El futuro de Mendoza se define desde la educación
Con una gestión basada en la evidencia y resultados concretos en alfabetización, Mendoza consolida a la educación como el motor principal de su desarrollo y crecimiento a largo plazo.
En un contexto global y local atravesado por transformaciones profundas (tecnológicas, productivas y sociales), Mendoza enfrenta una discusión de fondo: no es sólo cómo crecer, sino sobre qué bases hacerlo.
Y en ese punto hay una certeza que no admite demasiadas interpretaciones: la educación es la principal política de desarrollo de largo plazo de la provincia.
En la Argentina, muchas veces se impone otra lógica. Se privilegia lo visible, lo inmediato, lo que se puede inaugurar o anunciar. Pero los procesos que realmente transforman una sociedad no siempre son espectaculares. Formar mejor, enseñar mejor, lograr que los chicos aprendan y terminen la escuela es un trabajo silencioso, pero decisivo.
Ahí es donde Mendoza empezó a hacer una diferencia. Y no es casualidad. Es el resultado de una decisión política sostenida en el tiempo.
Hoy la política educativa provincial, encabezada por Tadeo García Zalazar, no se limita a administrar el sistema: lo está transformando con planificación, evidencia científica y metas claras. Y lo más importante: esa transformación ya empieza a mostrar resultados.
La provincia avanzó en algo poco frecuente en la Argentina: medir para mejorar. Con evaluaciones que alcanzaron a más de 339.000 estudiantes en 1.259 escuelas, Mendoza cuenta hoy con información precisa para intervenir donde están los problemas y sostener lo que funciona.
Los resultados empiezan a consolidar ese camino. En alfabetización, los niveles críticos se redujeron de manera significativa, marcando un cambio estructural en los aprendizajes. En comprensión lectora, la gran mayoría de los estudiantes alcanza niveles satisfactorios, y por primera vez se implementó un censo provincial de matemática con alta cobertura, permitiendo ordenar la enseñanza con datos reales y no con intuiciones.
Incluso en variables que muchas veces se naturalizan, como la asistencia y la permanencia, los indicadores muestran mejoras sostenidas.
Pero la transformación no es sólo pedagógica. También es estructural.
En infraestructura y organización del sistema, se tomaron decisiones de fondo. No sólo se invierte más, sino que se invierte mejor. Se avanzó en la reorganización de la oferta educativa, concentrando salas de 4 y 5 años que estaban vacías o subutilizadas, y destinando esos recursos a la creación y ampliación de salas de 3 años, con el objetivo de universalizar el acceso en la primera infancia.
En esa misma línea, se inauguraron cinco nuevas escuelas técnicas con modalidades innovadoras y planes de estudio de cinco años, pensadas en función de los sectores productivos de Mendoza. No se trata sólo de sumar edificios, sino de definir qué se enseña y para qué se enseña.
La experiencia del polo educativo de Ugarteche sintetiza ese cambio de paradigma: integrar nivel inicial, educación especial, formación para el trabajo y educación técnica en un mismo proyecto educativo, conectado con la realidad social y productiva.
En educación técnica y formación laboral, la articulación entre secundaria, nivel superior y matriz productiva dejó de ser un discurso para convertirse en política pública. La creación de los CEPAS y el fortalecimiento de los CEBJA, CENS y la educación a distancia ampliaron oportunidades reales para miles de mendocinos.
Porque hay algo que esta gestión entendió bien: la terminalidad educativa no tiene edad ni recorrido único.
También se avanzó en temas que durante años se evitaron. Mendoza fue pionera al abordar el acoso escolar como una contravención, involucrando a las familias, y tomó decisiones firmes frente a nuevos desafíos, como el bloqueo de apuestas online en las escuelas.
En paralelo, se reconstruyó el vínculo con la docencia, con diálogo, pero también con hechos: carrera docente ordenada, concursos transparentes y reconocimiento al esfuerzo, la permanencia y la formación.
Pero quizás el cambio más importante no esté en una obra ni en un indicador.
Hay una nueva forma de gobernar la educación. Basada en evidencia, en evaluación permanente, en intervenir donde están los problemas y en asumir la responsabilidad por los resultados. Priorizar alfabetización y matemática, incorporar tecnología con sentido pedagógico y entender que enseñar mejor no es una opción, sino una obligación del Estado.
Nada de esto ocurre por inercia. No es lo habitual en la Argentina. Es el resultado de una decisión política sostenida durante más de una década.
Mendoza no es un paraíso. Tiene problemas y desafíos que nadie puede negar. Pero tampoco es la misma provincia que hace diez años. En este tiempo hubo un camino claro: ordenar el Estado, sostener el equilibrio fiscal, reducir el gasto improductivo y administrar con responsabilidad en un contexto nacional muy complejo. Ese proceso (muchas veces silencioso y sin impacto inmediato) es el que hoy permite hablar de una transformación real, con bases sólidas y políticas públicas que empiezan a mostrar resultados, especialmente en educación.
Ese es el punto de equilibrio que necesitamos sostener: reconocer lo que falta, pero también valorar lo que se hizo. Porque entre el conformismo y el pesimismo hay un camino más responsable, que es el de seguir mejorando sobre lo construido.
Por eso, cuando Mendoza discute su futuro, la educación no puede ser un tema más. Tiene que ser el eje.
Después de años de orden fiscal y administraciones responsables, hoy la provincia está en condiciones de dar un paso más: consolidar un modelo de desarrollo donde la educación sea el motor.
Y en ese camino, la continuidad no es una consigna.
Es una decisión estratégica.
En ese sentido, hay una definición que sintetiza el momento: "el proyecto es colectivo, no hay proyectos individuales que tengan éxito en el largo plazo". Y eso es, precisamente, lo que hoy expresa el gobierno: un equipo de gestión con experiencia, compromiso y capacidad para seguir llevando adelante un plan que ya está en marcha.
Mendoza hoy tiene la oportunidad de profundizar un rumbo que ya empezó a dar resultados.
Y en educación, ese rumbo tiene nombre, tiene equipo y tiene con qué sostenerse en el tiempo.