La razón de ser de la existencia
A partir de las premisas de Nietzsche y Viktor Frankl sobre la importancia de hallar un "¿Por qué?" vital. La búsqueda del propósito personal en lo cotidiano y cuestiona la complejidad de un universo que, a pesar de nuestra inteligencia, nos mantiene ajenos a sus misterios más profundos.
Admito que el título de este ensayo no es en absoluto novedoso, dado que infinidad de filósofos han tocado en profundidad el tema, pero con frecuencia, sus ideas al respecto tienen que ver más con la razón de ser de cada persona, que con la razón de ser desde el punto de vista ontológico, punto al cual me he de referir específicamente,
Para comenzar y como ejemplo de la primera incógnita me limitaré a transcribir el parecer del gran Nietzche al respecto
FRIEDRICH NIETZSCHE, FILÓSOFO, SOBRE LA FELICIDAD Y LA RESILIENCIA: "SI UNO TIENE SU PROPIO ¿POR QUÉ? DE LA VIDA, SE AVIENE A CASI TODO ¿CÓMO?"
A través de las palabras del escritor alemán, y de su posterior popularización por Viktor Frankl, se habla de la importancia de buscar una razón de ser, en uno mismo
A menudo, la felicidad suele asociarse a los buenos momentos de la vida. Sin embargo, la filosofía ha hablado a lo largo de los siglos de cómo buscar ese sentimiento, incluso en momentos más convulsos.
Así, de las palabras de Heráclito en la Grecia Clásica o la teoría de Byung-Chul Ha, numerosos filósofos y psicólogos han abordado cómo buscar lo bueno, en lo malo. Una materia sobre la que también habló Friedrich Nietzsche.
El filósofo alemán pronunció una frase clave sobre cómo intentar lograr esa felicidad a lo largo de la vida. "SI UNO TIENE SU PROPIO ¿POR QUÉ? DE LA VIDA, SE AVIENE A CASI TODO ¿CÓMO?", escribió en 'El ocaso de los ídolos', una de sus últimas obras. Un libro donde reflexiona, resumiendo sus conceptos, sobre cómo el ser humano no necesita eliminar el sufrimiento para vivir plenamente; necesita, más bien, dotar a su vida de un sentido propio.
El "porqué" no es algo que se recibe desde fuera (ni de Dios, ni de la sociedad, ni de una moral universal), sino algo que se crea activamente. Si ese sentido es auténtico, el "cómo", es decir, las circunstancias difíciles, las pérdidas o el dolor, dejan de ser obstáculos absolutos y se transforman en algo que puede ser asumido.
Unas palabras que se hicieron muy populares gracias a la versión que transcribió Viktor Frankl, psiquiatra superviviente del Holocausto: "Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo".
Tras su paso por los campos de concentración, el austriaco se basó en la filosofía nietzscheana para hablar de la afirmación de la vida, incluso en sus aspectos más dolorosos.
De hecho, en 'El hombre en busca de sentido', Viktor Frankl describe cómo, incluso en condiciones extremas de deshumanización, quienes conservaban un propósito (un motivo para seguir viviendo, amar, crear o dar testimonio) mostraban una mayor capacidad de resistencia psicológica. Una idea que busca analizar cómo, para los que siguen esta filosofía, la felicidad no debe ser entendida como bienestar constante o ausencia de malestar.
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El sufrimiento no es un enemigo a erradicar, sino una experiencia que puede integrarse en una vida significativa. El problema no es el dolor en sí, sino la falta de sentido que lo vuelve insoportable. Una idea que la psicología moderna ha seguido trabajando.
Visto así pareciera muy sencillo encontrar la razón de ser de nuestra existencia y es simplemente descubrir nuestra misión en este mundo, pero mi duda es si el hallarlo está al alcance de todos los humanos que se lo preguntan, dado que a la mayoría les basta con un buen vivir sin preocuparse por la razón de ser.
Y para aquellos que sí se lo preguntan, la respuesta no está siempre al alcance de la mano, por el contrario estimo que a la mayoría se les escapa la misma.
