En aquel cajón está tu foto
La cita "enana" se convierte en título de este requiem mundano y rockero para Felipe Staiti fallecido el lunes 13 y el recuerdo inevitable de Marciano Cantero.
Hablar de Los Enanitos Verdes, o simplemente "Los Enanos" en Mendoza, es como decir malbec, vendimia, aceite de oliva, Cerro de la Gloria; en fin, es decir sin nombrarla, Mendoza.
Y eso implica tener siempre presente en el corazón al terruño y a los frutos del mismo, que se gustan, se aman por ser parte de uno mismo, como una trayectoria vital de la que sus contemporáneos tuvimos el privilegio de seguir junto con el crecimiento, evolucionando, aprendiendo y envejeciendo.
En mi caso, mi vida como músico del rock que alguna vez fui, se confunde e inicia casi con la de ellos. Sin temor a equivocarme, creo que fui parte de un florecimiento cultural que se dio aquí en este universo menduco.
Allá por 1979, en el estadio cerrado de basket del club Andes Talleres, fuimos con mi hermano a ver a Altablanca. Entonces esa banda era la proa de la música "progresiva" y tenía muchos fans. En festivales de música, de cualquier género, cuando te toca ser el "telonero" de alguien, es un arma de doble filo. Lo positivo: te tienen en cuenta por reunir ciertas características que te hacen una banda potable, lo negativo: estás inmediatamente antes en la grilla del show, de los verdaderos protagonistas de la noche y sus fanáticos quieren que tu presentación sea lo más breve posible y te vayas por el foro para dejarle lugar a los que han ido a ver y escuchar.
Pues bien, los teloneros de Altablanca fueron una banda llamada curiosamente "Marciano y los enanitos verdes". Ya con el solo nombre que anunció el maestro de ceremonias (algún flaco con look hippie decadente), comenzó la rechifla de los fans de la música progresiva, música "seria". Sin embargo, esos enanitos verdes con su frontman marciano, hicieron todo lo posible para gustar y, sin ninguna duda, eran buenos. Los impacientes no lo entendieron así y como respuesta a su empeño en tocar allí, le lanzaron un tomatazo a Marciano Cantero. Allí terminó el show de los enanitos, con esa lógica de caverna de "no te vinimos a escuchar a vos".
Me gusta imaginar que muchos de esos salames intolerantes deben haber presumido luego de haberlos visto "cuando no eran nadie". La ruindad es una condición de los necios, no me cabe duda.
Como decía, casi al mismo tiempo que Los Enanos iban creciendo, yo hacía mis primeras armas en esto del rock. Tocaba la batería con un grupo de amigos entrañables. Y así como en los 60 surgió el nuevo "Cancionero cuyano" con la Negra Sosa, Matus, Tejada Gómez, etc., los 80 marcaron la era de oro de las bandas mendocinas, guiadas por esa banda que a fuerza de tomatazos y rechazos sin sentido habían logrado imponerse y, de yapa, triunfar en Buenos Aires.
En el subsuelo de la Galería Caracol, en el café "Le Mirage", podías escuchar bandas como Ananá Split, que luego fue La Montaña, podías ver cómo se armaban trifulcas entre borrachos, en un paralelismo o analogía muy cercana a los tiempos heroicos y gloriosos del surgimiento del tango en lo de Hansen. Puedo decir, muy orondo, que yo viví eso, que yo estaba allí. Como la noche en que, no obstante haber clavado varios hits en las radios y charts, y contar con un disco producido nada menos que por David Lebón, tocaron en ese bar Los Enanos. Y aplaudí, y tomé algo, y volví a aplaudir. Después en el break, Marciano y Staiti se sentaron en la mesa de al lado donde yo estaba junto a un amigo. Ambos eran re sencillos, tomaron algo y aplaudieron a las otras bandas que, esta vez, estaban teloneando su propio show de consagrados.
Las vueltas que tiene la vida
Es más, yendo todavía más atrás en el tiempo, recuerdo haberlo visto a Marciano Cantero en el bondi, en el viejo 13 "A", con sus anteojos culo de botella que le hacían ver las pupilas inmensamente grandes, como un simple pasajero más, cargando su instrumento. Porque muchos han dado testimonio de que esos dos pibes, Marciano y Felipe, tocaban música siempre. Eran músicos de todos los días, eran, en definitiva, mendocinos de todos los días, del bondi, del bar, de los escenarios multitudinarios de aquí, del país todo, de Latinoamérica que los adoptó como hijos propios y amados.
Por todas estas razones, cuando el lunes 13 de abril, por boca de mi compadre- hermano, el Negro Fernández, me enteré de la muerte de Felipe Staiti, toda esa época se vino a mi mente en forma instantánea. "Se terminaron Los Enanos..." me dijo con voz trémula de emoción. Y yo asentí, porque es la verdad. Su finitud, su paso por la vida efectivamente terminó. Cuatro años después de la muerte de su cumpa Marciano Cantero, el Negro Staiti también se fue. Aquí, en Mendoza, en Argentina, en México, Colombia, etc., quedó su música, su impronta de pibes de barrio, de grandes músicos que llevaron al rock local a un pináculo que no todos pueden llevar.
Amigos en común, en las redes, publicaron su foto homenaje junto a Felipe. Ellos tuvieron ese privilegio de estar, de tocar junto a él. No es mi caso. Pero de todas formas no me deja de a pie en esta historia. No, porque mi juventud, mi batería, mis amigos, todos crecimos y nos formamos pensando que podríamos ser como ellos. Esa ilusoria certeza nos movía como el mundo para continuar e intentar una y todas las veces que fuera necesario soñar.
La palabra obituario es, necesariamente, fea, incómoda. Dejemos que el lenguaje nos lleve a expresiones mejores o más cálidas como por ejemplo "despedida". A fin de cuentas, es un viaje en el que todos tenemos ya sacado el pasaje, apenas si nos queda un momento, un rato largo o apenas un día, para también hacer las valijas y partir y, a veces, hasta sin tiempo de hacerlas.
Hay una frase hecha que no por eso deja de gustarme: "somos instantes". Y sí, lo somos. El tema es lo que dejamos en esos instantes en que ejercemos de humanos, de seres con ansias de vivir y apuntarnos algún momento que nos justifique como seres vivientes.
Los de Felipe y Marciano es toda una justificación de porqué estuvieron entre nosotros y nos legaron lo mejor que tenían: su arte imperecedero.
Hasta pronto.