El verano, tiempo de reflexionar sobre la tolerancia hacia los demás

Análisis y con sejos en torno a la tolerancia, a cargo de José Jorge Chade.

José Jorge Chade
José Jorge Chade (Ex Docente de la Universidad de Bologna, Educador y escritor, autor de numerosos libros y publicaciones científicas nacionales y extranjeros y algunos poemas).

El verano, las vacaciones en casa o haciendo turismo pueden ser un momento para reflexionar sobre nuestro comportamiento durante el último año y ver si necesitamos modificarlo para comenzar el nuevo con serenidad.

Somos conscientes y participamos a episodios de intolerancia a diario (aunque a veces, estos superan el significado de la palabra).

La tolerancia hacia los demás es la capacidad de aceptar y respetar las diferencias con los demás, ya sean culturales, de opinión, de comportamiento o de estilo de vida. Mejorarla promueve el bienestar individual.

Ejercer esta actitud no siempre es fácil. Sin duda, todos hemos experimentado lo estresante que puede ser a veces vivir con nuestros vecinos. Esto puede llevar al desarrollo de actitudes adversas que pueden generar un verdadero odio hacia quienes nos rodean.

Albergar ocasionalmente sentimientos de repulsión o intolerancia hacia los demás no es necesariamente un síntoma preocupante, pero si esta actitud se convierte en una constante en nuestro entorno relacional, puede ser una expresión de conflictos psicológicos no resueltos que deben abordarse. Si una persona afirma detestar a los demás, esto puede interpretarse de diversas maneras, según el contexto y la situación psicológica del individuo.

En general, albergar desprecio por los demás no implica necesariamente un resentimiento visceral y violento hacia cada individuo, sino que puede ser una manifestación de otras emociones o experiencias más complejas.

Los efectos de esta propensión se manifiestan en varios niveles:

  • Personal: A nivel subjetivo, la antipatía hacia los demás puede provocar aislamiento, ira crónica, estrés y problemas de salud mental, como ansiedad y depresión.

  • Relacional: Un sentimiento crónico y persistente de desprecio hacia los demás destruye las relaciones interpersonales y crea barreras emocionales difíciles de superar.

  • Social: Es lo que nuestra sociedad desgraciadamente está viviendo hoy anivel colectivo, los sentimientos de odio alimentan el conflicto, la discriminación y la violencia pueden conducir al surgimiento y la radicalización de comportamientos extremistas.

Observamos a veces personas cuyo comportamiento revela una fuerte animadversión (enojo, mala voluntad, antipatía o aversión fuerte hacia alguien).

El odio es una emoción intensa que surge en respuesta a situaciones, personas o grupos específicos percibidos como una amenaza, una fuente de dolor o injusticia. Puede ser temporal y limitarse a un evento o persona, pero si no se gestiona, corre el riesgo de convertirse en un sentimiento duradero.

Las causas del odio hacia los demás pueden ser complejas y tener su raíz en una combinación de factores psicológicos, sociales, culturales y personales. Estos son algunos de los principales:

Humillación o vergüenza

La hostilidad hacia los demás puede provenir de experiencias pasadas negativas que han llevado a una pérdida de dignidad, como la traición, el acoso escolar o el fracaso financiero. Las personas que experimentan eventos traumáticos a menudo se ven a sí mismas y al mundo desde una perspectiva negativa.

Quienes han sufrido abuso o maltrato pueden desarrollar sentimientos de ira generalizada o rechazo hacia los demás. Este sentimiento no es tanto un deseo de hacer daño, sino más bien una reacción protectora ante el sufrimiento.

Baja autoestima o inseguridad

Quienes tienen baja autoestima o se sienten inseguros pueden tener dificultades para conectar con los demás.

A veces, para protegerse de estos sentimientos de incompetencia, una persona puede desarrollar un comportamiento resentido y rencoroso hacia los demás. Esta actitud puede ser una forma de desviar la atención de sus propios miedos o frustraciones internas.

