Mientras el crimen se profesionaliza, el Estado discute parches

Las protestas policiales en Santa Fe exponen un problema estructural: salarios que no alcanzan, desgaste extremo y un Estado que enfrenta al crimen organizado con fuerzas debilitadas y sin una estrategia integral. Por Eduardo Muñoz.

Eduardo Muñoz
Criminólogo. Autor del libro "El Género de la Muerte". Divulgador en medios. Análisis criminológico aplicado a temas sociales de actualidad y seguridad. linkedin.com/in/eduardo-muñoz-seguridad IG: @educriminologo

Lo que estamos viendo en Santa Fe es un síntoma de un problema nacional. No es una escena aislada. Patrulleros cruzados, humo frente a Jefatura y protestas que exponen fracturas internas muestran un problema que se repite en distintos puntos del país. Cambian los nombres, pero el conflicto es el mismo: salarios insuficientes, desgaste acumulado y ausencia de una política integral de seguridad que ponga al recurso humano en el centro.

Sueldos bajos y jornadas que no terminan

En la Argentina, miles de policías trabajan con ingresos que, en términos reales, rozan la línea de pobreza para una familia tipo. El sueldo básico rara vez alcanza. La diferencia se cubre con adicionales y servicios extraordinarios que extienden las jornadas mucho más allá de lo razonable.

Eso tiene consecuencias concretas. Llegar a casa después de 16 horas y descubrir que el alquiler se llevó buena parte del ingreso. Elegir qué factura pagar primero. Manejar un Uber en el día libre. Dormir poco. Volver a salir. El cansancio deja de ser circunstancial y se vuelve permanente.

Mientras ese desgaste se acumula en los agentes, del otro lado de la calle el delito ya no juega de amateur.

Crimen organizado vs. Estado agotado

El problema no es solo salarial. Es estratégico, porque la policía es el primer filtro del sistema penal. Si ese filtro está agotado, endeudado y emocionalmente tensionado, el resto del sistema funciona sobre una base frágil.

Del otro lado, el crimen no improvisa. Las bandas no solo trafican: tercerizan violencia, lavan dinero a través de empresas y comercios de fachada, reclutan con incentivos claros y reemplazan a un detenido en cuestión de días. Se reorganizan rápido y siguen.

La asimetría es evidente: organizaciones que planifican como corporaciones frente a fuerzas que muchas veces apenas llegan a fin de mes.

Sin capital humano fuerte no hay reforma posible

La pregunta es directa: ¿puede un Estado enfrentar un crimen cada vez más profesionalizado con recursos humanos que trabajan al límite físico y económico?

El ciudadano no analiza escalas salariales. Percibe si hay patrullaje real, si la respuesta llega a tiempo, si la autoridad transmite firmeza o cansancio.

Sin un salario sostenible, límites reales a jornadas extenuantes y contención psicológica obligatoria, no hay reforma que alcance.

Sin eso, cada protesta será apenas la antesala de la siguiente. Y cada agente que se quiebra será el recordatorio de que el Estado prefiere administrar crisis en lugar de prevenirlas.

Lo que estalla hoy en Santa Fe no es solo una protesta. Es una señal de alarma. No se puede exigir seguridad de primer nivel con policías que viven al límite. Cuando esa brecha se agranda, el costo no lo paga la política. Lo paga la sociedad.

Ver: Protesta policial en Santa Fe tras suicidio de un efectivo: tensión y medidas del gobierno

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