Crónica celestial: Carola Lorenzin, "la esposa del aire, de los espacios"

Una descripción de la vida inspiradora de la aviadora que solo quería volar. Una experiencia inmersiva hace de esta nota una confesión personal del sueño de bucear en el cielo.

Historiador y actor mendocino.

 Es una mañana despejada y cálida del año 30. Un Fleet R51 toma altura. En un momento, el instructor gira apenas la cabeza y grita hacia la cabina de los aprendices:

-¿Y? ¿Se asustó?

-¡No! ¡Estoy bien! -escucha que le contestan, también a los gritos, desde atrás.

Entonces, el instructor redobla la apuesta y realiza una acrobacia mínima. Vuelve a gritar en dirección a la cabina posterior:

-¿Y ahora?

La respuesta es alta, clara y lacónica:

-Tampoco.

Minutos después aterrizan en la pista del Aeroclub Argentino. Al instructor todavía le cuesta digerir que quien baja del avión es una mujer; una mina de unos treinta años, alta, rubia, robusta y bien plantada. En su planilla de actividad docente ese nombre figura como Carolina Elena Lorenzini, aunque ella ya le aclaró que prefiere ser conocida, simplemente, como Carola Lorenzini.

Ella es simplemente Carola, la séptima de ocho hermanos -como el viejo anís-, nacida en un hogar humilde de lo que entonces se llamaba Empalme San Vicente, hoy localidad de Alejandro Korn. Es hija de José Lorenzini y Luisa Magdalena Pianna, inmigrantes italianos; zapatero él, ama de casa ella.

El "aterrizaje" inicial

Llega al mundo bien temprano, a las cuatro de la mañana del 15 de agosto de 1899. Su alumbramiento fue un madrugón al estilo campero, ese mismo sello que la distinguiría toda la vida. Y es que, para abrirse camino en un cielo que entonces solo pertenecía a los varones, Carola tuvo que invertir esfuerzo y horas de sueño: madrugones épicos para viajar desde el campo hasta lo que hoy es la Base Aérea de Morón y demostrar que podía estar a la altura -valga la metáfora- e incluso superarlos a todos.

Esa niña intrépida, determinada y de mirada clara -la de una gringa bonaerense entradora-, no pudo cursar más allá de cuarto grado. Repartía sus horas entre las tareas del hogar y las charlas con su madre, esa mujer apacible que escuchaba a su séptima hija decir con naturalidad: "Si los pájaros vuelan, ¿por qué no voy a poder volar yo?".

La muerte temprana de don José profundizó las carencias familiares y Carola, desde muy chica, tuvo que salir a trabajar en fábricas de químicos y otras changas. Cumplía con su deber de hija, pero el vértigo la llamaba. La necesidad de sentir el viento en el rostro la volcó a los deportes, donde no tardó en descollar: hándbol, pelota a paleta, atletismo, equitación y doma de caballos. Hasta se le animó a uno de los pocos automóviles del pueblo para conducirlo, para variar, también con destreza. Eran "cosas de hombres" que solo podía hacer "el marimacho del pueblo", como la apodaban despectivamente las comadres de aquel entorno misógino, chato y cerrado.

Crónica celestial: Carola Lorenzin, "la esposa del aire, de los espacios"

No era común que una "señorita de su casa", destinada a las labores propias de su sexo, se entregara a tales disciplinas. Fue campeona de atletismo y de tenis. El trofeo de este último torneo era pequeño, pero para Carola representaba el reconocimiento más grande a su coraje y a su condición de atleta completa. Así se lo confesó una vez al mítico Borocotó en la redacción de El Gráfico, revista de la que fue tapa dos veces (en 1938-número 1002 y 1940); un hito absoluto para una mujer en un medio dedicado entonces casi exclusivamente al boxeo y al fútbol... más cosas de tipos.

