Leé y escuchá un fragmento del libro "Una tierra prometida", por Barack Obama

Un relato cautivador y personal de la historia según se va forjando, del presidente que nos ha inspirado a creer en el poder de la democracia. Audio y texto del libro editado en Argentina por Debate.

Prefacio

Empecé a escribir este libro al poco tiempo del final de mi presidencia, después de que Michelle y yo hubiésemos embarcado por última vez en el Air Force One en un viaje hacia el oeste para un descanso que habíamos postergado durante mucho tiempo. El ambiente en el avión era agridulce. Los dos estábamos exhaustos, tanto física como emocionalmente, no solo por los afanes de los ocho años pasados sino por los inesperados resultados de unas elecciones en las que había sido elegido como mi sucesor alguien diametralmente opuesto a todo lo que representábamos. Aun así, tras haber completado nuestro tramo de la carrera, nos reconfortaba saber que lo habíamos hecho lo mejor que habíamos podido y que, por muchas carencias que hubiese tenido como presidente, por muchos proyectos que hubiese aspirado a llevar a cabo sin conseguirlo, el país estaba en una situación mejor que cuando asumí el cargo. Durante un mes, Michelle y yo dormimos hasta tarde, disfrutamos de las cenas, dimos largos paseos, nadamos en el mar, hicimos balance, recargamos nuestra amistad, redescubrimos nuestro amor e hicimos planes para un segundo acto sin tantos sobresaltos pero, con suerte, no por ello menos satisfactorio. Para cuando estaba en condiciones de volver al trabajo y me senté con un bolígrafo y un cuaderno de notas (aún prefiero escribir a mano: creo que el ordenador da incluso a mis borradores menos pulidos una pátina demasiado satinada, y confiere apariencia de pulcritud a las ideas a medio elaborar), ya tenía en la cabeza un esbozo definido del libro.

Por encima de cualquier otra consideración, confiaba en ofrecer un retrato honesto de mi tiempo en el cargo; no solo un registro histórico de los acontecimientos clave que tuvieron lugar mientras estuve al mando y de las figuras más importantes con quienes interactué, sino también una crónica de las corrientes adversas (políticas, económicas y culturales), que contribuyeron a determinar los desafíos a los que mi Administración se enfrentó y las decisiones que mi equipo y yo tomamos en respuesta a ellos. Siempre que fuera posible, quería ofrecer a los lectores una impresión de cómo es ser el presidente de Estados Unidos; descorrer ligeramente el velo y recordar a la gente que, a pesar de todo su poder y su pompa, la presidencia no deja de ser más que un trabajo, que nuestra administración federal es una empresa humana como cualquier otra, y que los hombres y mujeres que trabajan en la Casa Blanca experimentan la misma combinación cotidiana de satisfacción, decepción, fricciones con los compañeros, pifias y pequeñas victorias que el resto de sus conciudadanos. Por último, quería contar una historia más personal que pudiese inspirar a los jóvenes a plantearse una vida de servicio público: cómo mi carrera política en realidad había empezado como la búsqueda de un lugar donde encajar, una manera de explicar las distintas facetas de mi herencia mestiza, y cómo solo al ligar mi destino a algo que me trascendía había logrado en última instancia encontrar una comunidad y un sentido a mi vida.

Calculaba que podría contar todo esto en unas quinientas páginas. Esperaba haber terminado en un año.

Puede decirse que el proceso de escritura no transcurrió exactamente como yo lo había previsto. A pesar de mis mejores intenciones, el libro no hacía más que crecer en extensión y en alcance, motivo por el cual acabé decidiendo dividirlo en dos volúmenes. Soy plenamente consciente de que un escritor más dotado habría encontrado la manera de contar la misma historia con mayor brevedad (al fin y al cabo, mi despacho en la Casa Blanca estaba situado junto al dormitorio Lincoln, donde, en una vitrina, reposaba una copia firmada del discurso de Gettysburg, de 272 palabras). Pero cada vez que me sentaba a escribir -ya fuese para detallar las fases iniciales de mi campaña, la gestión de la crisis financiera por parte de mi Administración, las negociaciones con los rusos sobre la gestión de los armamentos nucleares, o las fuerzas que lideraron la Primavera Árabe- descubría que mi mente se resistía a un relato simple y lineal. A menudo me sentía obligado a proporcionar contexto para las decisiones que tanto otros como yo habíamos tomado, y no quería relegar esa información a notas a pie de página o al final del libro (odio unas y otras). Descubrí que no siempre podía explicar mis motivaciones con tan solo hacer referencia a montones de datos económicos o con traer a colación una exhaustiva reunión informativa en el despacho Oval, pues en ellas habían influido una conversación que había mantenido con un desconocido en algún acto de campaña, una visita a un hospital militar o una lección de infancia que había recibido de mi madre años atrás. Una y otra vez mis recuerdos me devolvían detalles aparentemente menores (la búsqueda de un lugar discreto donde fumar un cigarrillo nocturno; las risas que mi equipo y yo nos echábamos mientras jugábamos a las cartas a bordo del Air Force One) que recogían, como nunca podría hacer lo que era de dominio público, mi experiencia vivida durante los ochos años que pasé en la Casa Blanca.