Los menos son aquellos que en un preciso momento de su existencia, descubren que lo que más placer les causa es una determinada actividad, y ciertamente desde la misma niñez ya se advierte la tendencia, casi siempre a través de los juegos, a realizar tareas estrechamente vinculadas con la futura dedicación que le dará sentido a su vida.
Ni qué hablar cuando se trata de vocaciones, que si bien son las menos, son a su vez las más claras, firmes y hasta ineludibles, es decir no puede ser otra cosa que carpintero por ejemplo, para no redundar con los clásicos ejemplos del sacerdocio y del médico.
Pero a muchos de los que les preocupa el tema, suele ocurrirles que toda su vida transcurre sin hallar su razón de ser.
Eso les depara la condena de no disfrutar de lo que hacen, sino que lo toman simplemente como un modus vivendi necesario para la subsistencia, pero del cual huirían si tuviesen la menor oportunidad; son las personas que odian los lunes y cuyo humilde deseo es la pronta llegada del fin de semana; tiempo éste que a su vez dedican a nada como no sea excederse en la comida y la bebida y anular su desencanto mirando pantallas, por lo general deportes o estúpidos programas pretendidamente cómicos, donde al menos en Argentina se caracterizan por la grosería o la ridiculez con la clara venta o alquiler subliminal de anatomía femenina de muy buena calidad.
Son días que restan, no que suman, y eso en el fondo, lo perciben, aunque no quieran reconocerlo lo que les depara sentimientos de culpa que luego se diluyen al saber que a muchos de sus amigos les ocurre lo mismo.
No son culpables, simplemente son desafortunados, dado que cumplen con su rutinario papel en la sociedad sin dañar a nadie porque no encuentran otra senda que caminar.
Si en cambio se detuvieran a pensar, en el caso que corresponda, que la razón de ser de su vida está en las cosas simples, en especial la familia y el intransferible papel de educador de sus hijos, hoy casi abandonado por los matrimonios modernos; en estar satisfecho con tener un trabajo que le permita subvenir a las necesidades de su grupo familiar aun cuando no sea lo que hubiese deseado hacer, sin pretender ascender más allá de donde le dan la altura de sus piernas, lo que no significa que no resulte lógico y hasta necesario el empeño en progresar, pero no para tener más sino para disfrutar más de lo que tiene y de lo que lo rodea, en especial las bellezas naturales y muy especialmente de las amistades. A propósito de este último tópico, una profesor de cirugía que tuve la suerte de tener, y con quien trabáramos una estrecha amistad a pesar de la diferencia etaria, me dijo más de una vez: si quiere tener amigos, cultive la amistad, convoque, no espere a ser llamado.
Vale decir entonces que la razón de ser de una existencia tipo, está en deleitarse con lo que tenemos, con lo que hacemos laboralmente o como entretenimiento, sin olvidar que nacimos sin solicitarlo lo que no debe suscitar rencor con los causantes, nuestros padres, sino atesorarlos en tanto vivan.
En el mundo consumista de hoy, el tener más es un leitmotiv que envenena nuestras vidas, en una eterna comparación con los que poseen más y mejores bienes, pero que no son felices.
Es imprescindible encontrar el justo medio, ni tanto ni tan poco como reza el dicho popular.
Hasta aquí las elucubraciones propias y prestadas acerca de la razón de ser de la vida individual, pero las cosas se complican tremendamente cuando uno interroga sobre la razón de ser de la existencia de toda la existencia, en este solo y único mundo, la Tierra.
La existencia global es de una complejidad que se encuentra más allá de nuestra capacidad de entendimiento y más cuando advertimos de la estrecha relación entre los unos y los otros.Somos dependientes de una maquinaria de la que formamos parte pero como un simple engranaje aun cuando nuestra tarea a lo largo de la vida haya representado un avance trascendental para la humanidad, tal como el descubrimiento de la electricidad o la ley de la Relatividad de Einstein, o la teoría microbiana de las enfermedades y finalmente el inmiscuirse en la intimidad del espacio y del universo, aventura que nos ha traído más interrogantes que respuestas y éstas a su vez bajo la forma de teorías, es decir de meras posibilidades de comprensión de los fenómenos que nos desvelan como tiempo, espacio e infinito.
