Del TEG a la guerra real: cuando el mundo dejó de ser un juego
Una mirada desde una generación que soñó con cambiar el mundo y hoy ve cómo las potencias se lo reparten como un tablero, entre guerras, likes y un orden global cada vez más brutal.
Cuando era joven -tengo 59- me desvelaban las ideas de cómo hacer para construir un mundo mejor. Creíamos en que un mundo mejor era posible. También, claro, pensábamos en el futuro personal, conseguir nuestras metas, bastantes más nítidas que las de la juventud actual, por el sencillo hecho de que el horizonte estaba a la vista, podía verse. Pero, en aquellos años, lo colectivo era más importante. Eran los 80 y el rock&pop nos trastornaba.
Después, los 90 y la treintena nos agarró con el virus neoliberal ya diseminado a lo largo y ancho del planeta. Y a medida que se adentraba el SXXI, más y más se achicaba el espectro de sueños colectivos para estrecharse en lo individual, como mucho, lo familiar. Nos pasó a la mayoría; y a los que no, los engatusó algún fundamentalismo o dogmatismo, con perspectivas más míseras aún.
Éramos jóvenes. Pasábamos noches en vela mirando películas francesas densísimas y La historia sin fin, a la par. Cantando canciones del rock nacional, la trova rosarina y cubana, los Stones y los Beatles. Jugando al TEG, al Chancho-va o al truco. Leyendo a Borges, Cortázar, García Márquez, Soriano y Fontanarrosa sin pausa. Las Mafaldas las habíamos acabado mucho antes pero siempre estaba la colección a mano para rememorar el final de alguna viñeta memorable.
El TEG. Era muy emocionante, horas y horas de aventuras para conquistar el mundo, dependiendo de la astucia, la suerte y las alianzas que pudieran lograrse por un rato. Todo era juego, diversión, muy poco alcohol, muchos cigarrillos y la casa llena de gente que se quedaba a jugar, a escuchar buena música o prenderse en alguna. ¡Todos contra el ejército verde! Y a la mitad del pacto, todos contra el rojo. Luego, cada uno a sus bases. Despejar el tablero y empezar de nuevo: quiero la revancha.
Hoy, muchos de quienes nos alinearnos a la izquierda del camino, tuvimos claro que Maduro -y antes Chávez- fue y es un corrupto, impresentable, un dictador sin pudor, lanzase la consigna que fuera: puro panfleto de cartón muy sucio. Tan claro es que resulta irrelevante escuchar como argumento que Maduro es un narcoterrorista -chocolate por la noticia- para defender el inconcebible asalto trumpista para afanarse el petróleo venezolano y posicionarse en el tablero frente a China. ¿Puede haber un argumento más vano? ¿Por no decir flatulento? Lo peor del caso es que tal como armó las cosas la administración Trump, aparentemente ha dejado intacto el esquema de corrupción y de gobernanza, apoderándose de un país abiertamente, con total desparpajo y sin pelos en la lengua. Sin ningún disimulo.
Lo insospechado - obviamente antes del holocausto de Palestina- era que la "comunidad internacional" iba a quejarse o abrir discursos sin mover un solo dedo. Repeat it again, darling, con Venezuela y más luego con Siria, ¡otra vez!
Carta blanca. El TEG en vivo y en directo. A bombas y un cacho de sangre, transmitido por todas las redes.
¿Cómo íbamos tan siquiera sospechar en aquellos años que esto no era sólo un juego sino la más despótica realidad del mundo 30 años después? Te doy Taiwán, me quedo con Palestina, me agarro Venezuela, me quedo con Argentina. Y si no les gusta, agua y ajo, que ya son grandecitos. La democracia está demodé, mon chéri. La soberanía es cosa del pasado, no existen más los estados-nación, sino los 4 o 5 super poderosos que no son fantásticos, aunque así se publiciten, aliados con los intereses de tres o cinco mandamases del planeta.
Jueguen al TEG, señores, con el tablero del mundo real. Ponganló en Netflix, en los I-Phones, así se divierten con todo el público poniendo likes en esta época del "tecno feudalismo", mientras la gente lo termina de masticar y se lo traga. Divídanse el mundo y publiquen, posteen, que nosotros aquí estaremos, librando la III Guerra en nuestros celulares y obedeciendo las reglas del presunto mercado a punta de scroll y pulgares, mientras imaginamos que lo estamos pensando nosotros mismos. Creyendo que somos parte del juego.