Más allá del esfuerzo para juntar palabras en una página, lo que no supe prever del todo es la manera en que los acontecimientos se han desarrollado en los tres años y medio transcurridos desde ese último vuelo en el Air Force One. Mientras escribo estas líneas, el país sigue preso de una pandemia global y la consiguiente crisis económica, con más de 178.000 estadounidenses muertos, empresas cerradas y millones de personas sin trabajo. A lo largo y ancho del país, gente de toda clase y condición ha salido a las calles para protestar por la muerte de hombres y mujeres negros desarmados a manos de la policía. Quizá lo más inquietante de todo sea que nuestra democracia parece encontrarse al borde de una crisis; una crisis cuyas raíces se encuentran en una contienda fundamental entre dos visiones opuestas de lo que Estados Unidos es y lo que debería ser; una crisis que ha dejado la comunidad política dividida, furiosa y desconfiada, y ha hecho posible la quiebra continuada de las normas institucionales, las salvaguardas procedimentales y la adhesión a los hechos básicos que tanto republicanos como demócratas daban por descontados en épocas pasadas.

Esta contienda no es nueva, por supuesto. En muchos sentidos, ha definido la experiencia estadounidense. Está incrustada en los documentos fundacionales, capaces al mismo tiempo de proclamar que todos los hombres son iguales y de contar a un esclavo como tres quintas partes de un hombre. Encuentra su expresión en los primeros dictámenes judiciales de nuestra historia, como cuando un magistrado jefe del Tribunal Supremo explica sin tapujos a una tribu de nativos americanos que sus derechos de transmisión de bienes no son aplicables, ya que el tribunal de los conquistadores no tiene competencia para reconocer las justas reclamaciones de los conquistados. Es una contienda que se ha librado en los campos de Gettysburg y Appomattox, pero también en los pasillos del Congreso, en un puente de Selma, en los viñedos de California y en las calles de Nueva York; una contienda en la que luchan soldados, aunque más a menudo lo hacen sindicalistas, sufragistas, mozos de estación, líderes estudiantiles, oleadas de inmigrantes y activistas LGBTQ, armados tan solo con pancartas, folletos o un par de zapatos para caminar. En lo más profundo de esta prolongada batalla hay una sencilla pregunta: ¿aspiramos a ajustar la realidad de Estados Unidos a sus ideales? Si es así, ¿creemos realmente que nuestras ideas de autogobierno y libertad individual, igualdad de oportunidades e igualdad ante la ley son aplicables a todas las personas? O, por el contrario, ¿estamos dedicados, en la práctica, cuando no por ley, a reservar todas estas cosas a unos pocos privilegiados?

"Rabia": un adelanto del libro de Bob Woodward sobre Trump ante la pandemia

Reconozco que hay quienes creen que ha llegado el momento de desechar el mito, que un análisis del pasado estadounidense, e incluso un rápido vistazo a los titulares de hoy, muestran que los ideales de este país siempre han ocupado un lugar secundario frente a la conquista y la subyugación, un sistema racial de castas y un capitalismo voraz, y que fingir que no ha sido así equivale a ser cómplices en un juego que estuvo amañado desde el principio. Y confieso que ha habido momentos mientras escribía este libro, mientras reflexionaba sobre mi presidencia y todo lo que ha sucedido desde entonces, en que he tenido que plantearme si también yo estaba siendo demasiado comedido al decir las cosas tal y como las veía, demasiado prudente, de hecho o de palabra, convencido como lo estaba de que, al apelar a lo que Lincoln llamó «los ángeles que llevamos dentro», tendría más posibilidades de conducirnos hacia los Estados Unidos que se nos habían prometido.

