Locura inmortal

La inmortalidad y la locura puede que vayan de la mano, en un mundo que rotula de "colifa" a todo lo que no quiere entender.

Pablo Gómez
Escritor mendocino

El tipo era inmortal. O al menos, eso era lo que andaba diciendo por ahí. Pero la verdad es que era bastante recatado en sus comentarios; no es que anduviera a los gritos por la vida declamando su inmortalidad, aunque la sentía profundamente en su ser, eso sí.

De todos modos, no era uno de esos inmortales de película, que habían sido en el pasado grandes generales, presidentes o faraones. Este siempre fue un inmortal de baja monta. Mutó de esclavo en la construcción de las pirámides, a remero en galeras fenicias; fue soldado de infantería en infinidad de ejércitos, siempre en la primera línea, esa que matan apenas comenzada la batalla. Había sido despanzurrado por las lanzas de caballerías enemigas, ametrallado al salir de trincheras y al desembarcar en playas sembradas de alambres de púas.

Para su mal, aunque la muerte no lo alcanzaba, no lograba escapar a los dolores de cada una de esas masacres; simplemente, terminada la batalla, se separaba altamente dolorido de los cuerpos que estaban amontonados esperando para ser enterrados en fosas comunes, y huía discretamente para no despertar sospechas. Se buscaba un nuevo nombre, una nueva ciudad, y a empezar de nuevo, como si nada. Por eso sus dineros eran inexistentes; siempre empezaba económicamente de cero, mendigando miserias, hasta que una nueva leva lo ponía en otro frente de batalla.

Últimamente, la modernidad lo estaba acorralando un poco, para qué mentir. Los registros digitales le hacían cada vez más difícil simplemente desaparecer y volver a aparecer como si nada, aunque hay que admitir que ya tampoco había tantas guerras a las cuales prestar su cuerpo para ser despanzurrado una vez más, en la primera línea de la primera de las batallas. Así es que ya llevaba varios años siendo simplemente uno de tantos "homeless" durmiendo en los pórticos de edificios oficiales, y escapándole a los inviernos en la caseta de algún cajero automático mal cerrado; simplemente sobreviviendo, si es que aceptamos que esta palabra puede ser utilizada para referirse a un ser que no tiene entre sus preocupaciones enfrentarse con la parca.

Ante la poca necesidad de nutrientes que la inmortalidad le solicitaba a ese maltrecho organismo para sobrevivir, el pobre hombre ya estaba bastante acostumbrado al hambre. Su cuerpo flaco, lleno de dolores, se alimentaba por obra y gracia de la caridad ajena, a veces con ciertas ayudas oficiales, pero no mucho, ya que escapaba a cualquier registro que pudiera deschavarlo ante las autoridades y que dejara en evidencia su destino errante, eterno y desgraciado; destino predestinado a sobrevivir a todos y cada uno de los gobiernos que habían existido, y a los que estaban por existir. Era, para que negarlo, algo así como un argentino promedio: pero él era inmortal a todos los eventos del país en serio, o al menos eso era lo que declamaba y suponía.

Finalmente, ocurrió lo que, milenio más, milenio menos, le iba a pasar: ciertas autoridades piadosas de los desamparados, lo rescataron de forma bastante prepotente de las calles, y en vez de mandarlo al frente de batalla (como tantas veces le había pasado a través de los siglos) lo llevaron a un hospital para alimentarlo, vacunarlo, revisarle los dientes y atenderlo, en lo que fuera que necesitara ese pobre humano para estar mejor.

La médica que lo atendió en la guardia del lugar y tras algunas horas de estudios variados y de buenos tratos, llegó a una conclusión más que simple:

-Nos resulta muy poco comprensible que usted siga vivo.

El tipo resopló, y a sabiendas de que su respuesta le iba a traer más complicaciones que alegrías, le lanzó a la médica su verdad a la cara:

-No, ni estoy muerto, ni nunca lo estaré, porque soy inmortal; nací muy lejos de acá hacen ya cuatro mil seiscientos setenta años.

Su traslado al Departamento de Enfermedades Psiquiátricas fue inmediato.

En su nuevo destino, luego de propinarle una buena dosis de pastillas que lo pusieron en situaciones mentales más que interesantes, y habiendo transcurrido quizá tan solo un par de días, llegó el momento en que otro médico (psiquiatra en este caso) estuvo sentado frente a él, en un vagamente iluminado "consultorio", con su formulario lleno de dudas de difícil respuesta. Así y todo, el galeno, con su inmaculado guardapolvo blanco, no tuvo más opción que arrancar con el cuestionario:

-¿Entiende que lo rescatamos al borde de la muerte?

-Ya les he dicho que soy inmortal, jefe -declaró el tipo cansado de repetir una vez más la vieja historia -la opinión sobre mi propia muerte solo puede ser abstracta, de algo que nunca va a ocurrir. ¿Qué sentido encuentra en que yo crea que me rescataron al borde de algo que nunca tendré?

-Muy interesante su opinión -declaró el doc, mirando la hora de reojo y calculando cuanto le faltaba para poder escabullirse a tomar unos mates.

-No son opiniones, son hechos vividos, mi estimado.

-Lamento contradecirlo, pero los únicos hechos fácticamente comprobables indicarían que usted, con casi sesenta años de edad, y de un metro con ochenta y ocho centímetros de estatura, sufre muy probablemente de una esquizofrenia del tipo paranoide. No creo que pueda curarse, pero le garantizo que, de confirmar el diagnóstico, vamos a tratarlo para intentar disminuirle los síntomas.

El tipo asintió, y agradeció al especialista por su buen trato. Ya estaba todo dicho y ninguno de los dos andaba, a esa hora, con ganas de continuar esa charla sin sentido. Un enfermero se acercó, sentó al tipo en una vieja silla de ruedas, y comenzó a trasladarlo una vez más hacia su cama. En eso, una alarma sonó a lo lejos, y el enfermero dudó. Miró fijo a los ojos al hombre, y señalándolo con un dedo le ordenó:

-Te quedás acá, ya vuelvo. No hagas lío, che.

La definición de "lío" quizá escape al simple hecho de pararse, y escabullirse una vez más, como tantas otras antes, de las manos de la ley vigente. Pero en este caso, y quizá algo ofendido por las palabras del psiquiatra que simplemente lo trató de colifa, tomó escaleras arriba, rumbo a la terraza.

-Esquizofrenia paranoide las pelotas -repitió el tipo, mientras se subía al bordecito que daba al vacío, siete pisos más arriba del frío asfalto de la calle.

-Sí, va a ser doloroso -pensó antes de saltar. Pero ahora sí iban a entender esa manga de incrédulos lo que era ser un verdadero inmortal.

La noche ya casi cubría la ciudad cuando el tipo finalmente saltó, y su cuerpo cansado fue tomando velocidad, rumbo al centro de la tierra, por decirlo de una forma poética. Su mente en calma se regocijaba con el vientito que le sacaba las lágrimas del rostro, mientras el zumbido de su propio ser, cortando el aire, lo aturdía suavemente.

-Ya van a ver esos incrédulos -pensó, segundos antes de llegar a la vereda. Fría y escandalosa vereda de fines del verano, que lo esperaba con sus respuestas a tantas preguntas, lista para declarar al mundo su versión de lo acontecido...

Ver: La normalidad de lo cotidiano. 

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