Los símbolos patrios: esa religión llamada sociedad

En el Día de la Escarapela y a pasados días de la conmemoración de nuestro Himno Nacional, unas líneas sobre los simbolismos desde la sociología de la religión de Emile Durkheim, por Matías Edgardo Pascualotto, Máster en Historia de las Ideas Políticas.

Matías Pascualotto

La simbología ha tenido un papel destacado en la conformación de un imaginario social sobre nuestro pasado, que ha sido fundamental en la construcción de la ciudadanía. El hincapié, en dicho sentido, vino de la mano de las necesidades de "consolidación" de una tradición patria que, un nuestro territorio, no contaba con una prosapia dada por una cronología extensa, y que, por otra parte, corría riesgo de dispersión, a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, bajo la vorágine de la ola inmigratoria fomentada por el modelo de producción imperante tras la panacea del "orden y el progreso".

En dicho sentido, para la época del centenario de la revolución de mayo, la revalorización del elemento patriótico se hizo sentir: un comienzo de siglo XX empapado de las reivindicaciones de los bronces ecuestres y las jornadas de gloria del pasado (en el que Mendoza cuenta con su orgullosa organización en la gesta sanmartiniana), y la instauración progresiva de litúrgicas conmemoraciones desde el ámbito de los ministerios, destacan la lírica de nuestro himno (remozado por cierto a efectos de adaptarlo a una política diplomática a la carta de los tiempos, y librado de sus "leones rendidos a sus plantas" y su enumeración de jornadas de luchas armadas); así como los símbolos gráficos.

Para las mismas épocas, detrás del charco del atlántico, Emile Durkheim, profesor de la Sorbona y precursor de la línea de análisis de la sociología positiva, decantación lógica de todo un estado científico epocal, (ese mismo de la profecía del orden y del progreso que atestaba nuestros hoteles de inmigrantes), destacó, en sus estudios de teoría de la religión, esa necesidad de reafirmación del espíritu del cuerpo social.

Tras distintas formas del desarrollo de una mentada religiosidad, y dentro del largo camino de las creencias, encontramos la de una sociedad laica y atada a sus elementos de pueblo, territorio y poder (básicamente, los del moderno Estado occidental), configurativa de un capítulo más en dicho proceso.

Inmersos en el mismo, los símbolos juegan su papel, como permanentes reafirmaciones de los elementos comunes, como sacralidades que están más allá de lo cotidiano, como una fuerza aglutinante protectora, maternal, presta siempre a brindarnos cobijo y comprensión de idiosincracia. He ahí la sociedad, envase de una religión trasmutada en patria, enmarcada en sus específicos colores, ritmos, rituales y simbologías.

En claro ejemplo de lo apuntado, nuestra hoy conmemorada escarapela, con sus colores blancos y celestes renuevan esa otra forma de "religiosidad" específica: la de la sociedad argentina.


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