Trabaja durante el día y, al caer la noche, estudia en la Academia Underwood, de donde egresa como dactilógrafa y taquígrafa. Es una alumna aplicada. Por recomendación de una docente, ingresa en 1923 a la Unión Telefónica. Ese empleo será su sustento: la base para ayudar a la economía familiar y el combustible para el sueño que está por despegar.

Volar en 2026

Hoy vuelo en un planeador que mi primo Luciano pilotea con destreza. Al "cagazo" inicial, mientras el avión a motor nos remolca a gran velocidad hasta ponernos, literalmente, en el aire, le siguen emociones profundas. Siento que ya no tocamos la pista, que nos remontan como a un barrilete -no cósmico como el Diego, sino de carne y hueso-. El tirón del desenganche es fuerte y único: ese instante en que el avión nos suelta y quedamos librados a la pericia de mi primo y al capricho del destino. De pronto, el estruendo del motor desaparece y lo ocupa todo un silbido agudo, constante: es el viento que acaricia la cápsula, el sonido del aire sosteniéndonos. Sobre mi cabeza y a los costados de la cápsula, el cielo está limpio. Las nubes se sienten cerca y el horizonte me recuerda cuán pequeño soy y cuán afortunado me siento al vibrar con la maravilla del vuelo. Entonces pienso en Carola y en su amor por cielos tan límpidos como este mío de hoy. Entiendo por qué le dijo a un cronista de la revista Ahora: "Soy la esposa del aire, de los espacios". Carola hizo votos, como una religiosa, pero sus altares fueron el horizonte, las nubes y el vértigo.

El autor de la crónica tuvo su bautismo de vuelo impulsado por la inspiradora aviadora Carola Lorenzini.  

El autor de la crónica tuvo su bautismo de vuelo impulsado por la inspiradora aviadora Carola Lorenzini.  

Las alas de Carola

Dos años de madrugones bravíos; de levantarse a las tres y media de la mañana para enganchar un bondi que la dejara a primera hora en Morón y así comenzar sus vuelos de instrucción. Dos calendarios completos de ahorro forzado, cuidando hasta el más amarrete de los centavos. Seiscientos mangos le costó sostener aquella vocación. Vendió su bicicleta y una colección de diccionarios temáticos primorosamente encuadernada; dividió su sueldo entre las necesidades de su madre y las cuotas del curso que pagó religiosamente.

Finalmente, el 4 de noviembre de 1933, obtuvo su brevet de aviadora civil. Fueron años duros que fructificaron en un muestrario de pericia, desplegado generosamente en el cielo con el que se había desposado. El 31 de marzo de 1935 alcanzó el récord de altura: 5381 metros en un Ae.C.3 de fabricación nacional. En las fotos de aquel día se ve su rostro exultante pese al cansancio, junto al pionero de la aviación argentina, el entonces coronel Ángel María Zuloaga.

Carola ya jugaba en las grandes ligas. Y lo hacía luciendo su marca registrada, el atuendo que la acompañaría siempre: bombacha campera con rastra de plata rematada en una estrella, botas altas de montar y campera de cuero, de allí sus famosos apodos de "Aviadora gaucha" o "La Paloma gaucha". No podía haber mujer más vanguardista. Con el pelo corto y sin una pizca de maquillaje, parecía una marciana, una extravagancia para la media de la época. En realidad, era una mujer tenaz, aplicada y talentosa; una mujer comprometida con una vocación de la que solo la muerte podría desvincularla.

Una bandada de pájaros se estrella contra el parabrisas. La ciegan, la confunden. Carola baja la trompa del aparato, intentando escabullirse de esas aves empecinadas en montarse sobre el fuselaje. Está tan empeñada en esquivarlas que no advierte que un ala está a punto de besar la tierra. Y ocurre. El ala se parte y el avión comienza a deslizarse en la inmensidad de la nada, como un trineo en una pendiente de nieve resbaladiza.

