Elogio de la transformación

Jorge Fontana y un planteo central, que poco se pone en discusión: ¿quién dice que toda la vida hay que sostenerse en el mismo pensamiento?

Jorge Fontana

Hace unos años, algunos amigos (encandilados con las políticas del kirchnerismo) me reprochaban mi oposición irreductible a ese proyecto político y económico. Y para argumentar su postura, traían a la memoria las consignas que cantábamos en nuestras épocas de militancia estudiantil. Esas estrofas panfletarias incluían términos como "antiimperialismo", "liberación", "lucha popular", etc. Y (en esos años) la opinión hegemónica era que esas reivindicaciones eran encarnadas por el gobierno kirchnerista.

La anécdota relatada en el párrafo precedente puede dar lugar a muchas cuestiones, como por ejemplo, las dudas razonables acerca de si esa opinión generalizada se condecía con la realidad. Pero el motivo de esta nota es plantear otra pregunta: ¿existe algún mérito en mantener toda la vida las mismas posturas ideológicas que se tenían a los 20 años? O, dicho de otra manera, ¿existe alguna vergüenza en cambiar de ideas, cuando ese cambio significa una evolución? (Obviamente, me estoy refiriendo a los cambios sustentados en la honestidad intelectual, no a las mutaciones motivadas por el mero pragmatismo o a la pedestre conveniencia personal).

Según la sentencia de Heráclito (que tanto gustaba a Borges), uno nunca se baña dos veces en el mismo río, porque el agua no es la misma y uno tampoco lo es.

Cierta vez, cuando cursaba primer año de Comunicación Social en la UNCuyo, una profesora nos habló de su juventud militante, del Mayo Francés, del Cordobazo, de la "juventud maravillosa", comprometida con cuanta revolución andaba dando vueltas por ahí, y se lamentaba de que la juventud de ese momento no retomara esas luchas. Una vez abierto el debate, el estudiante veinteañero que fui argumentó que eso era imposible, entre otras cosas, porque conocíamos las consecuencias de esas luchas, con su secuela de decepciones y fracasos, e incluso de muertes. La inocencia, una vez perdida -creo haber dicho- puede añorarse, pero no recuperarse. De allí en adelante, sólo queda crecer.

Muchas de las que creemos convicciones profundas y racionales, a menudo no son más que expresiones provisorias (y ancladas en un determinado tiempo y un determinado espacio) de valores que trascienden ese espacio y ese tiempo. En ese sentido, lo que consideramos principios ideológicos a menudo no son más que la manera en que esos valores toman forma, se convierten en pautas para la acción. Y esa corporización de valores en ideas para la acción, no puede estar nunca descontextualizada del devenir histórico, se da siempre en una determinada situación espacio temporal. Si me permiten, voy a ilustrarlo con otro ejemplo personal. En 1980 quién esto escribe tenía 16 años, y estaba empezando a interesarse por la política, pero resulta que en 1980 gobernaba Jorge Rafael Videla, y el Proceso de Reorganización Nacional había prohibido la actividad de los partidos, por lo tanto, mis intereses se referían a algo oculto, clandestino, ilegal. Sentía que la dictadura me coartaba la libertad de elegir y participar en la vida pública, y también estaba más que claro que la ideología de esa dictadura era de derecha. También sabía que esa dictadura secuestraba, encarcelaba y ejecutaba sin juicio previo, sin dar lugar a la defensa. La conclusión se cae de madura: "Si la derecha oprime, coarta derechos, ignora la Justicia, y si mi aspiración es la libertad, la justicia y el respeto a los derechos humanos, debo buscar todo eso en la izquierda". Así, mis ideas de entonces (de las que estaba completamente seguro, convencido y hasta fanatizado) eran (vistas desde hoy) bastante de izquierda. O al menos yo creía que lo eran. Los valores a defender eran la libertad, la justicia, la democracia, pero la forma en que esos valores tomaron cuerpo en ideas estaba condicionada por contexto político, por mis deseos de entonces y (obviamente) por mi edad. Hay muchas razones para permanecer aferrado a esos valores. No las hay (en cambio) para anclarse en los posicionamientos discursivos e ideológicos por los que se creía que esos valores estaban representados en ese momento, y a esa edad.

Muchas veces, lo que aparece en la superficie como firmeza en las convicciones, en lo sustancial no suele ser otra cosa que mero estancamiento, confort intelectual, aversión al riesgo, apego a lo viejo, a lo que (en palabras del sacerdote y poeta Hugo Mujica) "ya no dispensa vida".

No se debe renegar del cambio, no hay ninguna deshonra en la transformación. Las cosas cambian, la vida es dinámica, la defensa de los mismos valores puede tomar formas políticas diferentes. Y, además, pueden surgir nuevos valores a defender y nuevos objetivos a conseguir. Usar siempre las mismas categorías para analizar cosas que ya son diferentes, apelar siempre a las mismas prácticas, puede ser (y muy a menudo lo es) una actitud ideológicamente conservadora, éticamente cobarde y actitudinalmente cómoda.

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