Por qué acción le otorgaron a Adolfo Pérez Esquivel el Premio Nobel de la Paz en 1980

El 13 de octubre de 1980, Pérez Esquivel recibió en la sede de la embajada noruega en Buenos Aires la noticia de su designación como Nobel de la Paz, decisión que representó un duro golpe para la dictadura y aire fresco para las organizaciones que buscaban canales para difundir las violaciones a los derechos humanos que se multiplicaban en el país. Hoy, homenaje a 40 años con mensaje del papa Francisco y presencia del presidente Alberto Fernández.

El arquitecto y escultor Adolfo Pérez Esquivel se convirtió en 1980 en el cuarto Premio Nobel argentino, en su caso de la Paz, por su defensa de los derechos humanos y tras haber estado 14 meses preso de la dictadura, una elección de la que el martes se cumplirán 40 años y que sirvió para amplificar en el mundo las denuncias de las atrocidades del gobierno de facto cívico-militar.

El 13 de octubre de 1980, Pérez Esquivel recibió en la sede de la embajada noruega en Buenos Aires la noticia de su designación como Nobel de la Paz, decisión que representó un duro golpe para la dictadura y aire fresco para las organizaciones que buscaban canales para difundir las violaciones a los derechos humanos que se multiplicaban en el país.

Por qué le otorgaron el Nobel de la Paz a Pérez Esquivel


El galardón fue otorgado por su trabajo en defensa de los Derechos Humanos en América Latina. Para el Comité Noruego del Nobel, Pérez Esquivel había encendido "una luz en la oscuridad de la violencia en su país". Al recibir esta distinción declaró no recibirlo como un título personal sino "...en nombre de los pueblos de América Latina, y de manera muy particular de mis hermanos los más pobres y pequeños, porque son ellos los más amados por Dios; en nombre de ellos, mis hermanos indígenas, los campesinos, los obreros, los jóvenes, los miles de religiosos y hombres de buena voluntad que renunciando a sus privilegios comparten la vida y camino de los pobres y luchan por construir una nueva sociedad"

Después del premio, Esquivel recorrió todos los países iberamericanos aquejados por sus dictaduras y continuó su trabajo en Argentina y diversos países. Su labor continúa hasta el día de hoy en defensa de la vida, la Educación para la Paz, los Derechos Humanos, los campesinos, los necesitados y los Pueblos latinoamericanos.


Pérez Esquivel es "uno de los argentinos que han aportado un poco de luz a una noche profunda", destacó en su anuncio el Comité Nobel, que puso de relieve la tarea por los DDHH "a través de una política de no violencia".

Cuarenta años después, el dirigente repasó el momento: "El Premio logró abrir las puertas y las ventanas de muchos lugares a los que antes no teníamos acceso y nos permitió seguir con nuestras luchas. Fue una gran bocanada de oxígeno ante la asfixia de la dictadura", explicó .

La elección del argentino, por entonces de 49 años y que ya había estado preso, relegó las postulaciones del rey Juan Carlos de España, por su rol en el proceso de apertura democrática; del canciller británico Peter Carrington; del Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados (Acnur) y de la activista sueca contra el desarme Alba Myrdal (lo ganó dos años después).

Para entonces, Argentina ya tenía otro Premio Nobel de la Paz: el diplomático Carlos Saavedra Lamas lo había logrado en 1936, por su mediación en la guerra entre Bolivia y Paraguay.

También habían sido distinguidos Bernardo Houssay con el de Medicina en 1947 y Luis Leloir con el de Química en 1970. En 1984 se sumaría César Milstein, con otro galardón en Medicina. Pérez Esquivel ya había sido postulado antes en dos ocasiones y cuando fue elegido estaba en libertad vigilada. Había estado preso desde abril de 1977 hasta el 25 de junio de 1978, el día que en Buenos Aires se jugó la final del Mundial de Fútbol 1978.


Un día después de conocerse el premio, el dirigente dio una conferencia de prensa en la sede del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), con imágenes del Papa Juan Pablo II y el cardenal Arnulfo Romero detrás, en la que juzgó que la elección lo animaba a "continuar el trabajo para crear una sociedad en la que el hombre pueda vivir más dignamente".

"Es evidente que en Argentina no se respetan los derechos humanos: existen miles de desaparecidos, los niños nacen en las cárceles... Nuestro trabajo consiste en buscar una solución a este drama por la dignidad de la persona", subrayó entonces.

Y expresó que compartía el Premio con el Movimiento Ecuménico por los Derechos del Hombre (MEDH), la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH) y las Madres de Plaza de Mayo.