El impacto es brutal. Al bajarse, el corazón se le parte al ver su máquina destruida. Entonces comienza a caminar, como una poseída, buscando ayuda para remolcar lo que queda de su sueño. Camina seis horas por una pampa infinita. Lleva medias gruesas y las botas; ya casi no siente los pies cuando, al fin, divisa un puesto. Al verla llegar, un gaucho mal trazado se santigua:

-Oiga, doñita, ¿no se ha fijado cómo está usted?

Tiene la cabeza abierta y un ojo "en compota", pero ella no se ha dado cuenta. Solo le preocupa que su avión se quedó solo y maltrecho en el campo. Es la esposa del aire, "lo demás no importa nada".

Pero Carola sigue. El 13 de noviembre de 1935 cruza sola el Río de la Plata a bordo de un Fleet 51. Sale de Morón con destino a Carmelo, Uruguay, y logra una hazaña ciega: vuela sin brújula, hundida en una bruma densa que habría acobardado a cualquiera.

Se convierte en la protagonista obligada de cada exhibición aérea. Es la ídola de todos. Las mujeres la miran con su atuendo del futuro y sienten que en ellas también germina un sueño. Carola es dura, pero afable; carismática y solícita. Arroja volantes promocionales sobre los campos y vuela sobre las escuelas rurales para llover caramelos sobre los niños descalzos. Verla bajar del avión, con esa sonrisa y esa estampa, era para muchos un sueño vuelto realidad. En 1940, se da el lujo de unir las catorce provincias argentinas en un raid histórico, llevando a parajes olvidados su mirada azul de gringa de las pampas.

Sin embargo, llegan los momentos de quiebre. En 1939, la Unión Telefónica la deja cesante; ya no toleran sus faltazos por la aviación. Cuenta la leyenda que le dijo a su jefe: "Al trabajo lo necesito para comer, pero volar lo necesito para vivir". Desde entonces, debió profesionalizarse para sobrevivir, obteniendo las licencias de instructora y de piloto comercial. El otro golpe fue el conflicto con la aviación civil, que la suspendió casi un año por sus reclamos a los militares ante la falta de combustible. Un dato que, quizá, fue el factor decisivo para su último vuelo.

Noviembre volador

Siempre noviembre: en noviembre comenzó su entrenamiento, en noviembre cruzó el Plata y en noviembre voló por última vez.

El 23 de noviembre de 1941 amanece soleado y premonitorio de un calor agobiante. Un grupo de aviadoras uruguayas está de visita en Argentina y todas exigen lo mismo: ver a Carola Lorenzini. Quieren ver a la "Paloma gaucha" surcar el cielo y realizar su famoso looping, esa pirueta arriesgada que solo ella y su instructor, Santiago Germanó, dominan en el país.

Pero hay una traba: la estrella está suspendida. Las autoridades de Morón levantan la sanción a las apuradas, en un gesto que a Carola le resulta hipócrita. Sin embargo, como alguna vez hizo Newbery, acepta el desafío para no defraudar a sus seguidoras. Lo hará en un avión que no es el suyo, un Focke-Wulf Fw44, tras meses de inactividad forzada. Se la ve radiante, vestida de blanco absoluto, luciendo su figura de atleta y su sonrisa infinita. Se toma una foto con las colegas uruguayas y parte hacia su destino.

Durante el looping, por causas que el tiempo nunca terminó de explicar, Carola no logra estabilizar la máquina. El avión pierde altura peligrosamente, con ella cabeza abajo. En un último destello de lucidez y responsabilidad, fuerza los mandos para desviar la caída y evitar a la multitud. Lo que sigue es el estrépito. Mujer y máquina se inmolan juntas en un final de tragedia griega: un instante que lo cancela todo.

Borocotó acertó en el título de su nota necrológica en El Gráfico: "La Paloma gaucha plegó sus alas". Y así fue. Ella misma lo había vaticinado ante su familia: "¡Qué jodido debe ser morir en una cama!". Carola no moriría así; para ella estaban reservadas las cosas excepcionales. Quizá en Morón quedó su cuerpo, pero Carola, dejando atrás horizontes y nubes ascendió para fundirse, definitivamente, con el cielo mismo.

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