Malestar social o ansiedad social

La ansiedad social es una forma de aprensión que se desarrolla en situaciones sociales, especialmente en situaciones desconocidas, donde una persona se siente expuesta al juicio de los demás. Quienes la padecen pueden desarrollar una actitud de desprecio hacia los demás como mecanismo de defensa: en lugar de abordar sus dificultades en la interacción social, se refugian en un sentimiento de rechazo, percibiendo a los demás como la fuente de su malestar.

Cómo regular y superar la hostilidad hacia los demás abordando y gestionando mejor los sentimientos de animosidad hacia los demás, practicando la tolerancia como herramienta para reducir la tensión en las interacciones sociales y el riesgo de conflicto.

  1. Fomentar la aceptación de las diferencias

Cuando aceptas a los demás como son, eres menos propenso a juzgarlos o a involucrarte en discusiones inútiles, lo que puede reducir tus niveles de estrés. Es importante reconocer que cada individuo, con sus opiniones, comportamientos y, especialmente, sus limitaciones, es intrínsecamente humano y, por lo tanto, sujeto a la imperfección.

Cultivar la tolerancia significa aprender a vivir con las diferencias inherentes de los demás, sin percibirlas como una amenaza o un ataque personal.

  1. Cultiva la empatía/comprensión

Intenta comprender al otro. A menudo, las personas actúan por miedo, inseguridad o ignorancia, más que por malicia.

Reconocer que cada uno enfrenta sus propias dificultades puede ayudar a desarrollar la comprensión y a compartir las dificultades, un paso importante para reducir los conflictos interpersonales.

  1. Expóngase gradualmente a las interacciones sociales.

Si la aversión hacia los demás le provoca aislamiento, debería empezar a interactuar gradualmente con personas que parezcan más tolerantes o similares.

Construir experiencias positivas puede equilibrar las creencias negativas sobre la naturaleza humana.

  1. Concentrémonos en lo positivo.

Todos los días, ponga atención a algún aspecto positivo que haya notado en alguien. Puede ser un gesto amable, una palabra de aliento o una acción desinteresada. Esto le ayudará a equilibrar su percepción de los demás.

Tendemos a notar los errores o defectos de los demás inmediatamente: intentemos moderar nuestro juicio y concedámonos el beneficio de la duda. Si alguien comete un error, separemos el comportamiento de la persona: una acción negativa no representa su naturaleza.

  1. Practiquemos la paciencia en la vida diaria.

Cuando sintamos irritación o intolerancia, detengámonos y contemos hasta 10. Este sencillo ejercicio puede prevenir reacciones inmediatas y, a menudo, exageradas.

Reconozcamos el progreso. Celebremos cada pequeña victoria cuando logremos ser más paciente en situaciones difíciles.

Aprendemos técnicas de regulación emocional, como la atención plena, ayuda a controlar la ira y a reducir el riesgo de que se convierta en odio. Esta no es una solución instantánea ni mágica, sino una práctica que fomenta la autoconciencia y una gestión más equilibrada de las emociones.

El hecho de que no podemos prescindir de puntos fijos también lo demuestra la observación de que quienes han estudiado la tolerancia coinciden en que su práctica impone límites. Por ejemplo, no se puede tolerar la intolerancia, ni la manipulación de los hechos, ni la negación de la igualdad de derechos, etc.

La tolerancia es, por lo tanto, la premisa para la discusión y el diálogo, pero al mismo tiempo está subordinada a los valores que la niegan. Estos valores han surgido gradualmente a lo largo de la historia y, aunque no se han realizado de forma plena y universal, tienden a convertirse en la base de la convivencia.

La intolerancia hacia los demás es una emoción arraigada en mecanismos psicológicos complejos e influenciada por factores sociales y culturales.

Sin embargo, puede mitigarse mediante la educación, la comprensión y la promoción de valores como la empatía/comprensión y el respeto mutuo. Comprender estas dinámicas es el primer paso para construir una sociedad más inclusiva y pacífica. Por lo tanto, ser tolerante no sólo mejora las relaciones con los demás, sino que también enriquece la vida interior, contribuyendo al bienestar general. Si en este periodo estival nos permitimos leer varias veces este artículo, es posible que logremos interiorizar aspectos positivos para nosotros mismos en relación con los demás.