El orden que no hace ruido
El análisis de Lisandro Thomas sobre el rol del radicalismo en Mendoza.
Una política que se mueve fuera del foco
La política argentina suele medirse por su volumen.
Declaraciones altisonantes, conflictos superpuestos y una campaña permanente ocupan el centro de la escena. Sin embargo, los movimientos más relevantes no siempre ocurren allí donde el ruido es mayor. En algunos casos, se consolidan lejos del foco.
Mendoza ofrece hoy un ejemplo de ese fenómeno. No por ausencia de tensiones internas, sino por la manera en que esas tensiones se procesan.
Cambia Mendoza sostiene una lógica de gobierno basada en continuidad, previsibilidad y administración del poder. En un sistema acostumbrado a la ruptura, esa persistencia empieza a convertirse en una señal política.
Continuidad con matices
El oficialismo provincial avanzó incluso aceptando diferencias internas sin que ello derive en parálisis. La gestión se impuso como criterio ordenador por sobre la épica.
Esa dinámica contrasta con la situación del peronismo mendocino, que aparece replegado sobre sus propias internas y dificultades para construir una propuesta de futuro. Más que una oposición articulada, exhibe una resistencia sin síntesis.
Un acuerdo que ratifica un rumbo
En ese marco debe leerse el entendimiento entre Cambia Mendoza y La Libertad Avanza. No se trata de una fusión ideológica ni de un armado de ocasión, sino de una convergencia táctica sobre un camino ya iniciado. Equilibrio fiscal, control del gasto, impulso a sectores productivos estratégicos -como la minería, bajo reglas claras- y una agenda educativa sostenida configuran un núcleo de continuidad más que de cambio.
La alianza no introduce un giro abrupto en la política provincial. Funciona, más bien, como una ratificación del rumbo y como una herramienta de gobernabilidad en un contexto nacional volátil.
La improvisación como límite
El contraste con otros espacios políticos es marcado. Frentes cerrados a las apuradas, alianzas defensivas y reacomodamientos motivados por la urgencia electoral dominan la escena opositora. Sectores libertarios y del Pro por fuera del acuerdo y expresiones menores parecen compartir una preocupación central: no quedar relegados en un tablero que comienza a ordenarse.
La política vuelve a mostrar la diferencia entre quienes administran poder y quienes solo lo disputan.
Del miedo a los datos
Durante años, buena parte del debate público se estructuró alrededor del miedo como argumento para frenar decisiones vinculadas al desarrollo. Riesgos abstractos y consignas eficaces para bloquear reemplazaron la discusión basada en evidencia. Hoy, esos relatos comienzan a chocar con los datos. La experiencia indica que, con reglas claras, control institucional y previsibilidad, el crecimiento es posible.
Mendoza se inscribe en ese cambio de clima, especialmente en el debate productivo y minero, donde el eje dejó de ser la consigna para pasar a ser el método.
Un país en tensión
A nivel nacional, el escenario es más inestable. Javier Milei confirmó su intención de buscar la reelección en 2027 en un contexto atravesado por tensiones internas, desgaste político y señales económicas mixtas. La inflación cedió, pero el empleo no acompaña; el orden fiscal avanza, pero la gobernabilidad sigue siendo frágil.
El desafío ya no es la velocidad de las reformas, sino su capacidad de perdurar dentro del sistema democrático.
El rol del radicalismo
En ese marco, el radicalismo -en particular sus gobernadores- reaparece como un actor relevante. Aporta experiencia, capacidad de negociación y una cultura política más orientada al equilibrio que al conflicto permanente. En Mendoza, la UCR continúa siendo la estructura que ordena el sistema político provincial y le otorga previsibilidad.
Una conclusión sin épica
La diferencia, en este escenario, no la marcan los discursos más intensos sino los procesos más estables. En una Argentina que suele confundir intensidad con liderazgo, los proyectos que perduran son aquellos que se construyen con reglas claras, acuerdos sostenidos y administración del poder.
Mendoza, al menos por ahora, parece haber comprendido esa lógica antes que muchos otros.