El Hidrofetiche en el Reino del Metal

Una distinción química que solo existe en nuestra necesidad de sentirnos moralmente superiores mientras disfrutamos del confort que el silicio nos provee.

Marcela Muñoz Pan

Es fascinante observar el pánico moral de quienes se oponen a la minería mientras sostienen el mundo en la palma de su mano. El ambientalismo local suele ser una forma refinada de amnesia: nos horroriza la idea de herir la montaña, pero exigimos que la montaña nos entregue, por derecho divino, el cobre de nuestros cables, el litio de nuestras pantallas y el oro que respalda nuestra vanidad. Queremos el beneficio del metal, pero despreciamos la cicatriz de la mina. Es la ética del consumidor esteta: queremos el banquete, pero que la matanza ocurra en otra parte, donde no arruine nuestra postal de los domingos.

Se habla de "proteger el agua" con una devoción casi mística, como si el agua en Mendoza fuera un recurso natural y no una invención técnica. Olvidamos que este oasis no es una obra de la naturaleza, sino una violación sistemática del desierto. Cada viñedo es una intervención extractiva, cada ciudad es un desplazamiento de la nada. Sin embargo, nos permitimos el lujo de la indignación selectiva: el agua para el vino es "cultura", el agua para el metal es "sacrilegio". 

Una distinción química que solo existe en nuestra necesidad de sentirnos moralmente superiores mientras disfrutamos del confort que el silicio nos provee.

La montaña, esa que analizábamos como un dios mudo, no se siente profanada por una excavadora más de lo que se siente halagada por un poema. La piedra no tiene derechos, ni dignidad, ni futuro. Solo tiene componentes. La resistencia a la minería es, en el fondo, el miedo a ver el espejo: el miedo a admitir que nuestra civilización no es un jardín de ideas, sino un parásito que devora minerales para poder seguir soñando con la pureza.

Rebatir al ambientalista no requiere datos técnicos, sino una pregunta existencial: ¿en qué momento decidimos que la estética del paisaje es más sagrada que la materia de la que estamos hechos? Al final, todos somos mineros de clóset, disfrutando de la luz eléctrica mientras maldecimos el agujero de donde salió el cable.

Preferimos la mentira de un desierto intacto a la verdad de una montaña útil, simplemente porque la mentira es más decorativa.

Para profundizar en la médula de ese conflicto, hay que despojarlo de la mística del "agua pura" y llevarlo al terreno de la física fría. En Mendoza, la lucha entre el agua y la mina no es una batalla entre el bien y el mal, sino una disputa de soberbia técnica en un desierto que ya no tiene nada que ofrecer.

No hay nada más hipócrita que un mendocino hablando de la "pureza" del agua, cuando nuestra historia es la crónica de un secuestro. Hemos desviado ríos, entubado arroyos y diseñado un sistema de riego que es, en sí mismo, una forma de minería hídrica. Pero nos gusta el fetiche. El agua para nosotros no es un elemento químico (H2O); es un tótem moral que usamos para exorcizar nuestros miedos al progreso.

La dicotomía "Agua o Minería" es el gran truco de magia de la clase media mendocina. Es la comodidad de elegir una carencia sobre otra. Se nos dice que la minería "contaminará" el agua, como si el agua que corre por nuestras acequias fuera una lágrima de ángel y no un caldo de residuos urbanos, pesticidas de fincas aristocráticas y olvido institucional. 

 Protegemos el agua con un celo religioso, pero la derrochamos con una indolencia criminal, porque en Mendoza lo que importa no es el recurso, sino la propiedad del símbolo.

¿Por qué nos aterra la mina? Porque la mina es honesta. La mina te dice: "Voy a romper la piedra para sacar lo que necesitás". El agua, en cambio, nos permite seguir mintiendo. Nos permite decir que somos un "oasis" cuando en realidad somos un experimento de supervivencia bajo respirador artificial. El ambientalismo de café prefiere un desierto seco, pero "puro" a una montaña productiva, pero "herida". Es la estética del hambre: preferimos morir de sed con el paisaje intacto antes que admitir que nuestra existencia misma es una intervención violenta sobre la geología. Rebatir la consigna es simple: no hay agua sin metal. 

No hay gestión hídrica, ni impermeabilización de canales, ni tecnología de riego, ni pozos profundos sin la industria pesada que despreciamos. Oponerte a la minería para "salvar" el agua es como oponerse a la siembra para "salvar" la tierra: un nihilismo decorativo.

Al final, el agua y el metal son la misma cosa en el tablero de la supervivencia.

Uno nos permite respirar, el otro nos permite construir el tanque que guarda ese respiro. Pero el mendocino prefiere la tragedia del estancamiento. Se queda parado en la orilla de una acequia vacía, mirando la montaña con un orgullo vacío, convencido de que su sed es más noble si no tiene una pala mecánica cerca, esto es Requete feo.

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