Del geriátrico al barrio de amigos: reinventar cómo queremos envejecer

Envejecer no tiene por qué ser sinónimo de soledad: la alternativa está en hacerlo junto a los amigos, compartiendo vínculos y proyectos que den sentido a la última etapa de la vida.

Mariam Moscetta
Lic. en Psicología

La mujer, antes parlanchina, se ha vuelto callada; mira y le resulta casi inentendible asimilar lo que fue su propia vida. Sonríe apenas, con una alegría que no siente desde hace todo ese tiempo que ha vivida enclaustrada. Le faltan los dientes, se le volvieron a perder los postizos en las salas anónimas del geriátrico, en las anónimas camas, entre las sillas anónimas, en las cajitas de remedios donde los únicos nombres son los de los diez medicamentos que requiere para sobrevivir.

Las pirámides sociales se han ido invirtiendo a pasos agigantados en el mundo. En las últimas dos décadas, la esperanza de vida ha aumentado 4 años en Argentina y 5 o 6 en el mundo, con el envejecimiento poblacional en pleno ascenso. Y si bien esto debería exigir más y mejores políticas jubilatorias y de salud, esto no está pasando en nuestro país, justamente sucede lo contrario (el tema de los sistemas previsionales es controversial y no es el motivo de este escrito).

Las generaciones que hoy tienen más de 80 años quedaron suspendidas en la inercia de decisiones pasadas, sin un rumbo claro para administrar lo que vendría. Generalmente, residen en geriátricos, alejadas del mundo en el que armaron sus vidas, muchas veces aisladas y con muy pocas sensaciones de alegría o pertenencia. Hay geriátricos de todo tipo y color, incluso clandestinos, donde la vida de las personas más vulnerables se vuelve el peor final esperado.

Los de más alto nivel exhiben un staff con médicos, nutricionista, talleres y, sin embargo, suelen ser administrados a la manera de una institución total (Goffman, 1961), es decir, como un espacio donde todos los aspectos de la vida quedan apresados en una estructura cerrada y controlada, que disciplina y administra cada arista de la existencia. Con quiénes comer y dormir y a qué hora, de manera estricta y sin respetar preferencias, horarios de visitas hospitalarios, puertas enllavadas y accesos prohibidos. Como las cárceles o los conventos de clausura.

Por eso anoche, cuando una octogenaria residente de un geriátrico fue a la casa de su octogenaria hermana a pasar unos días, la cena fue un jolgorio de cinco mujeres en plan de cocinar una exquisita comida tradicional para homenajear a la visitante. Tres horas de preparativos donde una participaba desde la silla de ruedas y las otras cuatro iban y venían, entre horno, asaderas y noticias a altísimo volumen en la tele. El ambiente era el habitual de una reunión de mujeres comiendo y charlando; eso que surge cuando simplemente se juntan y se quieren. Eso que se esfuma en la rigidez del geriátrico que deshumaniza el diario vivir, recluido en la estructura inflexible, ajena a los viejitos que miran desorientados porque sus vidas físicas siguen, no obstante, sus vidas reales van desapareciendo hasta extinguirse en la soledad concurrida de ese no- hogar en el que solamente subsisten.

Veinte años atrás, una angustia vieja, que persistía nublada atrás de mis ojos, se disolvió en el preciso instante en que una idea mágica se me cruzó por delante: la solución estaba en construir una pequeña comunidad de amigos y buenos conocidos, con pocas viviendas funcionales, rodeadas de espacios verdes compartidos y un SUM para fiestas, cine, talleres o rondas de mate. En vez de casas grandes y desiertas -habitadas por una o dos personas- viviendas reducidas, confortables y manejables. Con amigos al lado, bien cerquita, "a un brazo de distancia", como la muerte. Listos para compartir lecturas o músicas imprescindibles. Lo llamé "Bienvenidos al tren" a ese proyecto. Luego, a través de los años, pulularon las publicidades del co-housing (ahora tiene un nombre) como la forma más adecuada para vivir la vejez con dignidad. Seis amigas europeas acaudaladas que se van a vivir a un viejo castillo, barrios privados con amenities que cuestan fortunas o pequeñas aldeas en lugares soñados de Canadá o el norte de USA. Acá, han empezado a desarrollarse, aunque cuestan un dineral y, todavía, están dirigidas a personas con alto poder adquisitivo.

No habremos de esperar a que otro lo haga. Mientras tengamos lucidez y energía, somos nosotros quienes tenemos que salir a inventar cómo envejeceremos, el modo de vida que queremos en la última etapa de nuestras vidas, sin grandes aspiraciones y con los menores costos. Achicando gastos y ensanchando lazos; entrelazar vínculos, rodearse de amigos. Eso es lo que marcará la diferencia. 

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