No lo sé. Lo que sí puedo decir con certeza es que aún no estoy dispuesto a abandonar la promesa de Estados Unidos, no solo por el bien de las generaciones futuras de estadounidenses, sino por el de toda la humanidad. Pues estoy convencido de que la pandemia que estamos viviendo hoy es tanto una manifestación de un mundo interconectado como una mera interrupción en la incesante marcha hacia un planeta así, en el que pueblos y culturas no pueden sino chocar. En ese mundo -de cadenas de suministro globales, transferencias de capital instantáneas, redes terroristas transnacionales, cambio climático, migraciones masivas y cada vez mayor complejidad- aprenderemos a convivir, a cooperar los unos con los otros y a reconocer la dignidad de los demás, o pereceremos. Así pues, el mundo mira hacia Estados Unidos -la única gran potencia en la historia integrada por personas de todos los rincones del planeta, de todas las razas, confesiones y prácticas culturales- para ver si nuestro experimento con la democracia puede funcionar; para ver si podemos hacer lo que ningún otro país ha hecho jamás, para ver si podemos realmente estar a la altura de lo que nuestro credo significa.


Aún está por ver. Para cuando se publique este primer volumen, se habrán celebrado unas elecciones en Estados Unidos, y aunque creo que lo que hay en juego no podría ser más importante, también sé que unos comicios no bastarán para zanjar la cuestión. Si sigo teniendo esperanza es porque he aprendido a depositar mi fe en mis conciudadanos, en particular en los de la siguiente generación, cuya convicción en la igual valía de todas las personas parece algo instintivo y su empeño en llevar a la práctica los principios que sus padres y profesores les enseñaron que eran ciertos, aunque quizá sin estar plenamente convencidos de ello. Más que para cualesquiera otras personas, este libro es para esos jóvenes: una invitación a rehacer el mundo una vez más, y hacer realidad, a base de esfuerzo, determinación y una gran dosis de imaginación, unos Estados Unidos que por fin reflejen todo lo mejor que llevamos dentro.

Agosto de 2020

PRIMERA PARTE

La apuesta

1

De todas las habitaciones, los salones y los espacios emblemáticos de la Casa Blanca, mi lugar favorito era la columnata Oeste.

Ese corredor enmarcó mis días durante ocho años: un minuto de paseo al aire libre, de casa a la oficina, y viceversa. Era ahí donde cada mañana sentía la primera ráfaga de viento invernal o el primer golpe de calor estival; el lugar donde ordenaba mis ideas, hacía repaso de las reuniones que tenía por delante, revisaba los argumentos para convencer a congresistas escépticos o a votantes ansiosos, y me preparaba para tomar tal o cual decisión o afrontar alguna crisis inminente.

En los primeros tiempos de la Casa Blanca los despachos del equipo de trabajo del mandatario y la residencia de la primera familia estaban bajo el mismo techo, y la columnata Oeste era poco más que un sendero hacia las caballerizas. Pero cuando Teddy Roosevelt accedió al cargo decidió que en un único edificio no había espacio suficiente para albergar un equipo de trabajo moderno, seis hijos bulliciosos y su propia cordura. Entonces ordenó la construcción de lo que acabarían siendo el Ala Oeste y el despacho Oval, y con el transcurso de las décadas y la sucesión de presidencias se asentó la configuración actual de la columnata: un corchete al jardín de las Rosas por el norte y el oeste; el muro grueso en el extremo norte, silencioso y desnudo salvo por las elevadas ventanas de medialuna; las imponentes columnas blancas en el costado oeste, como una guardia de honor que franquea el paso al caminante.

Por lo general, soy de andares lentos: un caminar hawaiano, como suele decir Michelle, a veces con un deje de impaciencia. Pero bajo la columnata caminaba de otra manera, consciente de la historia que allí se había fraguado y de quienes me habían precedido. Mis zancadas se alargaban, mi marcha ganaba en vigor, mis pasos sobre la piedra resonaban acompañados del eco de los guardaespaldas del Servicio Secreto que me seguían a pocos metros. Cuando llegaba a la rampa al final de la columnata (legado de Franklin D. Roosevelt y su silla de ruedas; lo imagino sonriendo, con el mentón adelantado y la boquilla del cigarrillo firmemente sujeta entre los dientes mientras se esfuerza por subir la pendiente), saludaba al guardia uniformado situado justo pasada la puerta acristalada. A veces, el guardia estaba conteniendo a un grupo de sorprendidos visitantes. Si tenía tiempo, los saludaba también y les preguntaba de dónde venían. Pero lo más habitual es que me limitase a girar a la izquierda, siguiendo la pared exterior de la sala del Gabinete, y entrase por la puerta lateral al despacho Oval, donde saludaba a mi equipo, tomaba mi agenda, mi taza de té caliente y empezaba la rutina del día.

