A propósito de la Misa en Luján

El exobispo auxiliar de Mendoza y actual obispo de San Francisco, Sergio Buenanueva, en un texto reflexivo de fondo sobre la "misa por la paz" de la Basílica de Luján.

Sergio Buenanueva

¿Podemos los católicos reflexionar serenamente sobre nuestras preocupaciones y también sobre nuestras irritaciones?

Me hago esta pregunta, porque quiero compartir algunas ideas sobre lo que pasó en el Santuario nacional de Luján el pasado sábado. En realidad, desearía pensar mejor cómo estamos viviendo nuestra fe; y cómo darle visibilidad pública de forma responsable en una sociedad compleja, variada y vivaz como la argentina.

Comienzo diciendo que acepto y valoro las disculpas que ofreció el obispo Jorge Eduardo Scheinig en la misma celebración. Creo que fue honesto y sincero. Punto. No vuelvo sobre esto. Tampoco quiero desmerecer la molestia e irritación que el hecho despertó en numerosos católicos, pastores y laicos, al ver las imágenes o al saber de los hechos.

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Para colmo de males, en esas horas circularon algunos videos y fotos que no eran de esa celebración, sino de tiempo atrás. Vivimos nuestra ciudadanía creyente y secular en un mundo enrarecido, especialmente en la comunicación pública, tanto en las redes como en los medios.

La pregunta que me hago es esta: más allá de esta Misa, ¿no deberíamos dejar ya de hacer este tipo de celebraciones? O, al menos, de verificar con mayor cuidado algunas condiciones para que resulten expresivas de nuestra fe y de lo que entendemos hacer los cristianos cuando nos reunimos para "hacer Eucaristía".

Nadie duda de la legitimidad de la finalidad: pedir la paz social, la concordia, la fraternidad. En el Misal romano existen varios formularios de oraciones que suplican a Dios esos bienes. Los usamos y tenemos que seguir haciéndolo. Con mi pregunta me muevo en otra dirección.

Siendo franco, tiendo a pensar que este tipo de convocatorias van quedando anacrónicas. Estimo que deberíamos buscar formas más adecuadas de expresar la fe, la oración, la intercesión religiosa. Es algo a discernir. El concepto de "laicidad positiva" abre aquí una puerta muy amplia. El estado es y tiene que ser neutral en materia religiosa; la sociedad, en cambio, no lo es ni tiene que serlo. Y, de hecho, no lo es. En el espacio público -que es de los ciudadanos no del estado- ha de tener cabida la fe en sus múltiples manifestaciones.

Para los cristianos, la Eucaristía es el "sacramento de nuestra fe". Su celebración supone, expresa y alimenta la fe que hemos recibido en el bautismo. Su marco adecuado es una comunidad de hombres y mujeres que se reúnen por la fe y en orden a la fe. Su finalidad fundamental es levantar el corazón para alabar, bendecir y adorar al Padre, por Cristo, con Él y en Él, en la unidad del Espíritu Santo.

Cuando suplicamos por la paz social, por el cese de la violencia u otros valores humanos lo hacemos "coram Deo": vueltos hacia el Señor, confiando e invocando su misericordia, abiertos al influjo de su Espíritu. Esto nunca se puede ni suponer ni minusvalorar, menos aún supeditar a otros fines, incluso legítimos.

Pero hay otro aspecto que me hace pensar. Creo que, los pastores y la comunidad eclesial tenemos que cuidar con mayor delicadeza la libertad religiosa de todos. En primer lugar, la de los creyentes. También la de la Iglesia misma que, como nos enseñó el Concilio, es lo fundamental que le pide a la comunidad política: libertad para vivir la fe y compartirla con todos. Pero también la libertad de quienes no profesan la fe, la tienen un poco adormecida o incluso están en las antípodas de lo que creemos los católicos.

Me detengo aquí. En muchas de estas celebraciones vemos a hombres y mujeres, funcionarios o miembros de distintas instituciones, que no saben cómo estar en una celebración. Se los ve, en ocasiones, incómodos o perdidos. Y no hablemos de gestos o actitudes displicentes que, celulares mediante, hoy son captados y viralizados con incontrolable rapidez.

Añado un punto más, para mí muy importante y hasta decisivo. ¿No tenemos que dejar que la política, que tiene sus leyes y consistencia secular propias, viva esa autonomía en la gestión de la cosa pública con mayor soltura?

La fe en Dios, el Evangelio e incluso el culto tienen una dimensión y proyección políticas innegables... en la medida en que se los deja ser ellos mismos. No hay nada más político que el primer mandamiento del Decálogo: solo Dios es Dios, a Él solo adorarás; ninguna magnitud humana puede reclamar para sí lo que le debemos a Él y solo a Él. Es exquisitamente político porque, de la adoración a Dios hace surgir el más preciado bien político: la libertad por la que el hombre construye su vida y el bien común.

De lo que se trata es de buscar formas más genuinas de expresar la fe (en todas sus dimensiones: oración, iluminación doctrinal, actitudes y servicio) en un contexto social y cultural de pluralidad. En el núcleo ético de la democracia está la aceptación sin reservas de la legitimidad de la pluralidad. La fe y la libertad religiosa tienen que hacerse cargo de lo que esto significa.

Lo que valía para otros tiempos y otro tipo de configuración de la sociedad, hoy puede no ser ya adecuado.

Esa diversidad, situación epocal y pluralidad añaden también otro aspecto: cada región de la Argentina tiene su genio propio; su modo, por tanto, de vivir los vínculos entre la condición cristiana y la ciudadanía, los vínculos siempre dinámicos entre sociedad, ciudadanos y valores religiosos, por un lado; y, por otro, los vínculos entre el estado y la/s iglesia/s.

No está mal que, si las cosas nos parecen equivocadas, nos irritemos un poco y hagamos oír nuestra voz. Pero, lo más sensato (y cristiano) es que reflexionemos, conversemos y busquemos juntos los caminos más adecuados.

Hasta aquí mi aporte. Tenemos que seguir reflexionando sobre estas cosas.

(*) Leé más textos del obispo Sergio Buenanueva en su blog Evangelium Gratiae, haciendo clic aquí.

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