El derecho a ser monstruo: cuando la crisis se vuelve carne

La crisis deja de ser una abstracción económica para encarnarse en cuerpos, vínculos y conductas. En esta columna, Verónica Piñol indaga cómo la precariedad sostenida habilita zonas de desborde, violencia y deshumanización, y plantea una pregunta incómoda: qué ocurre cuando sobrevivir implica correrse de lo moralmente aceptable.

Verónica Piñol

La directora Lucrecia Martel lanzó una vez una invitación inquietante: sentarse frente al monstruo y observar hasta que manifieste toda su potencia. En Argentina, ese monstruo no suele venir del espacio exterior; nace de las rendijas de lo roto. 

Nace de las crisis. Ya sea en la tosquera profunda de una provincia que se funde, o en el living de una casa patagónica donde una madre decide que la realidad no es suficiente, la monstruosidad aparece como la única respuesta cuerda ante un mundo que ha dejado de funcionar.

La maldición de la carencia

En la reciente película La Virgen de la Tosquera, dirigida por Laura Casabé y basada en los relatos de Mariana Enríquez, la crisis argentina (ese fantasma cíclico que asociamos al 2001 pero que nos persigue siempre) actúa como una maldición esotérica. Un hombre ensangrentado deja un carrito en medio de la calle y, de pronto, el barrio se queda sin luz, sin agua y sin piedad.

Aquí, la salud mental se desplaza. La angustia de no tener para comer o de ver a un jubilado vendiendo diccionarios en la fila del agua no se cura con terapia; se canaliza a través del rito. Natalia, la protagonista, descubre que ser una "piba buena" en medio del colapso es una trampa. Su "monstruosidad" -esa capacidad de susurrar con las mellizas y ejercer un poder oscuro- es su forma de salud mental. Ante un sistema que la expulsa, ella elige el oasis mortal de la tosquera: un lugar que, como la crisis misma, parece un paraíso de aguas cristalinas, pero te succiona hacia el fondo.

El delirio como refugio doméstico

Si Enríquez y Casabé narran el monstruo que nace de la fractura social, Erika Halvorsen en La Maravillosa nos muestra al monstruo que nace de la fractura del nombre propio. En su autoficción, la crisis es el narcisismo materno. "La Maravillosa" (la madre) construye una nave de delirio místico donde Sandro es el Dios y el culebrón es la Biblia.

La Virgen de la Tosquera: terror, adolescencia y crisis argentina en clave bien argenta

Para los hijos de esa casa, la salud mental es una moneda de cambio. Para sobrevivir a la potencia de esa mujer-monstruo, deben aceptar el delirio como normalidad. Halvorsen nos recuerda que a veces el "loquero" no es el lugar donde uno pierde la razón, sino el único espacio liminal -como la nave de Peri Rossi o la cantera de Enríquez- donde uno puede bajarse del escenario ajeno para intentar balbucear una lengua propia.

La potencia de lo roto

¿Qué une a las brujas adolescentes de la tosquera con la "Hermana Sexta" de Halvorsen? El zumbido de las moscas. Ese sonido que en el cine de Casabé anuncia la podredumbre del carrito y que en la vida real es el ruido blanco del trauma.

La salud mental en estas narrativas latinoamericanas deja de ser un estado de equilibrio para convertirse en una estrategia de guerra. Los personajes no buscan "curarse" para volver a una sociedad que los fundió o a una familia que los anuló. Buscan habitar su monstruosidad.

Como propone Martel, expandir el espacio es inventar el camino. Quizás, narrar nuestros miedos -al desamor, a la falta de agua, a la tiranía de una madre- sea la única forma de no morir ahogados en el fondo de la tosquera. Al final, el monstruo no es el que grita desde la calle, sino el que nos devuelve la mirada desde el espejo cuando las reglas del juego cambian y nos damos cuenta de que, para sobrevivir, hemos tenido que dejar de ser humanos. El Cine y la literatura como síntoma de época.