Carnaval toda la vida

El carnaval y la salud mental colectiva. Por Mariam Moscetta.

Mariam Moscetta
Lic. en Psicología

Salir a la calle en los 70 en plena siesta de febrero, era la provocación perfecta para enfrentar -en los huecos, las esquinas, los cordones- una lluvia de bombitas que caía como una ola desde arriba, abajo, izquierda, derecha y/o... cabe, con, contra, de, desde, hacia, hasta, para, por, sin, so, sobre, tras. So pena de empaparte, caerte o arruinarte el jopo. Tras los ligustrines que sólo servían de escondite. Hacia la jarana y hasta la diversión más genuina, más laica, más desopilante, en el mayor jolgorio del verano.

Todo era cuestión de comprar bombitas, llenarlas de agua, ponerlas en un balde o fuentón y salir en una camioneta (la chata), auto o rastrojero con dos o tres vecinos de la cuadra y empezar a zambullirse en el jaleo del carnaval para no saber cuándo terminaba la guerra de la challa.

Y, al anochecer, llegaba el sublime preparativo para las fiestas de disfraces del barrio. Fiestas sagradas de carnaval a las que asistía toda la familia, con atuendos, antifaces y caretas de toda índole y matiz, hechos en casa. Representando personajes, bichos, nacionalidades, profesiones y cuanta idea loca surgiera por ahí. Mucha música y color, risas, adivinar quién era quién debajo de las máscaras o simplemente lucir durante una o dos noches una identidad diferente.

Las fiestas populares igualan, combaten la soledad. Todo aquel que piense que está solo y que está mal, tiene que saber que no es así, que en la vida no hay nadie solo y siempre hay alguien, dice esa canción en la que todos vamos a bailar. Constituyen mucho más que un espacio de ocio, son verdaderas instituciones sociales que cumplen funciones esenciales en la vida psíquica de las comunidades y de los individuos. Su importancia radica en que permiten suspender la rutina, renovar vínculos y canalizar tensiones, convirtiéndose en verdaderos dispositivos de salud mental colectiva.

La fiesta abre un paréntesis en el tiempo, devolviendo a la comunidad a ese tiempo originario donde lo sagrado se hace presente (Mircea Eliade). En términos de bienestar, esta ruptura ofrece un "reset" emocional, un espacio donde las preocupaciones diarias se disuelven y la vida se experimenta con intensidad renovada. La suspensión de la rutina es, en sí misma, terapéutica.

El sociólogo y filósofo Émile Durkheim describió la fiesta como el momento en que la sociedad se celebra a sí misma. La efervescencia colectiva -ese estado de exaltación compartida- genera una fuerza que trasciende al individuo y lo conecta con un cuerpo social más amplio. En el carnaval, el ruido, la danza y el canto producen una pérdida de la individualidad que se traduce en alivio psíquico: los problemas personales se relativizan y se experimenta la pertenencia a algo mayor. Esta vivencia fortalece la cohesión social y actúa como una "batería emocional" que recarga la conciencia colectiva. Es energía vital.

El carnaval es un "tiempo fuera del tiempo" donde las jerarquías se suspenden y los roles sociales se invierten. Se habilita la parodia del poder, la exageración del exceso y la inversión del orden sin que eso desemboque en una ruptura real. La máscara y el disfraz nos permiten desprendernos de la identidad cotidiana y experimentar la libertad de ser "otro". Es como un laboratorio del caos que genera un vínculo humano espontáneo y radicalmente igualitario. Desde la perspectiva de la salud mental, este tipo de vínculo es un antídoto contra la soledad y la fragmentación social, restituye la confianza en el colectivo.

En Argentina, la historia del carnaval muestra cómo la fiesta puede ser perseguida y, sin embargo, renacer con nuevas funciones. Durante la dictadura militar (1976-1983), la prohibición de los feriados buscó desarticular la efervescencia colectiva por miedo a su potencia política. Ese silencio generó una ruptura generacional y un vacío psíquico; en esos tiempos, la calle dejó de ser un lugar de juego para convertirse en un espacio de peligro. El retorno democrático trajo consigo algo nuevo al carnaval: la murga urbana, como rito de resistencia, transformándolo también en un espacio de crítica social y contención emocional.

Nuestro carnaval tiene dimensiones transculturales, es un mosaico de herencias europeas, africanas y andinas. En Gualeguaychú, Huamahuaca o en algunas barriadas porteñas, esta fiesta gigante demuestra todavía su fuerza más antigua, su capacidad para permanecer y reinventarse como espacio de identidad y reparación histórica.

Si bien en Mendoza no hay comparsas, challarse entre vecinos ya no es una costumbre, las fiestas de disfraces cada vez escasean más y mucha gente aprovecha los feriados para tomarse el palo a unas mini vacaciones, vale recordar que las fiestas populares son mucho más que entretenimiento, constituyen poderosos mecanismos de salud mental colectiva. En un mundo marcado por el estrés y la fragmentación, el carnaval recuerda que la risa, el exceso y el caos compartido no son frivolidades, sino necesidades vitales para sostener la vida en común.

Como dice la canción, la vida es un carnaval y las penas se van cantando y bailando. 

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