Las Heras: "Mi hijo sale a trabajar, no a matar"
La marcha por el comerciante y la fractura que expone la inseguridad en Mendoza.
La frase que encendió la calle: "Mi hijo sale a trabajar, no a matar gente".
La frase se escuchó frente a la comisaría y se repitió en la marcha que reunió a vecinos de Altos del Oeste para pedir la liberación del comerciante de 43 años, vecino de El Challao, detenido tras atropellar a un ladrón.
Antes de que el caso se discutiera en términos jurídicos, se discutió en términos emocionales. ¿Lo van a dejar preso? Esa fue la primera pregunta en Las Heras. Y esa reacción revela el clima que atraviesa hoy Mendoza.
El hecho que desató la bronca
El hecho es conocido. Tras el robo de una bicicleta y la agresión en el pecho a su esposa, el comerciante persiguió con su camioneta al hombre que huía. Lo alcanzó. Lo atropelló. Murió en el lugar.
El fallecido no era un desconocido para el sistema penal. Acumulaba alrededor de medio centenar de ingresos y detenciones en los últimos años por robos y tentativas. Había recuperado la libertad apenas quince días antes. En la comisaría de la zona sabían quién era. En el barrio también.
Ese dato no convierte el atropello en legal. Pero sí ayuda a entender por qué la reacción social fue inmediata.
La responsabilidad que no se puede esquivar
Hay algo que debe decirse con claridad. El robo existió. La agresión también. El impacto emocional es comprensible.
Pero la persecución posterior, cuando el agresor ya huía, corre el hecho fuera del marco estricto de defensa inmediata y lo ubica en el terreno de un homicidio cuya calificación deberá resolver la Justicia.
Esa responsabilidad individual es ineludible. Comprender el contexto no equivale a absolver el desenlace.
El desgaste que viene de antes
Ahora bien, lo que ocurrió esa noche no nació en esos minutos. Venía acumulándose.
En la marcha no se escucharon teorías. Se escucharon relatos repetidos: robos sucesivos, denuncias que no modifican nada, comerciantes que trabajan detrás de rejas, reincidentes que entran y salen sin consecuencias visibles.
El mensaje era simple: estamos solos.
Cuando esa percepción se instala, el contrato social empieza a aflojarse. No se rompe de golpe. Se erosiona hasta que alguien deja de esperar.
Cuando la violencia empieza a escalar
Ese es el punto más delicado.
Si quien delinque empieza a creer que puede morir en la huida, puede decidir atacar primero. Si el vecino siente que nadie responde, puede convencerse de que actuar por su cuenta es la única salida posible.
No todos cruzarán esa línea. Pero alcanza con algunos para que la violencia suba un escalón.
Y cuando eso ocurre, ya no se trata de un hecho aislado. Se trata de un clima.
Lo que realmente está en juego
Lo que está en juego no es solo la situación procesal de un comerciante ni el prontuario de un ladrón. Es algo más básico: la previsibilidad.
La mayoría de los vecinos no pide venganza. Pide que la policía llegue cuando se la llama. Pide que quien acumula decenas de ingresos no vuelva al mismo barrio sin seguimiento efectivo tras recuperar la libertad. Pide reglas que se cumplan y consecuencias que se vean.
La Justicia deberá determinar responsabilidades en este caso concreto. Eso es parte del Estado de derecho.
Una señal de alarma, no un final
Al final de la marcha, cuando la gente empezó a dispersarse, la frase volvió a escucharse.
"Mi hijo sale a trabajar, no a matar".
No es una absolución. No es una condena.
Es una señal de alarma.
Si esa alarma no se atiende, la próxima reacción no será más ruidosa.
Será más violenta.