Varias veces a la semana, al salir a la columnata, me encontraba con los jardineros trabajando en el jardín de las Rosas, todos ellos empleados del Servicio de Parques Nacionales. Eran casi todos hombres mayores, vestidos con uniformes caqui, a veces con una gorra a juego para protegerse del sol, o un grueso abrigo para el frío. Si no llegaba tarde adonde fuera, me detenía a felicitarlos por las nuevas plantas o a preguntarles por los daños causados por la tormenta de la noche anterior, y me explicaban su trabajo con discreto orgullo. Eran hombres de pocas palabras, e incluso entre ellos se comunicaban mediante gestos con las manos o la cabeza; aunque cada uno se concentraba en su propia tarea, todos se movían de manera grácil y acompasada. Uno de los más mayores era Ed Thomas, un hombre negro, alto, nervudo y con las mejillas hundidas que llevaba cuarenta años trabajando en la Casa Blanca. Cuando lo conocí, se sacó un pañuelo del bolsillo trasero para limpiarse antes de darme la mano. Su mano, con venas gruesas y nudosas como las raíces de un árbol, envolvió la mía. Le pregunté cuánto tiempo pensaba seguir en la Casa Blanca antes de jubilarse.

«No lo sé, señor presidente -me contestó-. Me gusta trabajar. Las articulaciones empiezan a rechinar. Pero supongo que seguiré mientras usted esté aquí. Para asegurarme de que el jardín esté bien lucido.»

¡Y vaya si lo estaba! Los frondosos magnolios se elevaban en cada esquina, los setos eran espesos y de un verde intenso, y los manzanos estaban podados en su justa medida. Y las flores, cultivadas en invernaderos a unos pocos kilómetros de allí, ofrecían una constante explosión de colores: rojos y amarillos, rosas y morados; en primavera, los tulipanes agrupados en manojos, con las cabezas vueltas hacia el sol; en verano, heliotropos, geranios y lirios; en otoño, crisantemos, margaritas y flores silvestres. Y en todo momento unas pocas rosas, en su mayoría rojas, pero en ocasiones amarillas o blancas, siempre en el esplendor de su floración.

Cada vez que recorría la columnata o miraba por la ventana del despacho Oval, veía el fruto de la labor de los hombres y las mujeres que trabajaban en el exterior. Me recordaban al pequeño cuadro de Norman Rockwell que tenía en la pared, junto al retrato de George Washington y sobre el busto de Martin Luther King: cinco figuras a lo lejos con distintos tonos de piel, trabajadores en vaqueros y monos de trabajo, izados mediante cuerdas contra un refulgente cielo azul para sacar brillo a la lámpara de la Estatua de la Libertad. Los hombres del cuadro, los jardineros del jardín de las Rosas -pensaba yo-, eran los guardianes, los discretos sacerdotes de una orden solemne y dedicada al bien. Y me decía que necesitaba esforzarme tanto y poner en mi trabajo tanta atención como ellos en el suyo.

Con el tiempo, mis paseos por la columnata se fueron llenando de recuerdos. Estaban los grandes actos públicos, por supuesto: las declaraciones ante un batallón de cámaras, las conferencias de prensa con líderes extranjeros. Pero también momentos que pocos vieron: Malia y Sasha compitiendo por ser la primera en saludarme cuando las visitaba por sorpresa por la tarde, o nuestros perros, Bo y Sunny, dando saltos en la nieve y hundiéndose tanto en ella que de sus morros colgaban barbas blancas. Lanzándonos balones de fútbol americano un luminoso día de otoño o consolando a un ayudante que había sufrido una tragedia personal.

Esas imágenes me pasaban a menudo fugazmente por la cabeza, e interrumpían cualquier reflexión en que estuviese concentrado. Me recordaban que el tiempo pasa, y a veces hacían que me embargase un deseo: el de retroceder en el tiempo y volver a empezar. Algo que no podía hacer en mi paseo matutino. Entonces la flecha del tiempo solo iba hacia delante; el trabajo del día me reclamaba; necesitaba centrarme en lo que estaba por venir.

