El peligro de la despersonalización en el arte

Eduardo Da Viá escribe apropósito de una muestra actual en la Mansión Stoppel, Museo Carlos Alonso.

Eduardo Da Via

La despersonalización o si se prefiere la cosificación o reificación de las personas, mal sociológico que afecta a la mayoría de las sociedades cosmopolitas y numerosas, y que tal como su nombre lo indica consiste en la pérdida de la individualidad ante el resto de la ciudadanía, para transformarse en un objeto carente de sensibilidad, de sentimientos y hasta de vida diría yo, que transcurre a nuestro lado sin que lo advirtamos a menos que suceda un choque de codos, y aun así pasa desapercibido

Esa famosa expresión de "estar solo en medio de la muchedumbre" no es otra que la consecuencia de lo anterior; el individuo se siente solo en plena Av. San Martín porque está rodeado de objetos móviles que se desplazan portadores de la misma sensación y ninguno advierte que él también ha sido reificado y por lo tanto es meramente una cosa entre muchas otras, que en realidad son personas.

El arte logró ya hace mucho tiempo, darle personalidad distintiva a individuos, tanto hombres como mujeres, por lo general poderosos que ocupan altos cargos políticos, eclesiásticos o militares. Y lo hizo a través del retrato pintura, muchísimo antes de la aparición de la fotografía, de la cual se hicieran adictos estos mismos narcisistas que no contentos con la espléndida vida que llevaban, quisieron dejar para la posteridad la imagen de sus supuestos agraciados rostros.

También la escultura permitió alcanzar el mismo objetivo, de tal forma que un busto de Hammurabi del 1700 a.C. se considera el retrato más antiguo; se conserva deteriorado.

Pero sin duda fueron las monedas acuñadas en el siglo IV a, C. con la efigie de Alejandro Magno, al parecer de gran fidelidad para con los rasgos fisonómicos del rey de Macedonia, las que constituyen los primeros retratos considerados como tales.

En el antiguo Egipto era costumbre dibujar en la tapa del sarcófago una figura con un ligero parecido al abajo yaciente. Por cierto en el caso de la gente rica, en especial faraones.

Sin duda el advenimiento dela Iglesia Católica dio material de sobra a los pintores, quienes, requeridos por los mismos prelados se hacían retratar con sus mejores galas, sabedores que habrían de ocupar un lugar importante en la historia de la humanidad.

Hasta el gran Tomás de Torquemada, el más cruel asesino de la Santa Inquisición, tiene su correspondiente representación iconográfica.

Los que no les fueron en zaga a los santos seguidores de Jesús, fueron los reyes de Europa, en especial franceses y españoles que disfrutaban de plasmar su imagen tanto solo como en familia, pintados por los mejores artistas de las respectivas épocas.

Nunca sabremos cuán fidedignas han sido las obras en cuanto a las características físicas, en especial faciales del distinguido retratado, dado que con frecuencia le exigían de antemano al artista, que limara asperezas y les dieran una especie de nimbo de bonhomía, que en su fuero íntimo sabían no poseer.

Existe un cuadro claramente nimbado del papa Juan XXIII.

Luis XVI, fue quizá el soberano francés que más retratos se hizo, claro ignoro si la guillotina los convirtió en confeti, pero con los que se salvaron se pueden llenar varias paredes de los mejores museos.

Existe una anécdota aparéntenme cierta de la Reina María Luisa de España, casada con Carlos IV, quien le ordenó al famoso pintor de la corte, Don Francisco de Goya y Lucientes, que la retratara en modalidad ecuestre. Resulta que la dama odiaba los caballos y por cierto no cabalgaba jamás, pero esto no fue óbice para don Francisco quien mandó construir un armazón de madera de la altura de un caballo promedio, sin forma de tal, solo para encaramar a la falsa grupa las reales asentaderas de María, ataviada con su ropaje más lujoso. Interrogado el artista sobre la carencia de caballo verdadero, le respondió que él lo haría aparecer.

La hechura de la obra llevó un tiempo prolongado por cuanto la Sra. no gozaba de mucha paciencia y si bien no tenía nada que hacer, prefería la libertad de andar por palacio, que la quietud aburridora de la pose.

Goya nunca le permitió observar el desarrollo de la obra, aduciendo que la vería una vez terminada.

Finalizada la misma, ex profeso poco antes del cumpleaños, el Rey decidió, a guisa de regalo, descubrir el enorme cuadro en medio de una fiesta palaciega.

María Luisa, distaba de ser una mujer linda, ni aun para los cánones de la época, lo cual no le impidió concebir catorce hijos de los que sobrevivieron la mitad.

Llegado el esperado momento y ante la expectativa generalizada, el propio Goya tiró de la tela que la cubría diciendo ? ¡he aquí su pedido Majestad!?

Lejos de mostrarse satisfecha, la soberana, airada dijo: ? Esa no soy yo ?, y se retiró ofuscada.

Claro Goya la pintó tal cual era, pero la imagen del cuadro no coincidía con la que la reina tenía de sí misma.

