Messi, Trump y el sportswashing: el prestigio del fútbol entra en la política

La imagen recorrió el mundo en pocas horas. Messi entregándole una pelota del Inter Miami CF al presidente de Estados Unidos, Trump durante una ceremonia institucional.

Eduardo Muñoz
Criminólogo. Creador del Teorema de la Omisión Preventiva. Autor de La doble cara del gol (2026), un análisis criminológico del fútbol y el poder.. linkedin.com/in/eduardo-muñoz-seguridad IG: @educriminologo

A primera vista parece una escena deportiva más entre Lionel Messi y Donald Trump. Un gesto protocolar, una fotografía inevitable en el contexto de un reconocimiento oficial

Pero si uno se detiene a mirarla con atención, la escena revela algo más interesante: cómo el prestigio del fútbol puede convertirse en un recurso político. ¿Recuerdan los lectores alguna imagen similar sucedida unos meses atrás con el mismo Trump como protagonista?

El prestigio del fútbol como capital simbólico

El fenómeno tiene nombre: sportswashing. Se trata de una estrategia mediante la cual actores políticos o institucionales se asocian al prestigio del deporte para mejorar su imagen pública.

El mecanismo es simple. El deporte moviliza emociones positivas como admiración, orgullo o superación. Cuando un dirigente aparece junto a una figura admirada globalmente, parte de ese capital simbólico puede trasladarse hacia quien ocupa el poder.

En términos sencillos, el sportswashing funciona como una transferencia de prestigio. La legitimidad social del deportista termina proyectándose sobre la figura política que aparece a su lado.

Y en el fútbol actual pocas figuras concentran tanto capital simbólico como Messi. Después de ganar el Mundial, el capitán argentino se convirtió en una de las figuras deportivas más respetadas del planeta. Por eso cualquier imagen en la que aparece adquiere una dimensión que va mucho más allá del deporte.

Cuando la neutralidad también comunica

A lo largo de su carrera, Messi ha intentado mantener una posición pública de neutralidad frente a la política. Rara vez opina sobre gobiernos o conflictos internacionales. Esa estrategia le permitió construir una identidad global que trasciende fronteras e ideologías.

Sin embargo, cuando una figura alcanza ese nivel de notoriedad, incluso el silencio comunica.

La presencia de un ídolo deportivo junto a un líder político produce un efecto simbólico inmediato. No se trata de un respaldo explícito, pero sí de una forma de legitimación por asociación. La excelencia deportiva del ídolo termina proyectándose sobre la figura política que aparece a su lado.

En estos contextos, la neutralidad deja de ser un espacio vacío. Puede convertirse en un recurso que el poder utiliza para construir su propia narrativa.

El fútbol, el poder y la construcción de legitimidad

El impacto de la escena también depende del contexto en el que aparece. Mientras el encuentro se presenta como un gesto deportivo, el discurso político que lo rodea suele moverse en un registro mucho más duro, con referencias a conflictos internacionales y tensiones geopolíticas.

En ese contraste aparece una técnica frecuente en la comunicación del poder: anclar el prestigio emocional del deporte a agendas políticas más complejas. Algunos analistas lo describen como sport war, el uso simbólico del deporte para suavizar o humanizar discursos vinculados a disputas internacionales.

Este tipo de episodios también muestra cómo el fútbol se ha convertido en un terreno de análisis para disciplinas como la criminología del fútbol, que estudia la relación entre deporte y política, el uso del deporte como diplomacia deportiva y la construcción de legitimidad en el espacio público.

El Mundial 2026 y el poder global del fútbol

A todo esto, se suma la cercanía de la Copa Mundial de la FIFA 2026, que se disputará en Estados Unidos, México y Canadá. El torneo será uno de los eventos mediáticos más grandes de la próxima década y Messi sigue siendo el rostro más reconocido del fútbol mundial.

En ese contexto, cada imagen adquiere un peso mayor.

El fútbol dejó de ser solo un espectáculo deportivo. También es un espacio donde se proyectan identidades nacionales, intereses económicos y estrategias de comunicación política.

Por eso, cuando una figura global como Messi aparece junto a un líder político, la escena deja de ser simplemente una fotografía. Se convierte en un símbolo.

En el fútbol global los ídolos intentan mantenerse neutrales. Pero cuando su imagen entra en el territorio del poder, la neutralidad deja de ser silencio y se convierte, inevitablemente, en un recurso político.

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