cortándole la mano a un infeliz que osó comer un coco propiedad del tirano.

Como todos los autócratas que hemos tenido en Argentina llegaron de la mano de un golpe de Estado, nos resulta difícil imaginar que salgan de otro lado.

Pero resulta que el despotismo puede surgir de cualquier lado, inclusive de un gobierno democrático, por ejemplo Sadam Hussein era vicepresidente, Hitler era Canciller, y Papa Doc era presidente. Todos votados y luego botados por haber sometido a su pueblo.

El despotismo, no surge de un gobernante que se impone, sino de un pueblo que lo acepta, porque la libertad nunca se pierde, sino que por el contrario, se entrega.

Un pueblo y sus dirigentes se van acostumbrando a la idea de sistemas de gobierno autoritarios, siempre en la medida que lo van aceptando en pequeñas dosis.

Entre los Napoleones y los Césares de cabotaje reina el refinado gusto de rendirle tributo a cualquier extranjero que tenga en su haber algunas represiones o por su caso, algún atropello a los derechos fundamentales del hombre.

El atroz gusto por el reconocimiento de verdaderos monstruos no tiene explicación alguna aparente, pero en realidad es producto de la mezcla de ignorancia, moda y torpeza de nuestros dirigentes políticos que han edulcorado opresores.

La orden de San Martín, que busca reconocer a "funcionarios civiles o militares extranjeros que en el ejercicio de sus funciones, merezcan en alto grado el honor y reconocimiento de la Nación", y ha tenido la "noble" tarea de reconocer a Nicolai y Elena Ceauescu (dictadores y fusilados en su país), Alfredo Stroessner (dictador, depuesto y exiliado), Rafael Leónidas Trujillo (dictador asesinado), Augusto Pinochet (dictador), Hugo Chávez (dictador), Nicolás Maduro (negador de derechos básicos, dictador) como también a Francisco Franco (déspota líder Español).

Los Perón junto a los Pinochet.

Argentina le dio a Nicolai y Elena Ceauescu el doctorado Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires (1974), lo que demuestra que el honor es bastante relativo en la UBA.

Por otro lado a Maduro le han concedido el Doctorado honoris causa (Universidad Nacional de Lanús, 7 de marzo de 2014)

Chávez recibe el premio "Rodolfo Walsh".

Por su lado Chávez, el 29 de marzo de 2011, recibió de la Universidad de La Plata el Premio Rodolfo Walsh, premio a la defensa de la libertad de prensa. Parece un chiste pero es verdad, y les recomiendo leer "Cuando los medios son noticia: Los ataques a la prensa en el regimen de Hugo Chavez" de Marisela Castillo Apitz y Daniel Palacios Ybarra, sobre unos 63 casos de atropellos a periodistas durante el gobierno de Chávez.

También, para no quedarse atrás, a Fidel Castro se le otorgó el Honoris causa de la Universidad de Lanús (2014), y además se le concedió la distinción de Ciudadano Ilustre de Lanús.

Pero espere todavía y no haga ¡plop! aún.

También se le concedió la Medalla de la Ciudad de Buenos Aires galardón de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Está última distinción por ser, Castro, "un emblema de los ideales de la libertad". Si, leyó bien, Castro es emblema de libertad para la Ciudad de Buenos Aires. Que alguien piense que Fidel es un emblema de la libertad, habla a las claras de cuales son las premisas que hay sobre la libertad en los sujetos que otorgan estos reconocimientos, que por si todavía no se dio cuenta, han sido políticos argentinos.

Anibal Ibarra con Fidel Castro.

Pero los homenajes son variados, por ejemplo se entronizó un busto de Ho Chi Minh, en la Ciudad de Buenos Aires, en donde Diego Santilli expresó la admiración de los pueblos del mundo a Ho Chi Minh, líder revolucionario vietnamita, que dicho sea de paso fusiló a todo el que se opuso a su sistema y expropió a todos los pequeños campesinos en Vietnam.

Para no ser menos snob y rendirle homenaje a reconocidos asesinos, nuestra vicepresidente Fernández en determinado momento se comparó con Gadafi y dijo: "Yo también, al igual que el líder de la Nación Libia hemos sido militantes políticos, desde muy jóvenes, hemos abrazado ideas y convicciones muy fuertes y con un sasgo fuertemente cuestionador al statu quo que siempre se quiere imponer para que nada cambie y nada pueda transformarse". A Gadafi lo lincharon cinco meses después de esta declaración un pueblo cansado y revolucionado con su líder que se cansó de matar y torturar ciudadanos de su país.

Cómo se puede comprobar, Argentina aún está en deuda con Hitler, Mussolini, Stalin, Pol Pot, Mao Zedong, Thanos y el señor que me estaciona el auto en el puente de la cochera de la oficina, todos ellos susceptibles de encontrarse entre el 8 y el 9 círculo del infierno de Dante, pero que han quedado huérfanos de reconocimientos como los otros citados. No hay que desesperar, ya que en breve algún reconocimiento tendrán de nuestra dirigencia.

Es decir, que nuestro querido País ha sido dadivoso a la hora de premiar y distinguir dictadores, asesinos y terroristas que no han tenido empacho en fusilar, callar, secuestrar y asesinar personas.

Las actitudes descriptas no son sorprendentes si se tiene en cuenta que actualmente hemos callado, como país, ante los atropellos en Cuba y Venezuela.

Esta conducta omisiva ya es parte de nuestro garbo o distinción nacional, así como a los norteamericanos les gusta invadir países para sus propios negocios o a los franceses les gusta perder guerras, a nosotros nos apasiona premiar dictadores o hacer mutis frente a los gobiernos totalitarios.

La verdadera grieta consiste en la adhesión (o no) a los valores republicanos y de respeto a la integridad humana tanto en su dignidad como en su patrimonio. Ho Chi Minh, Gadafi, Miguel Díaz-Canel y Maduro representan la negación a estos principios morales y democráticos.

La disputa hoy resulta de distinguir quienes representan estos valores y cuáles son los dirigentes que tarde o temprano van a terminar levantando el arco del triunfo del próximo tirano.

Christopher Dawson decía que: "Toda sociedad descansa en última instancia en el reconocimiento de principios comunes e ideales comunes, y si no tiene apelación moral o espiritual a la lealtad de sus miembros, inevitablemente va a caer en pedazos."

Argentina no va a descansar hasta que reconstruya sus valores y su integridad espiritual y de esta forma lograr una paz que le permita ir solucionando la innumerable cantidad de problemas estructurales que la aquejan.

Tal vez será el momento en el que asumamos que ensalzar déspotas y tiranos, o no condenar dictaduras, así como también cultivarlos, son disvalores que quiebran el buen espíritu que debe primar en cualquier construcción social sana.

Argentina es una especie de psiquiátrico abandonado por Dios, en donde los carceleros gozan del mismo estado de salud de los internados.

En este happening social, hemos desarrollado la idea peregrina que no hay forma de volver a las tiranías de antaño.

La generación de anticuerpos a las posiciones antidemocráticas debe partir de la base de no reconocer y por ende rechazar enfáticamente cualquier tipo de sistema que afecte la libertad de los ciudadanos sea de un cubano que le da a sus ciudadanos una libretita alimentaria o de Macron (proto dictador en ciernes) que prohíbe a la gente circular sin estar vacunados.

Estamos en el culo de la bolsa aprobando dictaduras en forma simplista, sin darnos cuenta que este camino no tiene salida.






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