Todo este largo y espero entretenido introito, ha sido para recién adentrarme en el tema central que anuncia el título, con motivo de haber visitado la magnífica exposición que nos ha regalado el Museo Carlos Alonso, con la muestra sobre la etnia huarpe, consistente fundamentalmente en retratos pintados por las mágicas manos de Fidel Roig Matons y de los surgidos de la cámara de ese otro gran artista, esta vez de la fotografía, Luis Vázquez con su serie Laguna.

Perfectamente ambientada e incluso con objetos artesanales huarpes, fundamentalmente una hermosa réplica de una de las famosas canoas de totora, y ejemplares de tejeduría con lana de oveja.

Tanto el pintor como el fotógrafo son dignos del mejor elogio; no soy pintor pero sí amante de la pintura, y soy fotógrafo pero de la naturaleza.

Creo tener autoridad moral para opinar sobre un tema delicado como es la crítica en esta rama del arte.

Y me refiero a la acepción de la palabra crítica como Juicio expresado, generalmente de manera pública, sobre un espectáculo, una obra artística. (RAE). No pretendo ser del dueño de la verdad, solamente exponer mi parecer

Así pues, una vez terminada una primera recorrida panorámica, comencé a percibir que algo no estaba bien a pesar de las bellezas observadas; hasta que hice una segunda recorrida más parsimoniosa y tratando de encontrar el detalle que no me permitía sentirme plenamente satisfecho; y zas, ahí estaba; las obras de Vázquez o son anónimas, es decir sin título, o, cuando lo tienen no hacen referencia a la persona retratada.

Una de ellas me dejó perplejo y la reproduzco a continuación para documentar mi pesar:


Esta obra se titula "EL PATIO", pero yo me pregunto si la dama que entra en la composición no es merecedora de estar identificada como persona que es, o tiene el mismo valor que los árboles y el caballo.

Yo la hubiese titulado Doña Mercedes Talquenca por ejemplo (una de las dinastías más numerosas de los huarpes Milcayac) en el patio de su casa, con caballo.

Ruego comparar con la obra de Don Fidel, una de tantas con nombre y apellido del retratado: En este caso la obra lleva por título "CELO MATERNAL", IGNACIA JOFRÉ, HERMANA DE CARMEN JOFRÉ, esta última también representada con su correspondiente nombre y apellido en un cuadro aledaño.

Yo entiendo que el contacto y por tanto la interacción entre pintor y retratado, suele ser prolongado y hasta repetitivo en sucesivas sesiones, lo cual permite el diálogo y la comunicación bidireccional.

La toma del fotógrafo demanda segundos, pero siempre hay una preparación de común acuerdo según la composición deseada, para ajustes de luz, fondo etc.-Demás está decir que en ambos casos debe haber mediado un pedido de autorización previo, lo que necesariamente, estimo, obliga a las correspondientes presentaciones de quién, es quién y para qué los registros correspondientes.

Yo estimo que pintar o fotografiar, pose mediante, a un ser humano, obliga a la identificación del mismo con nombre al menos, o con nombre y apellido; y más cuando se trata de una comunidad pequeña donde todos se conocen.

Muy distinto es el retrato como toma instantánea de una cara anónima inmersa en la muchedumbre de una ciudad, no obstante creo corresponde advertirle al retratado que le ha tomado una foto y si puede hacerla pública.

El retrato de un rostro humano, pictórico o fotográfico pide a gritos la filiación del retratado, porque seguramente perdurará mucho tiempo y la descendencia tras varias generaciones por lo general no tiene idea acabada de quién es esa señora cuya foto en sepia, cuelga con una capa de polvillo, en el pasillo de los dormitorios.

Dejemos volar la imaginación y asistamos a una situación cotidiana: la madre, joven, preparando la comida en la cocina y súbitamente entra como un vendaval su hijo de seis o siete años, quien, a todas vistas excitado le espeta: ? Mami, Mami, ahora sé cómo se llama la abuela, vení conmigo? La madre intrigada sigue a su hijo quien se dirige al pasillo de la foto donde el niño había colocado un banquito sobre el que se encarama ágilmente y con su dedito índice va señalando las letras de una inscripción agregada a la antigua foto, hecha con tinta china y bella letra de dama, y orgulloso va leyendo: ? El...vi...ra... Cas... ti... lo, no, llo, Castillo.

Es la foto de la abuela Elvira, en realidad bisabuela a la que nunca conoció y viceversa, pero de la que había sentido hablar a la familia.

Lágrimas en los ojos de la madre por el recuerdo de su querida abuela y por el progreso de su amado hijo.

Sin la inscripción al pie quizás jamás hubiese sabido el niño el apellido de su bisabuela

Obran en mi poder muy antiguas fotos en sepia de mis antepasados, todos identificados sea en el anverso como en el reverso, con letra clara y legible, escrito quizás por un pariente más joven y por qué no por el mismo personaje de la foto.

EL AUTOR. Eduardo Da Viá, habitual colaborador desinteresado de Memo. Ganó el salón Mendocino de Arte Fotográfico en 1982, primero y segundo premio: "Una flor2 y "Rincón de Ischigualasto", respectivamente.


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