"Karma Politics": causa y efecto de la antipolítica

El "ciudadano anti-todo", nacido de este proceso, considera que el único antídoto eficiente ante la falta de respuestas es la abolición de la política y del establishment en su conjunto. El análisis de Ezequiel Parolari.

Ezequiel Parolari

En el libro "Quién mató a mi padre", el francés Édouard Louis realiza una crítica desgarradora sobre los daños que la política y los políticos galos generaron en el seno de su familia. "Las clases dominantes pueden quejarse de un gobierno de izquierdas, pueden quejarse de un gobierno de derechas, pero un gobierno nunca les causa problemas digestivos, un gobierno nunca les destroza la espalda, [...] la política apenas tiene ningún efecto sobre sus vidas". En cambio, para la clase trabajadora, el efecto de la política es mucho más visceral. "Para nosotros, era vivir o morir", apunta el autor.

La identidad política (en Francia, en Argentina y en todo el mundo) está golpeada, diezmada, cuestionada: "cagada a palos", se diría por ahí. Durante mucho tiempo la política se vistió de gala, concurrió a los lugares más excelsos, manejó Ferraris, probó mucho caviar e hizo todo para olvidarse. Olvidarse quién realmente era, a quiénes representaba y porqué estaba ahí. Mientras disfrutaba muchos sufrían. Ella decía: "todo va a estar bien"; sin embargo, nada mejoraba.

De a poco (o de a mucho) la política empezó a perder credibilidad, empezó a generar cada vez más desconfianza. Sus representados gritaban "que se vayan todos", pero nadie se fue. La política siguió haciendo lo mismo sin importarle la voz de los que, con falsos "slogans", decía defender.

Durante décadas, la política creó una identidad que buscaba no mostrarla tal como es, sino como ella misma quería ser vista; una totalidad estable pero con distinciones de clases bien delimitadas, un "yo ideal" de la política. Esa construcción de identidad la convirtió en "deseable", pero generó las bases para su propia crisis: ese intento de crear identidad a expensas de sus representados la convirtió en cómplice de las clases dominantes, que lo único que querían -y quieren- es beneficiarse de los acuerdos de caviar.

Hoy, la clase política se sorprende. Carente de una identidad disruptiva, repite recetas de hace 50 años obteniendo -como era de esperar- los mismos resultados. Está preocupada, pero no ocupada; existe un cambio de paradigma, pero ella no lo ve. En cualquier estrato social, en cualquier territorio, la respuesta a la pregunta "¿Quiero que la política con estos políticos me siga gobernando?" es la misma: "No, basta..."

La lógica ciudadana tuvo una evolución notable en paralelo, que ayuda a explicar el porqué de ese grito simbólico que denota la crisis de representación. Hay mayor exigencia de rendición de cuentas, lo que se conoce como "accountability", y las redes sociales irrumpieron en la escena como un Gran Hermano que aumentó la exposición de funcionarios y personajes públicos. Estos factores le dieron punto final a la cultura del "aquí no ha pasado nada"; la vieja política sigue deseando manejar Ferraris, pero la gente no lo tolera más.

Bajo este contexto, falta una identidad colectiva que genere un sentido de pertenencia y reformule acuerdos. Es por ello que emergen nuevas lógicas disruptivas por parte de la ciudadanía, con una nueva percepción frente a la política. El "ciudadano anti-todo", nacido de este proceso, considera que el único antídoto eficiente ante la falta de respuestas es la abolición de la política y del establishment en su conjunto.

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Eso es el "Karma Politics": causa y efecto. Ante la corrupción, los sobresueldos y las Ferraris, la ciudadanía dijo "basta". Simplemente "basta".

Y está muy bien.

Estos problemas inmediatos requieren soluciones inmediatas. El interrogante es si la política puede adaptarse a las nuevas lógicas ciudadanas. Es menester que lo haga sino quiere quedar relegada a connotaciones negativas.

Las cartas están echadas. Una nueva identidad colectiva -políticamente hablando- debe surgir para garantizar soluciones reales a los problemas de la ciudadanía. Eso requerirá, ni más ni menos, una mayor conexión y empatía con aquellas vicisitudes que enfrentan día a día las personas que se pretende representar. Co-gobernar con y para la ciudadanía.

Es hora de que la política vuelva a recordar quién es y cuál es su rol dentro de la sociedad. No debe perder de vista que es en sí misma un instrumento para cambiarle de forma positiva la vida a las personas. Debe ocuparse, generar credibilidad y confianza.

Tiene que hacerlo y -todavía y pese a todo- está a tiempo de lograrlo.


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