La normalidad de lo cotidiano

El autor plantea una vida feliz vinculada con la rutinaria calma que invade desde fines de febrero en Mendoza donde no es lo mismo el otoño.

Pablo Gómez
Escritor mendocino

Pasadas las vacaciones, la vida se reencauza en el viejo sendero de lo cotidiano. Sobrellevar esa vieja normalidad, se convierte en estos tiempos en la tarea de cada día.

Se nos está acabando febrero, y los días empezaron definitivamente a hacerse más cortos; alguien podrá decir que son tan solo unos minutos de disminución de luminosidad desde el pasado solsticio de fines de diciembre... pero lo cierto es que ya no amanece tan temprano, y la oscuridad nos alcanza, en cuerpo y alma, en momentos en los que todavía pretendemos estar en actividad. La noche nos cubre con su dulzura y su soledad en horarios en los que aun andamos por ahí, llevando adelante tareas "diurnas". Pero por obra y gracia de la madre naturaleza, a esa altura de la jornada ya son necesarias las primeras luces del alumbrado público para complementar a nuestros cansados ojos, que hacen un último esfuercito por intentar ver, lo que sea que haya para ver; como si nada, como si el sol aún nos alumbrara, como si el verano no hubiera tomado ya la curva final rumbo a la Vendimia y al otoño que la sucede.

Estamos en ese momento del año en que la vida empieza a volver a la normalidad, que es esa forma en la que, sin importar si está bien o mal la cosa, se vive la mayor parte del tiempo; porque la normalidad es eso, lo de la mayoría: en un partido de básquet profesional, la normalidad es medir más de dos metros, por más que después esos pobres humanos tengan que hacerse un nudo para lograr sentarse en un asiento de avión, diseñado con parámetros "normales" ajenos a las grandes ligas. La normalidad no es buena ni es mala; simplemente es mayoritaria, y esa forma de vida que nos ocupa mayoritariamente durante el año está volviendo, una vez más, a posarse sobre nuestros hombros.

Lo importante entonces, es que se nos está yendo el verano. O al menos, ese período del verano en el cual las personas que están laboralmente "en relación de dependencia" se pueden tomar vacaciones. Así las cosas, hay que admitir que el problema es que son las vacaciones las que, habiendo ya llegado a esta altura de febrero, se nos escurren por entre los dedos, como la arena de aquella playa que ya se vuelve parte del recuerdo. Y más allá de que cada cual pueda haberse ido o no de su lugar habitual de residencia a pasar unos días de relaje a algún destino turístico, las vacaciones son ese momento del año que esperamos, quizá desde noviembre (y con gran desesperación en diciembre) para poder descansar de la normalidad... pobres vacaciones, difícil tarea le recae sobre sus cálidos e hipotéticos hombros, la de enderezar el año en tan solo unos pocos días.

Pero acá estamos: ya pasadas las vacaciones, volviendo a la cotidianeidad; y al parecer, aún sin poner todos los patitos en fila. Otro año escolar está por iniciarse, con sus horarios y sus costos económicos volviendo a la centralidad de la vida familiar; las pasiones estivales dan lugar a la calma y a la reflexión, y más de un amor de verano se ha topado ya con la curva que lo desbarrancó: al parecer así es la vida nomás, una de cal y una de arena, como decía la nona. Una montaña rusa que mezcla vibrantes y circunstanciales emociones con amplios valles de normalidad, un mar de calma con destellos de felicidad que le dan sentido al conjunto.

En definitiva, que la normalidad es la vida, y una buena normalidad, da lugar quizá (ojalá) a una buena vida. Normalicemos entonces la alegría de la calma, el placer de lo cotidiano, el beso de la mañana y el "te quiero" a cada rato. Que la sonrisa simple nos libere de tensiones sin sentido, que la confianza en lo que está por venir le gane al miedo... que las primeras hojas cayendo de los árboles nos sorprendan con su melancolía, y que la vida misma fluya por nuestras venas, aun de lunes a viernes, aun en lo cotidiano. 

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