Por la noche era diferente. Cuando caminaba de vuelta a la residencia al final del día, con el maletín repleto de papeles, procuraba demorarme, a veces incluso me detenía. Respiraba el aire impregnado de olor a tierra, hierba y polen, y escuchaba el viento, o el repiqueteo de la lluvia. O me quedaba contemplando la luz contra las columnas, y la majestuosa figura de la Casa Blanca, con su bandera izada sobre el tejado, bien iluminada, o miraba hacia el monumento a Washington, que destaca en la distancia bajo el cielo oscuro, y ocasionalmente llegaba a atisbar la luna y las estrellas sobre el obelisco, o el parpadeo de las luces de un avión al pasar.

En momentos así, volvía la vista atrás con asombro hacia el extraño camino y la idea que me había llevado hasta allí.

No provengo de una familia muy interesada en la política. Mis abuelos maternos eran gente del Medio Oeste, de ascendencia mayormente escocesa e irlandesa. Se los habría podido considerar progresistas, sobre todo para los estándares de la época de la Gran Depresión en los pueblos de Kansas donde nacieron, y ponían interés en mantenerse al tanto de las noticias. «Forma parte de ser un ciudadano bien informado», me decía mi abuela, a la que todos llamábamos Toot (apócope de Tutu, «abuela» en hawaiano), mientras me miraba por encima de la edición matutina del Honolulu Advertiser. Pero ni ella ni mi abuelo tenían firmes inclinaciones ideológicas o partidistas propiamente dichas, más allá de lo que consideraban sentido común. Pensaban en trabajar -mi abuela era subdirectora de depósitos en uno de los bancos locales; mi abuelo, vendedor de seguros de vida-, en pagar las facturas y en las pequeñas diversiones que ofrecía el día a día.

Además, vivían en Oahu, donde nada parecía demasiado urgente. Tras haber pasado años en lugares tan dispares como Oklahoma, Texas y el estado de Washington, acabaron mudándose a Hawái en 1960, al año siguiente de que fuese reconocido como estado. Un ancho océano los separaba de disturbios, protestas y sucesos parecidos. La única conversación política que recuerdo entre mis abuelos, cuando yo era niño, trató sobre un bar de playa: el alcalde de Honolulu había demolido el chiringuito favorito del abuelo para renovar el paseo marítimo en el extremo más alejado de Waikiki.

Nunca se lo perdonó.

Mi madre, Ann Dunham, era distinta, sus ideales prevalecían sobre los hechos puntuales. Era su única hija y se rebeló contra las convenciones en el instituto: leía a poetas beatniks y a los existencialistas franceses, se escapaba durante días a San Francisco con una amiga sin avisar a nadie. De niño, la oía hablar de las marchas por los derechos civiles, y de por qué la guerra de Vietnam era un desastroso error; del movimiento feminista (a favor de la igualdad salarial, pero no tanto de no depilarse las piernas) y de la lucha contra la pobreza. Cuando nos trasladamos a Indonesia a vivir con mi padrastro, se encargó de explicarme los pecados de la corrupción gubernamental («Es lo mismo que robar, Barry»), aunque parecía que todo el mundo lo hacía. Más tarde, durante el verano en que cumplí doce años, cuando pasamos un mes de vacaciones viajando a través de Estados Unidos, insistió en que viésemos cada noche las comparecencias por el caso Watergate, que aderezaba con sus observaciones («¿Qué se puede esperar de un macartista?»).

No se quedaba solo en los titulares. Una vez, cuando descubrió que yo había formado parte de un grupo que estaba molestando a una chica en el instituto, me obligó a sentarme frente a ella, con un gesto de decepción en los labios.

«¿Sabes qué, Barry? -dijo (este era el apodo con el que mis abuelos y ella se dirigían a mí cuando era niño, a menudo abreviado como «Bar»)-. En el mundo hay personas que solo piensan en ellas mismas. Les da igual lo que les pase a los demás, con tal de conseguir lo que quieren. Menosprecian a los demás para sentirse importantes. Y también hay gente que hace lo contrario, que es capaz de imaginar lo que sienten los demás y se esfuerza por evitar hacerles daño. Entonces -dijo mientras clavaba la mirada en mis ojos-, ¿qué clase de persona quieres ser tú?»

Me sentí fatal. Su pregunta se me quedó grabada durante mucho tiempo, como era su intención.

