Ausentismo electoral: el malestar de nuestro tiempo
La baja participación no es un rechazo al sistema democrático en sí, sino una manifestación de desencanto alimentada por la desigualdad, la corrupción y una oferta política que se percibe desconectada de las necesidades sociales. Por Sergio Bruni.
El dato no pasó inadvertido: en las elecciones municipales del domingo en Mendoza votó menos de la mitad del padrón. La situación varía dependiendo de cada municipio, pero la baja afluencia del padrón fue una constante. El promedio fue del 47%. Los datos oficiales indican:
La Paz 66%. Luján 42%. Maipú 43%. Rivadavia 53%. Santa Rosa 62%. San Rafael 49%. Promedio: 47%
En una provincia con fuerte tradición cívica y en un país donde el voto es obligatorio, que la participación sea menor al 50 % no es una anécdota estadística. Es un síntoma. En las últimas décadas, la democracia dejó de ser una conquista incuestionable para convertirse en un sistema bajo evaluación permanente.
No porque las sociedades estén pidiendo regímenes autoritarios, sino porque crece una sensación más sutil y más inquietante: la democracia ya no cumple lo que promete.
El malestar no surge de un único factor. Se alimenta, en primer lugar, de la desigualdad persistente. Durante años se dijo que el crecimiento económico traería bienestar generalizado. Sin embargo, amplios sectores perciben que las oportunidades se concentran, que el esfuerzo no garantiza movilidad social y que el ascenso es cada vez más difícil. Cuando la democracia no mejora la vida material, pierde parte de su legitimidad simbólica.
A eso se suma la crisis de representación. Los partidos tradicionales, que alguna vez canalizaron identidades claras -obreras, liberales, conservadoras, socialdemócratas- hoy aparecen desdibujados o convertidos en maquinarias electorales. Muchos ciudadanos no sienten que haya una voz que los exprese genuinamente. Votan, pero no se sienten representados. Y esa distancia erosiona el vínculo esencial entre sociedad y política.
La corrupción, real o percibida, completa el cuadro. Cada escándalo refuerza la idea de que existen privilegios y zonas de impunidad. Cuando la política parece un espacio cerrado donde las reglas no son iguales para todos, la confianza se diluye. Y sin confianza, la democracia se vuelve un procedimiento frío, despojado de entusiasmo. El mes pasado estando en la ciudad de Panamá, le pregunté a un taxista, ¿el actual presidente es de izquierdas o de derechas? Su lacónica respuesta fue: "roba como todos" ...
El clima de polarización también tiene su peso. El debate público, amplificado por redes sociales, se ha vuelto más estridente y menos deliberativo. Las posiciones extremas capturan la atención, mientras que los consensos quedan deslucidos. En ese escenario, la política se percibe como conflicto permanente más que como construcción colectiva.
Las crisis globales recientes -económicas, sanitarias, geopolíticas- profundizaron la sensación de incertidumbre. En tiempos de miedo o inestabilidad, los procesos democráticos, que son necesariamente lentos y negociados, pueden parecer insuficientes frente a la urgencia. Surgen entonces voces que reclaman soluciones simples para problemas complejos, y liderazgos que prometen eficacia sin matices.
Sin embargo, conviene hacer una distinción crucial: descreer del funcionamiento de la democracia no equivale a rechazarla como sistema. La mayoría de las sociedades sigue prefiriendo el régimen democrático frente a alternativas autoritarias. Lo que se cuestiona es su desempeño concreto, su capacidad de dar respuestas.
El desafío, entonces, no es defender la democracia con consignas vacías, sino mejorar su calidad. Más transparencia, más rendición de cuentas, instituciones más abiertas y partidos que vuelvan a conectarse con demandas reales. La democracia no se fortalece negando el malestar, sino escuchándolo.
Durante décadas, la democracia argentina se sostuvo -con tensiones y crisis- sobre una ciudadanía que, aun en contextos adversos, acudía masivamente a las urnas. Incluso en momentos de desencanto o bronca, el acto de votar funcionó como una válvula de expresión. Por eso, cuando ese gesto pierde fuerza, la pregunta ya no es sólo cuántos fueron, sino por qué tantos eligieron no ir.
Una primera explicación apunta al carácter local de los comicios. Las elecciones municipales suelen generar menos interés que las presidenciales o legislativas nacionales. No definen el rumbo macroeconómico ni la política exterior; no concentran la atención de los grandes medios ni polarizan la conversación pública. Sin embargo, esa mirada minimiza el peso de lo municipal en la vida cotidiana: el alumbrado, la limpieza, el ordenamiento urbano, la seguridad preventiva, el transporte local. Son decisiones que afectan de manera directa la calidad de vida. Si lo más cercano no moviliza, el problema no es de escala, sino de conexión.
También influye el desdoblamiento electoral. Separar elecciones puede tener ventajas estratégicas para los oficialismos o para ordenar agendas, pero fragmenta el calendario cívico y diluye el impulso colectivo que genera una jornada nacional. Ir a votar varias veces en un mismo año exige un esfuerzo adicional que muchos ciudadanos, cansados y escépticos, no están dispuestos a hacer.
En este sentido resulta interesante el proyecto del diputado Gustavo Cairo que propone la "prohibición de desdoblamiento de elecciones municipales cuando sólo se renueven concejales". La iniciativa es clara: cuando solo se elijan concejales, las elecciones deben ser obligatoriamente conjuntas con las provinciales, para evitar los desdoblamientos municipales. Es de toda lógica que concurrir en una elección, 5 o 6 veces a votar, harta a cualquiera.
Hay, además, un fenómeno cultural que atraviesa democracias de todo el mundo: la erosión de la confianza en las instituciones. Partidos más débiles, liderazgos personalistas, discursos cada vez más confrontativos y menos programáticos. En ese contexto, muchos ciudadanos sienten que las opciones no los representan plenamente. La abstención, entonces, se convierte en una forma silenciosa de expresar distancia.
En Mendoza, la baja concurrencia deja una señal doble. Por un lado, interpela a la dirigencia política provincial, oficialismo y oposición por igual. No alcanza con ganar elecciones: hay que lograr que la ciudadanía quiera participar. Por otro, también interpela a la sociedad. La democracia no es un espectáculo que se observa desde afuera; es un sistema que requiere involucramiento, incluso cuando genera desencanto.
No se trata de dramatizar ni de anunciar una crisis terminal. La democracia argentina ha superado momentos mucho más críticos. Pero sí de advertir que la legitimidad no depende únicamente de la legalidad del proceso electoral, sino también del nivel de participación. Cuando casi la mitad del padrón no concurre, los gobiernos electos siguen siendo legítimos, pero su base de representación se vuelve más estrecha.
Tal vez el dato más inquietante no sea el porcentaje exacto, sino la tendencia. Si cada elección convoca un poco menos que la anterior, el problema deja de ser coyuntural y se vuelve estructural. Recuperar la participación no será cuestión de campañas más ingeniosas ni de eslóganes más efectivos. Exige reconstruir confianza, ofrecer proyectos claros y asumir que la ciudadanía ya no vota por inercia.
La baja participación del domingo pasado en las elecciones de los 6 municipios, no es sólo una cifra. Es un mensaje. Y como todo mensaje en democracia, merece ser escuchado antes de que el silencio se vuelva costumbre.