Entre las primeras reacciones al Nobel argentino se contaron la organización Amnistía Internacional; la secretaria de Estado adjunta para los DDHH de Estados Unidos, Patricia Derian; el Consejo Mundial de Iglesias, y varios países de la región, que festejaron que el premio quedara para un latinoamericano.

El diario Clarín reseñó entonces que la embajada argentina en Oslo dijo desconocer a Pérez Esquivel cuando un periodista solicitó una foto y que algún medio extranjero hasta lo citó como de nacionalidad brasileña.

El poco nivel de conocimiento de la figura parecía un dato: en el material que dio cuenta de la noticia, la agencia Télam afirmó que Pérez Esquivel "no había alcanzado hasta aquí trascendencia pública ni una repercusión social que lo elevara a la consideración de sus compatriotas ni mucho menos de la comunidad internacional".

Un incansable luchador por la paz y la igualdad.



El Comité Nobel noruego elige a sus premiados de entre quienes hayan hecho "el mejor trabajo o la mayor cantidad de contribuciones para la fraternidad entre los países, la supresión o reducción de ejércitos, así como la participación y promoción de congresos de paz y derechos humanos en el año inmediatamente anterior".

El de la Paz, habitualmente de los más polémicos, es uno de cinco premios especificados en el testamento de Alfred Nobel y el único en el que no se informan las razones, aunque algo suele esbozarse en el anuncio.

El Comité esconde la lista de candidatos y esos registros quedan sellados durante 50 años una vez que los premios son entregados.

Cada beneficiario recibe una medalla, un diploma y un premio monetario, cuyo valor varía con el paso del tiempo.

En sus declaraciones a Télam, Pérez Esquivel contó que todo lo que recibió lo puso a disposición de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y que pretende el 10 de diciembre -aniversario exacto de cuando recibió el Premio- entregarlo en mano al titular de la casa de estudios, Alberto Barbieri.

Pese al paso del tiempo, el Nobel argentino no considera que la distinción lo haya cambiado, sino que, por el contrario, se mantiene "igual, comprometido con los pueblos, los indígenas, los campesinos, los religiosos, los sindicatos, en definitiva, con los que sufren y luchan, en especial con los más pobres, con los más necesitados".

El galardón al argentino alimenta la lista de seis Premios de la Paz latinoamericanos: además de Saavedra Lamas y Pérez Esquivel, lo ganaron la guatemalteca Rigoberta Menchú, el costarricense Oscar Arias, el mexicano Alfonso García Robles -compartido con la sueca Myrdal- y el colombiano Juan Manuel Santos. 

Discurso de aceptación del Nobel

A su Majestad y la familia Real,
Señor Presidente del Parlamento,
Señor Primer Ministro,
Señor Presidente del Comité,
Señores miembros,
A mis compañeros de lucha en América Latina
y a las queridas Madres de Plaza de Mayo.
Señoras y Señores:

Con humildad estoy ante ustedes para recibir la alta distinción que el Comité Nobel y el Parlamento otorgan a quienes han consagrado su vida en favor de la PAZ, de la promoción de la JUSTICIA y la solidaridad entre los pueblos.

Quiero hacerlo en nombre de los pueblos de América Latina, y de manera muy particular de mis hermanos los más pobres y pequeños, porque son ellos los más amados por Dios; en nombre de ellos, mis hermanos indígenas, los campesinos, los obreros, los jóvenes, los miles de religiosos y hombres de buena voluntad que renunciando a sus privilegios comparten la vida y camino de los pobres y luchan por construir una nueva sociedad.

Para un hombre como yo, una pequeña voz de los que no tienen voz, que lucha para que se oiga con toda la fuerza el clamor de los Pueblos, sin otra identificación que con el hombre concreto latinoamericano y como cristiano, este es sin duda el más alto honor que puedo recibir que se me considere un Servidor de la Paz.

Vengo de un continente que vive entre la angustia y la Esperanza y en donde se inscribe mi historia, estoy convencido que la opción de la fuerza evangélica de la no-violencia se abre como un desafío y a perspectivas nuevas y radicales.

Una opcion que prioriza un valor esencial y entrañablemente cristiano: la dignidad del Hombre, la sagrada trascendente e irrenunciable dignidad del hombre que le viene del hecho primordial de ser hijo de Dios y hermano en Cristo y por lo tanto hermano nuestro.

En estos largos años de lucha a través del Servicio Paz y Justicia en América Latina compartimos el camino junto a los más pobres y necesitados.

No tenemos mucho que decir, pero sí, mucho que compartir para lograr a través de la lucha no-violenta la abolición de las injusticias, a fin de alcanzar una sociedad más justa y humana para todos.

