Amistades sin edad: por qué los vínculos intergeneracionales potencian el bienestar

Investigaciones en neurociencia y gerontología muestran que relacionarse con personas de distintas generaciones mejora la salud mental, fortalece la memoria, reduce la soledad y hasta puede impactar en la longevidad.

Un adolescente que le explica a su abuelo cómo usar una red social mientras escucha historias de juventud puede parecer una escena doméstica más. Sin embargo, detrás de esos intercambios cotidianos hay un fenómeno respaldado por la ciencia: el contacto afectivo entre personas de distintas edades activa mecanismos cerebrales y emocionales que benefician la salud integral.

Diversos estudios en neurociencia social indican que las interacciones positivas estimulan áreas del cerebro asociadas al bienestar, como el estriado ventral y la corteza prefrontal medial. Estos circuitos están vinculados con la motivación y la regulación emocional. Cuando el vínculo es cercano y de confianza, el organismo libera dopamina y oxitocina, neurotransmisores ligados al placer, el apego y la seguridad emocional.

Memoria, autoestima y propósito

La evidencia también muestra efectos concretos en adultos mayores. En el Creativity & Aging Study, el gerontólogo estadounidense Gene Cohen observó que quienes participan en actividades con otras generaciones -como tutorías escolares o talleres artísticos- registran mejoras en la memoria, la atención y la creatividad. Además, reportan menos ansiedad, mayor autoestima y un sentido renovado de propósito.

Para Cohen, estos espacios no solo ofrecen entretenimiento, sino que funcionan como un verdadero entrenamiento cognitivo y emocional, fortaleciendo la resiliencia en la vejez.

En la misma línea, la socióloga y especialista en gerontología social Tine Buffel analizó cómo la presencia de amigos o conocidos de distintas edades contribuye a reducir el aislamiento en las personas mayores. La investigadora advierte que la soledad crónica incrementa el riesgo de depresión, ansiedad y deterioro cognitivo, mientras que el intercambio afectivo con jóvenes actúa como un factor de protección.

Relaciones que prolongan la vida

Uno de los trabajos más extensos sobre el tema es el Harvard Study of Adult Development, que siguió a distintas cohortes durante más de ocho décadas. Su conclusión es contundente: la calidad de las relaciones sociales -incluidas las intergeneracionales- es el predictor más sólido de longevidad y bienestar psicológico.

Los beneficios no se limitan al plano emocional. Compartir actividades entre generaciones ayuda a derribar prejuicios vinculados a la edad, fortalece la autoestima y amplía las redes de apoyo. En un contexto de envejecimiento poblacional, avanzar hacia una "sociedad de todas las edades" aparece no solo como un ideal, sino como una necesidad demográfica y social.

Impacto en habilidades y salud física

El intercambio también mejora competencias sociales concretas. Niños y adolescentes desarrollan paciencia, empatía y habilidades de comunicación al interactuar con adultos mayores. A su vez, las personas mayores ejercitan la flexibilidad cognitiva y la apertura a nuevas experiencias.

Las investigaciones señalan, además, que las actividades compartidas -desde juegos hasta voluntariado- incrementan la movilidad y la participación social. Estos factores están asociados con menor riesgo de enfermedades cardiovasculares y mejor respuesta inmunológica. En la tercera edad, los programas intergeneracionales demostraron reducir la presión arterial, los niveles de estrés y los síntomas depresivos, al tiempo que refuerzan la memoria funcional.

En definitiva, los lazos que cruzan generaciones no solo enriquecen la vida cotidiana: también funcionan como un potente recurso de salud pública. Más que una anécdota familiar, son una herramienta concreta para vivir mejor y por más tiempo.

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