Flecha torcida (casi un cuento)

Para el autor de esta columna de opinión, Sergio Gómez, Massa "claramente tiene más amagues que Orteguita".

Sergio Gómez

Como sucede en casi todas las obras en construcción, los albañiles se ponen sobrenombres y en casi todos los casos, esos apodos se producen por alguna maña o situación que deriva en cómo llamarlo, al menos en el horario de trabajo. Esto sucedió en la gran obra de remodelación del Hospital Central de Mendoza, hace ya varios años. Recuerdo que pasaba todas las mañanas por ahí para ir a trabajar y se escuchaban gritos dónde abundaban los apodos. Y hubo uno que me llamó mucho la atención, "el flecha torcida". Me ganó la curiosidad y un día le pregunté al cafetero que todas las mañanas les vendía el café a los operarios de la construcción en la puerta de semejante obra, y con una carcajada cómplice, se despachó con la explicación: "Le dicen así porque sale a la calle, y no se sabe a quién va a clavar!". (Risas).


Recibí el boletín diario de Memo gratis haciendo clic aquí

Desde hace 25 días vengo sosteniendo que en el país se vive un déjà vu. En mis estados de WSP aseveré que Massa sería el súper ministro del gobierno nacional. Con solo leer o escuchar las noticias, los que peinamos canas, no podemos no recordar como terminan las gestiones de gobierno que cambian sus ministros, secretarios, directores, etc. para que nada cambie. Es decir, que ante la embestida de los mercados, los actores sociales, el campo, los formadores de precios, o cualquier otro fenómeno que produce cimbronazos en los gobiernos (debilitados), los fusibles de las pretendidas soluciones sean los funcionarios. Algunos no llegan ni a formar equipos, porque permanecen menos de un mes de gestión. Algo muy parecido padecimos los argentinos en el 2001.

También ocurre cuando no hay una planificación de gestión de gobierno (diagnóstico - elaboración - metas y objetivos - acción - control - corrección - mejora continua), o lo que es peor cuando la política se fagocita cualquier intento de conducir los destinos del país, sobre todo si el daño viene, en gran medida, desde el entorno político de quien gobierna. Al contexto actual le sienta mejor la segunda de las opciones precitadas.

Está claro que aquí impera la improvisación, el desorden y que es necesario generar un escenario de confianza desde el gobierno hacia la ciudadanía primero y al resto de los actores que he mencionado, en segundo lugar.

El elegido para la difícil tarea de enderezar este barco es Sergio Tomas Massa, que de haber sido albañil, bien le hubiera quedado el apodo de flecha torcida, toda vez que primero fue cristinista, luego desplegando a full el teorema de Baglini, la defenestró y amenazó que si era elegido presidente la mandaba en cana junto a toda su banda de ladrones (¡?). Creó un nuevo espacio político, amagó a estar en el Frente Cambiemos y terminó juntándose con los que había prometido meter presos. Claramente tiene más amagues que Orteguita.

Lo cierto es que su desembarco en el Poder Ejecutivo Nacional se produce en momentos de cierta crispación social, en donde nadie le cree a nadie, pero que todos esperamos con cierto optimismo que le vaya bien, que sea la bala de plata que nunca haya que percutar.

Tiene casi todo para no fallar. Tiene a Cristina, la botonera del control del gobierno, la lapicera, bancos, empresarios, gobernadores e intendentes y todo lo que el minimizado Alberto ya no va a necesitar. Que Dios nos ayude.