Para mi madre, el mundo estaba repleto de oportunidades para la formación moral. Pero no recuerdo que se implicase nunca en una campaña política. Como mis abuelos, desconfiaba de las plataformas políticas, las doctrinas y los absolutos, y prefería expresar sus valores en un ámbito más reducido. «El mundo es complicado, Bar. Por eso es interesante.» Consternada por la guerra en el sudeste asiático, acabó pasando la mayor parte de su vida allí, empapándose del idioma y la cultura, estableció programas de microcréditos para personas pobres mucho antes de que los microcréditos se pusieran de moda en el ámbito del desarrollo internacional. Horrorizada por el racismo, la casualidad quiso que se casara con personas de raza distinta a la suya no una vez sino dos, y derrochó un amor que parecía inagotable con sus dos hijos morenos. Exasperada por las limitaciones sociales que sufrían las mujeres, se divorció de ambos hombres cuando resultaron ser controladores o decepcionantes, se labró una carrera que ella escogió por sí misma, educó a sus hijos guiándose por sus propios estándares de decencia y, básicamente, hizo siempre lo que le vino en gana.

En el mundo de mi madre, lo personal era verdaderamente político, aunque el eslogan la habría dejado indiferente.

Con todo lo anterior no pretendo dar a entender que carecía de ambición para su hijo. A pesar de las estrecheces económicas, mis abuelos y ella me enviaron a Punahou, la mejor escuela privada de Hawái. A nadie se le pasó por la cabeza que no fuese a ir a la universidad. Pero a nadie en mi familia se le habría ocurrido que alguna vez ocuparía un cargo público. Si alguien le hubiese preguntado a mi madre por mi futuro, puede que hubiese imaginado que acabaría dirigiendo una institución filantrópica como la Fundación Ford. A mis abuelos les habrían encantado verme convertido en juez, o en un gran abogado litigante como Perry Mason.

«Así le sacaría provecho a su piquito de oro», decía mi abuelo.

Como casi no conocía a mi padre, no tuvo mucho que decir. Tenía una vaga idea de que había trabajado durante una temporada para el Gobierno keniano y, cuando yo tenía diez años, viajó desde Kenia para pasar un mes con nosotros en Honolulu. Esa fue la primera y la última vez que lo vi; después de aquella ocasión, solo supe de él a través de alguna que otra carta, escrita en fino papel azul para correo aéreo, diseñado para plegarlo y añadirle la dirección de envío sin necesidad de sobre. «Tu madre me dice que a lo mejor decides estudiar arquitectura -podía leerse en una de esas misivas-. Creo que es una profesión muy práctica, que puede ejercerse en cualquier lugar del mundo.»

No era demasiado a lo que aferrarme.

En cuanto al mundo más allá de mi familia, durante buena parte de mi adolescencia no parecía que yo fuera un líder en ciernes, sino más bien un estudiante apático, un jugador apasionado de baloncesto con talento limitado, además de un fiestero incansable y entusiasta. Nada de ser delegado de clase; nada de alcanzar el rango máximo en los boy scouts o de hacer prácticas en la oficina del congresista local. En el instituto, mis amigos y yo apenas hablábamos de algo que no fuese deportes, chicas, música y planes para ponernos ciegos.

Tres de estos chavales -Bobby Titcomb, Greg Orme y Mike Ramos- siguen estando entre mis mejores amigos. Aún somos capaces de reír durante horas recordando historias de nuestra juventud descarriada. En años posteriores, se volcarían en mis campañas con una lealtad por la que siempre les estaré agradecido, y desarrollarían una capacidad de defender mi historial digna de cualquier tertuliano de la MSNBC.

Pero hubo también momentos a lo largo de mi presidencia -después de verme hablar ante una gran multitud, o recibir una serie de saludos marciales de jóvenes marines durante mi visita a una base- en que pude atisbar en sus caras cierta perplejidad, como si intentasen reconciliar a ese hombre canoso y trajeado con el inmaduro niño grande al que conocieron tiempo atrás.

«¿Y este tío? -imagino que se dirían-. ¿Cómo coño ha llegado hasta ahí?»

Si me lo hubiesen preguntado directamente, no estoy seguro de que hubiese tenido una buena respuesta.

