La política del confort y el vacío que elegimos todos los días
Mauricio Castillo analiza cómo la evasión sistemática del malestar y el conflicto ha transformado la fatiga en una identidad política, dando lugar a una ciudadanía frágil que, al priorizar el alivio inmediato, cede su capacidad de decidir sobre el futuro.
Vivimos en una época que se proclama sensible, empática y consciente, pero que huye del conflicto como si fuera esa enfermedad contagiosa. Todo incomoda demasiado. Todo cansa rápido. Todo duele antes de tiempo. En el nombre del "bienestar", venimos construyendo una cultura del confort, que termina, para mi ver, siendo profundamente conservadora.
Una cosa es estar cansado y otra distinta es convertir el cansancio en identidad política. Cuando la comodidad deja de ser una necesidad y pasa a ser un valor superior, el problema ya no es el económico ni lo psicológico: es ético. Una sociedad que solo reclama alivio termina entregando la capacidad de decisión a cualquiera que promete reducir el dolor, aunque sea a costa del futuro.
No se trata solo de redes sociales, aunque ahí el síntoma es más visible. Se trata de una forma de estar en el mundo. Una realidad que confunde el placer con un derecho, la comodidad con justicia y la tranquilidad con la felicidad. Una sociedad que exige resultados sin procesos y soluciones sin costos. Y que, cuando la realidad no acompaña, acusa al sistema, a la política o al clima, pero rara vez se interroga a sí misma.
Este nuevo epicureísmo cotidiano no busca el goce reflexivo del que hablaban los griegos, sino algo más pobre: evitar el malestar a cualquier costo. El No sufrir, No esperar, No frustrarse. El problema es que una comunidad organizada alrededor de la evasión termina siendo fácil de gobernar. Nada más funcional al poder que ciudadanos cansados, distraídos y emocionalmente frágiles.
Mientras tanto, la política se adapta. Ya no promete transformaciones, promete alivio. No propone proyectos, ofrece calmantes. El discurso público se llena de consignas suaves, frases breves y enemigos abstractos. Todo debe ser simple, inmediato y digerible. Pensar en serio espanta votos. Decir la verdad incómoda. Y la incomodidad, en estos tiempos, es imperdonable.
En este contexto reaparece un estoicismo de utilería. Frases motivacionales que invitan a aceptar lo inevitable, convenientemente despojadas de su dimensión ética y política. "No te quejes", "adáptate", "enfócate en lo que puedes controlar". Mensajes que suenan profundos, pero que muchas veces funcionan como la pedagogía de la resignación. Una ética individual para un problema colectivo.
Entre la liviandad y el abismo: cuando el futuro se nos vuelve urgente
Hay una consecuencia, una sociedad extrañamente despolitizada y furiosa al mismo tiempo. Quienes dicen no creer en nada ni en nadie, pero se enoja por todo. Que descree de las instituciones, pero espera milagros. Que rechaza el conflicto, pero vive en tensión permanente. Una ciudadanía que ya no discute proyectos de país, sino estados de ánimo.
El Estado no puede reemplazar la responsabilidad individual, del mismo modo que el mercado no puede reemplazar la solidaridad.
Quizás el mayor drama contemporáneo no sea la crisis económica, ni la tecnológica, ni siquiera la política. Tal vez sea esta incapacidad creciente de tolerar la complejidad. "Pensar" duele. "Dudar" desgasta. "Esperar" exige carácter. Y, sin embargo, no hay democracia posible sin esas tres cosas.
Una sociedad que solo busca sentirse bien termina renunciando a transformarse. Y una política que solo busca tranquilizar termina administrando el vacío. Deseo evitar el cinismo, creo que es solo un diagnóstico, un poco incómodo quizás. De esos que no entran bien en una historia de Instagram.
La pregunta, entonces, no es si somos epicúreos o estoicos. La pregunta es: ¿Todavía estamos dispuestos a hacernos cargo de lo que implica vivir juntos? ¿Con conflicto? ¿Con esfuerzo? ¿Con decisiones que no siempre gustan, pero que construyen algo más que confort momentáneo?
Porque cuando una sociedad elige solo lo cómodo, tarde o temprano otros eligen por ella. Y les puedo asegurar que rara vez lo hacen pensando en su bienestar.
Tal vez el verdadero progreso no consista en sentirnos mejor todo el tiempo, sino en hacernos cargo, aun cuando eso incomode. Porque una sociedad que huye sistemáticamente del "malestar" que por ahí le toca atravesar, no construye futuro: apenas sobrevive al presente. Y el presente, como ya sabemos, nunca espera.
En estos tiempos, incomodar también es un servicio público.