El domador de aguas

En conmemoración del día nacional del agua, un relato sobre turnos de regadío y costumbres cuyanas, por Matías Edgardo Pascualotto, autor de "Las políticas hídricas y el proceso constitucional de Mendoza".

Matías Pascualotto

Apuró el mate amargo, y se llevó a la boca el último pedazo de pan, tostado minutos antes sobre la petisa salamandra del rancho, la cual inundaba toda la estancia con su olor a migas quemadas.

Tanteó debajo de la desvencijada silla de totora buscando las alpargatas, las arrastró hacia adelante y las calzó en sus pies. Se paró, hundiendo su cabeza en la gorra a cuadros típica de los inmigrantes bajados del barco, y, empuñando la zapa que guardaba tras la puerta, en el rincón destinado a las herramientas, salió de la pequeña construcción rumbo al callejón comunero.

Al cerrar la pequeña puerta de rejas ubicada delante de la casa, se cruzó con un grupo de obreros que se dirigían a la fábrica, calle abajo. Lo saludaron con un movimiento de cabeza y un lacónico "buen día Don Pascual", al cual respondió llevando la mano hacia arriba hasta tocar levemente su visera de su toca.

Con la zapa al hombro tomó, al llegar a la esquina, el sendero colindante a su chacra, que, rumbo al oeste, bordeaba la hilera de alambrado que dividía las propiedades. A esa altura, los perros de la casa contigua formaban, a su retaguardia, un jadeante séquito de colas zigzagueantes que seguía sus pasos.

Agotó así los quinientos metros que lo separaban del límite oeste de la propiedad, y, doblando el rumbo hacia el norte, venció el otro tramo que lo separaba del lugar dónde, a los fondos de sus plantíos, se encontraba el tapón de barro de la acequia madre.

Al arribar, vio satisfecho el emplasto de fango a punto de ceder ante el torrente de aguas barrosas, que espumeaban repletas de flotantes hojas secas, rebalsadas de su cauce.

Se arremangó las bombachas camperas hasta las rodillas, y, con las piernas abiertas para evitar mojar las alpargatas, lo cual fue imposible, zapeó el tapón de fango, liberando hacia sus dominios el líquido que, agolpado segundo antes en la pequeña toma, inundaba ahora las pequeñas hijuelas, como una recreación a escala de una gran inundación del monte tropical.

Los perros lo observaban. Apoyado a la sombra del sauce que se erguía como un centinela del agua a pocos metros de la toma, armó un cigarro de tabaco negro, y, mientras pitaba quedamente, observaba el manantial que comenzaba a circular entre los surcos, oscureciendo con su manto húmedo la resquebrajada tierra de la que asomaban, como curiosos espectadores, los pequeños brotes verdes.

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