En este caminar junto a mis hermanos los pobres, los que son perseguidos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que padecen por causa de la opresión, los que se angustian ante la perspectiva de la guerra, los que sufren la agresión de la violencia o ven postergados sus derechos elementales.

Es por todos ellos que estoy aquí.

Mi voz quiere tener la fuerza de la voz de los humildes. La voz que denuncia la injusticia y proclama la Esperanza en Dios y la Humanidad, que es la Esperanza del Hombre que ansia vivir en la comunión y participación con todos los hermanos como hijos de Dios.

America Latina es un continente joven, vital, que fue definido por el Papa Pablo VI como el Continente de la Esperanza.

Conocer es valorar una realidad con la vocación cierta de compartir su destino.

Conocer es llegar a una profunda identidad con los pueblos que protagonizan un proceso histórico, estando dispuestos a redimir el dolor con el amor, asumiendo, en esta perspectiva, la praxis de Jesús.

Pero cuando vemos esa realidad que viven nuestros pueblos es una ofensa a Dios, en que millones de nuestros niños, jóvenes, adultos, ancianos viven bajo el signo del sub-desarrollo.

La violencia institucionalizada, la miseria y la opresión generan una realidad dual, fruto de la persistencia de sistemas políticos y económicos creadores de injusticias, que consagran un orden social que beneficia a unos pocos: ricos cada vez más ricos a costa de pobres cada vez más pobres.

Frente a esta realidad quiero, como los Obispos en Puebla, como los cristianos comprometidos en los movimientos que luchan por los derechos humanos, como los hombres de buena voluntad, compartir las angustias que brotan de los rostros dolientes del hombre latinoamericano, en el que reconocemos el rostro sufriente de Cristo, nuestro Señor que nos cuestiona e interpela

Les hablo teniendo ante mis ojos el recuerdo vivo de los rostros de mis hermanos,
los trabajadores, obreros y campesinos que son reducidos a niveles de vida infrahumana y limitados sus derechos sindicales,
del rostro de los niños que padecen desnutrición,
de los jóvenes que ven frustradas sus esperanzas,
de los marginados urbanos,
de nuestros indígenas,
de las madres que buscan sus hijos desaparecidos,
de los desaparecidos, muchos de ellos niños,
de miles de exiliados,
de los Pueblos que reclaman libertad y Justicia para todos.

Pero pese a tanto dolor vivo la Esperanza porque siento que América Latina es un continente puesto de pie, que podrán demorar su liberación, pero nunca impedir.

Vivimos la Esperanza porque creemos, como San Pablo, que el amor nunca muere y que el hombre, en el proceso histórico, ha ido creando enclaves de Amor con la práctica activa de su solidaridad en todo el mundo hacia la liberación integral del hombre y los pueblos.

Para mí es esencial tener la serenidad interior de la oración para escuchar el silencio de Dios, que nos dice en nuestra vida personal y en el signo de la historia de nuestro tiempo de la fuerza del Amor.

Y es por esa fe en Cristo y en los hombres que debemos aportar nuestro esfuerzo humilde en la construcción de un mundo más justo y humano. Y quiero afirmarlo con énfasis: Ese mundo es posible.

Y para construir esa nueva sociedad debemos estar con las manos abiertas, fraternas, sin odios, sin rencores, para alcanzar la reconciliación y la Paz, pero con mucha firmeza, sin claudicaciones en defensa de la Verdad y la Justicia.

Porque sé que nadie puede sembrar con los puños cerrados. Para sembrar es necesario abrir las manos.

Quiero agradecer a todos Ustedes, al Comité Nobel por esta alta distinción a los humildes de América Latina.

Me siento emocionado y a la vez comprometido a redoblar mis esfuerzos en la lucha por la paz y la Justicia. Puesto que la paz sólo es posible como fruto de la Justicia, que esta verdadera Paz, es la transformación profunda de la no-violencia que es la fuerza del Amor.

Quiero expresar a Ustedes que gracias a la ayuda y comprensión de mi esposa e hijos, en los momentos más duros y difíciles de la lucha, pude continuar junto a mis hermanos de América Latina, con su amor, silencio y compañía, y siempre contribuyen a fortalecerme y darme el coraje de servir a mis hermanos.

Invocando la fuerza de Cristo, nuestro Señor, como nos enseñaba en el Sermón de la Montaña y que quiero compartir con todos Ustedes con mi pueblo y el mundo:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos,
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseer án en herencia la tierra,
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados,
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados,
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia,
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios,
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios,
Bienaventurados los perseguidos por la causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos,

Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

(Mateo 5, 1-12)

Reciban mi profundo agradecimiento y el saludo de los humildes de Paz y Bien.

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