"San Martín no existe"

Pablo Lacoste responde con realismo a la pregunta en torno al respeto real, fuera de las poses, que recibe la obra que dejó en Mendoza José de San Martín. El caso de la propuesta para realizar una película, caída en saco roto.

Pablo Lacoste

Puede ser duro reconocer la realidad. Pero es el primer paso para hacerse cargo y salir adelante.

En estos días, los medios de prensa se llenan de notas azucaradas, proclamando la "grandeza" de José de San Martín y sus gloriosas campañas libertadoras. Muchos tratan de prestigiarse quemando incienso para rendir homenajes al libertador. En las ceremonias oficiales, las autoridades se llenan la boca con glosas y palabras alusivas.

Pero la verdad es otra: San Martín no existe. Aquí, muy poco; y en los países centrales, nada.

Comencemos por los países centrales. Esta semana, se realizó una reunión de inversores de la industria cinematográfica de Europa para evaluar la prefactibilidad de invertir en una película o serie dedicada a visibilizar las campañas de San Martín. La idea era realizar una propuesta para difundir por las plataformas de streaming en el mercado del primer mundo.

La inversión significaría varios millones de dólares para poder financiar una producción que incluye ejércitos, grandes batallas y escenas de acción en escenarios de diversos países. Con estas consideraciones, el proyecto llegó a la mesa de los tomadores de decisiones de la industria.

La respuesta fue realista y escalofriante. "San Martín no existe; en Europa, nadie lo conoce; en España, suena un poco más, pero apenas como un traidor".

Escuchar estas palabras, en boca de un tomador de decisiones del más alto nivel mundial en la industria cinematográfica, es un golpe difícil de soportar para un argentino, educado en la cultura sanmartiniana desde la infancia. Pero también, representa un tonificante baño de realidad.

Si para el europeo medio, San Martín no existe, ¿qué queda de los demás temas de nuestra identidad y nuestra cultura?

Si ellos no tienen interés por conocer algo de San Martín, eso implica que no les interesamos para nada. No existimos para ellos. No conocen ni tienen inquietud por saber algo de nosotros. En otras palabras, somos la nada.

Esta falta de interés de los europeos por nosotros, contrasta con el lado inverso: nosotros tenemos una tendencia a arrodillarnos a los pies de Europa; la admiramos y le rendimos pleitesía. Gastamos los pocos dólares que no tenemos para ir a hacer turismo en Europa; consumimos sus productos, bienes y servicios. Hablamos de ellos como de alguien cercano y magnífico, cuando en realidad, ellos nos desprecian.

El problema es que no podemos sacarnos de encima esa actitud servil hacia el mundo desarrollado, que va unida al consiguiente desprecio por lo nuestro, nuestra identidad y nuestra cultura.

El problema no es que San Martín no existe para el mundo desarrollado; ellos están en su derecho de elegir en qué y en quién se interesan. El problema somos nosotros, que insistimos en copiar e imitar a un mundo que nos desprecia; nuestra actitud tilinga, en el sentido de pretender ser lo que no somos, es indigna.

Porque nuestra incapacidad de visibilizar y valorar el legado sanmartiniano es notable. En el mundo del vino, es patético. La industria local desconoce y desprecia el legado vitivinícola de San Martín, las variedades que él cultivó y los vinos que amó; y las ingeniosas arquitecturas de confort térmico para mejorar la calidad del vino con bóvedas y cúpulas. En vez de ello, se dedica a copiar el paradigma francés, tratando de imitarlo en todos sus gestos. ¿Dónde están las viñas patrimoniales de Mendoza? ¿Cuáles son? ¿Por qué son algo único y de valor extraordinario? A la industria no le interesa.

Otro ejemplo evidente es el estado en el cual se encuentra el Molino Sanmartiniano de Junín, obra de arte de la ingeniería hidráulica preindustrial que el Liberador levantó para desarrollar la Zona Este de Mendoza. La familia Orfila adquirió la propiedad de este predio y la convirtió en base de prestigio para la proyección de sus miembros hacia grandes cargos públicos de nivel provincial, nacional e internacional. Pero posteriormente, vino un ciclo de decadencia, y el famoso molino está a punto de desaparecer por falta de cuidado. ¿Qué espera el Estado provincial para declararlo de utilidad pública, restaurarlo y devolverlo al uso público, como atractivo turístico de interés continental?

Muchos más casos se podrían mencionar. El problema es que miramos al mundo desarrollado con ojos encandilados, sin aprender de nuestros errores y convertirlos en acción.

Europa, con mucho menos, logra más. La tumba de Napoleón convoca millones de visitantes por año; y es un personaje bastante miserable: basta recordar que reinstauró la esclavitud en América Latina, que había suprimido la Revolución Francesa. Pero claro, los franceses han desarrollado un gran trabajo de visibilización valoración de Napoleón para promover su desarrollo cultural, económico y social. Nosotros en cambio, tenemos vergüenza y miedo de levantar lo nuestro.


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