Treinta días de cuarentena

"Era muy difícil a los autores de principio de siglo XX pensar que la humanidad dejaría su libertad voluntaria y mansamente, sin un motivo catastrófico o autoritario", escribe Alejandro Jofré.

Alejandro Jofré

Estos días de cuarentena nos están llevando a varias reflexiones, producto del tiempo libre entre el trabajo en casa, el trabajo de casa y el trabajo de estar en casa.

Luego de tomarnos la última cerveza, caemos en la cuenta de la imposibilidad del trabajo en casa. El trabajo necesita hacerse en la calle, para ver a los clientes o proveedores, para tomar café con un colega o simplemente para hacer un trámite. Porque el trabajo es el afuera.

La fábula del teletrabajo, la última frontera de la esclavitud personal, cae porque somos seres sociales y queremos trabajar, estudiar y vivir rodeados de congéneres.

Salvando algunos sociópatas, todos preferimos realizar nuestras actividades laborales en la calle o en nuestro lugar de trabajo, porque contrariamente a lo que piensan los modernos, el hogar no es un lugar de trabajo, es el lugar en dónde no trabajamos y descansamos de él.

Es el templo donde no entra el jefe, ni el cliente. Es la última fortaleza de la libertad, en donde somos realmente capaces de hacer lo que nos plazca.

El home office es el sueño del proletarista, que quiere esclavizar al hombre en el último lugar en dónde es libre, su casa.

El moderno proletarista prefiere al trabajador en su casa porque se ahorra oficina, calefacción cuando el sujeto tiene frío o calor, la merienda y el café, o cualquier otra cosa que el infeliz pretenda mientras está en su trabajo. Es el sueño del esclavo que se autosustenta, si a eso le agregamos la intervención del Estado, tenemos una "sociedad ideal en la que los medios de producción están bajo el control de los dirigentes políticos de la comunidad" (Belloc).

Otra cosa que aprendimos es el tremendo miedo que hay a la muerte. El tema tabú del Siglo XXI, no es el sexo (siquiera el virtual) sino la muerte, agravada por un agente invisible, que puede traerlo cualquiera, tu nieto o tu madre.

Tanto miedo le tenemos, que no ahorramos en entregar libertades y seguridad económica con tal de no enfrentarnos a lo único que los hombres vamos a enfrentar sin distinción de clase ni de color.

No digo que haya que actuar descuidadamente, ni con desprecio a los peligros, pero la falta de exigencia sobre los límites y formas de manejar la crisis por parte del general de la sociedad, hacia el gobierno nacional, demuestra a las claras que contra la muerte somos capaces de entregar absolutamente todo.

Estamos dispuestos a entregar nuestra libertad, trabajando en nuestra casa y corriendo a ponernos alcohol en gel, sin pensar si existen otras formas de evitar la enfermedad.

Una de las características de las distopías como Farenheit 451 (Bradbury), o Brave New World (Huxley), es que nadie sabe cómo se llegó al hecho de una falta de libertad, que no permite leer libros o en la que se producen humanos en serie y esclavos; o como en 1984 (Orwell) en que hay una idea lejana del motivo o del conflicto por el cual hoy es preferible ser esclavo, pero tan lejano que nadie se acuerda.

Era muy difícil a los autores de principio de siglo XX pensar que la humanidad dejaría su libertad voluntaria y mansamente, sin un motivo catastrófico o autoritario.

No hay peor esclavizante que el miedo, ni peor enemigo que el miedo a la muerte. Y luego de sometidos, cuando nos suban a un camión para descartarnos como a Boxer, sabremos que al final, "todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros".



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