Si la existencia toda está irremisiblemente condenada a desaparecer por medio de la muerte y que en el mejor de los casos cada muerte de un ser vivo ayudaría al nacimiento de otro no necesariamente igual, pero que se vale de los mismos deshechos para renacer y prosperar, la pregunta es por qué tanta complejidad, por qué un mamífero superior como el hombre o el elefante, o un vegetal gigante como los baobabs o las secuoyas dependen de diminutos insectos para sobrevivir.
Si todo habrá de desaparecer naturalmente o por la obra deletérea de los humanos, para qué construirlo partiendo de simples moléculas y esperar miles de millones de años para lucir como ahora.
Para qué, confieso que no lo entiendo. ¿Se trata de una juego macabro donde todos terminan muertos, previo haber sufrido todo tipo de calamidades naturales o generadas por el mismo rey de la creación, sin coincidir con la teoría de ésta por cierto?
O peor aún es el resultado simplemente del azar que se aburrió de una existencia eterna pero sin variación alguna y para colmo de males sin compañía, entonces se puso a jugar como los niños que de un palito hacen una embarcación de guerra, la idea le gustó y se largó con la magna obra de crear la existencia.
Teoría azarosa del Big Bang o planificación estratégica de algo o de alguien creador de todo cuanto existe.
Ninguna de las dos me satisface, lo cual no es bueno para mí a diferencia de los que adhieren a una de ellas y con eso tienen la respuesta que buscaban; y cuando digo que no es bueno para mí, me refiero a que ninguna me despeja la dudas, pero como soy agnóstico y por lo tanto acepto que carezco de la capacidad de entender, entonces tercerizo las culpas y me someto al azar venidero dado que no me queda otro recurso.
Pero qué respuesta le doy a los curiosos acerca de todo este complejo que constituye el planeta tierra y sus vidas afianzadas a la superficie.
Siempre sostuve que quien fuera que creara la vida, eligió entre miles de millones de cuerpos celestes, uno inacabado. Sí, tal cual, la tierra está evolucionando como planeta a un ritmo imperceptible para el hombre pero no para su tecnología que puede detectar y aún medir los cambios. La conclusión es que está irremisiblemente destinada a desaparecer cuando los núcleos se apaguen por agotamiento de la energía que los alimenta y en consecuencia se enfriará hasta alcanzar temperaturas absolutamente incompatibles con cualquier clase de vida actual y hasta donde se sabe, venidera.
Claro ello llevará millones de años, lo que nuestro parecer de humanos finitos a los 80-100 años, nos parece una cifra tremenda, pero no para el infinito y la eternidad, donde el tiempo seguirá su derrotero sin que nadie lo moleste midiéndolo en fracciones meramente convencionales que solo sirven por ahora para nuestro diario vivir.
No estoy de acuerdo con la existencia de este único planeta habitado, en el que la pervivencia depende de una cadena alimentaria absurdamente cruel cuando pudo haber sido mucho más simple, sin necesidad de matar para subsistir.
Tampoco estoy de acuerdo con habernos dotado de la inteligencia más avanzada aunque no la única, pero incapaz de entender de donde venimos, adonde vamos y la sempiterna tríada tiempo, eternidad e infinitud. Si hasta me resulta un sadismo capacitarnos para pensar pero en forma limitada, como que hubiese tópicos cuyo entendimiento nos está vedado pero que gobiernan nuestro devenir.
En fin, me voy al jardín a contemplar el paso de las golondrinas por mi trozo de cielo, maravilloso ballet que despliegan antes del tremendo esfuerzo de volar 10.00km dos veces al año.
¿Por qué?, como supondrán carezco de respuesta.