Hablar de género es hablar de poder

Escribe Emiliana Lilloy: "Abundan las mujeres llorando desconsoladamente o con un ataque de histeria, mientras su compañero varón inmutable, sin emociones y con una inteligencia superior y asertiva resuelve un problema -cualquiera sea su índole-".

Emiliana Lilloy

Cuesta creer que hayamos alcanzado la igualdad cuando cada vez que prendemos la TV, notamos que las mujeres aparecen representadas en los "lugares comunes" de siempre. Quizás a veces no lo notemos justamente porque nacimos con ellos y ya los hemos naturalizado de tal manera que se nos hacen invisibles. Impacta ver aún conversaciones mantenidas entre dos o tres varones totalmente vestidos y una mujer en baby doll con el pretexto de que ella acaba de levantarse. Cachetazos de ellas manifestando alguna ofensa que casi siempre está asociada a "su honor" o a una traición amorosa por parte de un varón. Nunca falta una riña o incluso asesinato entre varones porque alguien ofendió el honor o nombre de su "sagrada madre" o de "su tan preciada mujer". Abundan las mujeres llorando desconsoladamente o con un ataque de histeria, mientras su compañero varón inmutable, sin emociones y con una inteligencia superior y asertiva resuelve un problema -cualquiera sea su índole-.

Si hoy pudiéramos asistir a unas fiestas saturnales en la política y el sector empresarial veríamos con claridad la situación actual de nuestras sociedades. Si como en aquellas, nos permitiéramos invertir los roles femeninos y masculinos en el festín de la estructura social en la que vivimos, la frase que titula esta nota nos resultaría clara y descriptiva. Es que con sólo mirar cómo están formados los gobiernos del mundo entero o simplemente ver las fotos del diario cuando muestran mesas empresariales o de política, advertimos que el poder y los capitales están en manos de los varones.

Cuando observamos la violencia política y simbólica que se ejerce contra las mujeres que osan ocupar cargos de poder expresadas en la exigencia permanente de "feminidad" y simpatía, la intromisión constante en sus vidas privadas, sus familias, sus relaciones amorosas o conducta sexual, nos da también algunos indicios de que, si logramos llegar a algún espacio de decisión, será con un costo muy alto -costo que no todas las mujeres están dispuestas a soportar- más allá de estar sumamente capacitadas para asumir dichas posiciones.

Hablar de género es hablar de poder.

Es pensar, entre otras cosas, en desarrollar políticas de acción positiva para desarmar los obstáculos que enfrentamos las mujeres en el mercado, la política y la crianza y cuidado de nuestros seres queridos. Es visibilizar que hemos generado dos castas sexuales -en palabras de Kate Millet- y que asignamos a la casta superior cuestiones como el valor, la competencia y el poder, y a la inferior, la dulzura, sumisión y por supuesto los trabajos de cuidado de toda la población sin compensación económica.

Hablar de género es hablar de política. Es entender que este pacto social y político en el que nacimos como seres inferiores y con tareas asignadas no se creó ayer, y que además ha sido construido mediante estrategias como la educación diferenciada y un conjunto de normas religiosas y morales que aún subsisten en nuestra cultura.

Pero como en la política la norma que no hay que olvidar es que una opción siempre es perder, si somos conscientes de que la desigualdad y estructuras que impiden a las mujeres acceder al poder aún están vigentes, algún día, nos tocará ganar. 

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