Sé que en algún momento durante el instituto empecé a hacerme preguntas: sobre la ausencia de mi padre y las decisiones de mi madre; sobre cómo había acabado viviendo en un lugar donde poca gente tenía mi aspecto. Muchas de esas cuestiones giraban en torno a la raza: ¿por qué los negros eran jugadores profesionales de baloncesto, pero no entrenadores? ¿Qué quería decir esa chica del instituto con que no pensaba en mí como negro? ¿Por qué todos los negros que salían en las películas de acción eran pirados con navaja salvo el único negro decente -el compañero, por supuesto-, al que siempre acababan matando?

Pero no solo me preocupaba la raza. Estaba la clase también. Al crecer en Indonesia, había observado el abismo que existía entre las vidas de las élites adineradas y las masas empobrecidas, y poseía una incipiente conciencia de las tensiones tribales que se vivían en el país de mi padre; el odio que podía existir entre aquellos que en apariencia se veían iguales. Día tras día, era testigo de las estrecheces que padecían mis abuelos, las decepciones que compensaban con televisión y bebida junto con alguna compra excepcional de un electrodoméstico o un coche nuevo. Fui consciente del precio que mi madre pagó por su libertad intelectual: dificultades económicas crónicas y el ocasional caos personal. Era muy consciente de las no tan sutiles jerarquías que existían entre mis compañeros de clase en la escuela privada, relacionadas principalmente con el nivel económico de sus padres. Y a todo ello se sumaba el hecho perturbador de que, dijese lo que dijese mi madre, a los acosadores, los tramposos y los vendedores de humo les iba de maravilla, mientras que daba la impresión de que a quienes ella consideraba personas buenas y decentes les iba bastante mal.

Todo esto me generaba una gran desazón. Era como si, por la simple particularidad de mi ascendencia, por el hecho de vivir entre dos mundos, fuese al mismo tiempo de todas partes y de ninguna, una combinación de piezas mal encajadas, como un ornitorrinco o una bestia imaginaria, confinado a un frágil hábitat, sin saber cuál era mi lugar. Y tenía la sensación, sin entender completamente por qué o cómo, de que, a menos que lograse recomponer los distintos pedazos de mi vida y encontrase un eje firme que me sirviese de guía, acabaría, en algún sentido fundamental, pasando la vida solo.

No hablaba de esto con nadie, y menos aún con mis amigos o mi familia. No quería herir sus sentimientos o llamar la atención más de lo que ya lo hacía. Pero sí encontré refugio en los libros. El hábito de la lectura se lo debo a mi madre, que me lo inculcó desde muy niño: era a lo que ella recurría cada vez que me quejaba de estar aburrido, o cuando no podía permitirse mandarme al colegio internacional en Indonesia, o cuando tenía que acompañarla a su oficina porque no tenía una niñera.

«Lee un libro -me decía-. Y luego ven y cuéntame algo que hayas aprendido.»

Hubo unos pocos años en que viví con mis abuelos en Hawái mientras mi madre seguía trabajando en Indonesia y cuidaba de mi hermana pequeña, Maya. Como no la tenía cerca para darme la lata, no aprendí tanto, como enseguida atestiguaron mis notas. Entonces, en torno a los dieciséis años, la cosa cambió. Aún recuerdo ir con mis abuelos a un rastrillo benéfico en la iglesia de Central Union, enfrente de nuestro piso, y toparme con un cesto de libros viejos de tapa dura. Por algún motivo, empecé a sacar los títulos que me llamaban la atención, o me sonaban vagamente; libros de Ralph Ellison y Langston Hughes, Robert Penn Warren y Dostoievski, D. H. Lawrence y Ralph Waldo Emerson. Mi abuelo, que buscaba un juego de palos de golf usados, me miró desconcertado cuando aparecí con mi caja de libros.

«¿Vas a abrir una biblioteca?»

Mi abuela lo hizo callar; mi repentino interés por la literatura le pareció admirable. Tan práctica como siempre, dejó caer que, antes de sumergirme en Crimen y castigo, quizá me convendría centrarme en las lecturas de clase.

Acabé leyendo todas esas obras, a veces a altas horas de la noche, después del entrenamiento de baloncesto y de tomar unas cervezas con mis amigos, o al llegar a casa, en el destartalado Ford Granada del abuelo, con una toalla enrollada en la cintura para evitar mojar la tapicería, tras haber pasado la tarde del sábado haciendo surf. Cuando terminé con el primer conjunto de libros, fui a otros rastrillos en busca de más. Seguí leyendo o comprá el libro, haciendo clic aquí.

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