¿Minería de elite con cloacas de aldea?

"El rugido de Malargüe frente al silencio de los cómplices", sentencia el autor por el contraste que se presenta en el departamento más austral de Mendoza.

Horacio Marinaro
Exconcejal de Malargüe por el PD.

Nuestro departamento atraviesa hoy un momento bisagra. El departamento no es solo el extremo sur de Mendoza; es el epicentro de la riqueza que la provincia necesita para no quebrar en la transición energética. Pero hay una verdad incómoda, mientras el pueblo se despierta con el voceado de los proyectos en el Distrito Minero Occidental, sus representantes parecen sumidos en una siesta eterna o, peor aún, en una parálisis por conveniencia.

Malargüe ha dejado de ser la promesa del sur para convertirse en el motor real de la provincia, pero este año marca un punto de no retorno. El sentimiento en las calles es de un hartazgo profundo, el gigante minero y energético ha despertado, pero se encuentra con una dirigencia que parece preferir la siesta política antes que practicar la defensa a ultranza de nuestros recursos.

El mercado mundial pide cobre y energía y Malargüe los tiene. Pero, ¿quién golpea la mesa en la Ciudad de Mendoza para exigir que las regalías vuelvan en obras y no en discursos?

El gigante despertó y la política sigue en pijama. El centralismo mendocino siempre nos usó Como caja de ahorro para tapar sus baches. El silencio de los despachos locales ante este ninguneo es sencillamente atronador.

El centralismo nos asfixia históricamente, el Gran Mendoza ha mirado a Malargüe como una alcancía, petróleo, turismo y ahora el cobre del Distrito Minero Occidental. Sin embargo, esa riqueza fluye hacia el norte, mientras nuestras rutas siguen siendo un desafío a la paciencia y la seguridad.

La Ruta 40 y el postergado polo de Pata Mora, que, a la opinión del empresariado local, llega 30 años tarde, son monumentos a la desidia de una capital que solo se acuerda de nosotros cuando necesita equilibrar el presupuesto.

El No hay plata es como la sentencia de subdesarrollo. Este centralismo se alimenta de la desidia de un Gobierno Nacional que trata a Malargüe como un renglón descartable. Los atropellos de la nación son moneda corriente, pero lo que realmente indigna es la anestesia política local.

El escándalo de las cloacas es la prueba del delito. Es inaceptable que en 2026 sigamos esperando una obra con financiamiento del BID, hoy bloqueada por el dogma del No hay plata. Al frenar la contrapartida nacional Nación no solo ahorra centavos; condena la dignidad sanitaria de miles de vecinos. ¿Cómo pretendemos ser el polo industrial de la región si ni siquiera podemos garantizar el saneamiento básico de nuestra ciudad cabecera? Me pregunto, ¿podría haber aportado los fondos como contrapartida necesaria el gobierno provincial para continuar con la obra?

Lo más doloroso no es la indiferencia de Mendoza, sino los representantes en silencio de quienes deberían ser nuestra voz. Mientras Malargüe empuja por la autonomía municipal y por una gestión soberana de sus regalías, sus representantes parecen más preocupados por quedar bien con los caciques partidarios del norte que por golpear la mesa en la legislatura.

Duele ver a un intendente que, con el traje y jinetas de ex gobernador todavía puesto, elige el silencio cómplice o la parálisis administrativa mientras nuestra columna vertebral vial y sanitaria se cae a pedazos.

No se puede conducir los destinos de un gigante con la cabeza gacha frente al poder central.

El malargüino no necesita un administrador silencioso de la decadencia. Necesita un líder que golpee la mesa en Buenos Aires y en la capital mendocina para exigir que la Ruta 40 deje de ser una trampa mortal y pase a ser el motor que nos prometieron.

El liderazgo no se ejerce sonriendo para las redes sociales, ni cuidando de buenos modales con los caciques del norte. Necesitamos una gestión agresiva y defendiendo el mandato del pueblo por sobre la obediencia partidaria.

Necesitamos gestión de fondo, NO una gestión de fotos.

El gigante no estaba dormido sino maniatado por una burocracia que siempre encontró una excusa, ambiental, política o presupuestaria para postergar al sur. Y en este escenario de atropellos que llegan desde el gobierno central, el silencio de nuestra conducción local se vuelve ensordecedor.

Resulta incomprensible que quien hoy conduce el departamento, con los galones de haber sido gobernador de la provincia, elija el silencio frente a los embates del centralismo. La experiencia no debería servir para recular, sino para plantar bandera cuando el federalismo se convierte en una palabra vacía en los despachos de Buenos Aires.

A 40 años de aquellas primeras promesas, la vigilia ha terminado, Malargüe ya no espera el derrame de la capital. Este año, el departamento exige ser el arquitecto de su propio destino. La minería vendrá y será bienvenida, pero el futuro de Malargüe se está jugando hoy en la conectividad vial, en la energía solar que ya brilla en nuestros campos y en la decisión innegociable de que el sur ya no es el patio trasero de nadie.

Que lo entiendan bien, el gigante ya se despertó. Ahora, lo que falta es que los que viven de espaldas a la cordillera tengan el coraje de seguirle el paso. Y que quienes nos gobiernan, con títulos de ex mandatarios y promesas de peso político, recuperen la voz. Porque frente al atropello centralista, el silencio no es prudencia, es ausencia de liderazgo.

El tiempo de los delegados silenciosos terminó. Malargüe exige líderes a la altura de su historia.

El 2026 no nos va a esperar. Si nuestros legisladores y funcionarios siguen priorizando quedar bien con Mendoza o temiendo a los recortes de Buenos Aires, el tren de la historia nos volverá a dejar en el andén. El mundo demanda lo que nosotros tenemos bajo el suelo. Pero la riqueza no se traduce automáticamente en bienestar si no hay un liderazgo agresivo que exija infraestructura, servicios y respeto. Los que vienen no son tiempos para tibios.

Está claro que representar a Malargüe no es ocupar un sillón; es dar una batalla diaria contra el olvido centralista. Quien no esté a la altura de este despertar, y no tenga la sangre para defender nuestras rutas y nuestras cloacas que tenga la decencia de dar un paso al costado.

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