Democracia en espejo: cuando el poder se mira a sí mismo.

El autor enfoca su observación en la dinámica del ejercicio democrático que se inicia en el momento de votar. La acción ciudadana es clave para que funcione el sistema de gobierno que adoptamos.

Mauricio Castillo
Técnico universitario en Gestión y Administración en Instituciones Públicas - Coach Laboral y Ejecutivo

  Hay algo incómodo en esta época que transitamos. Una sensación persistente de desconfianza, como un ruido de fondo, que atraviesa a las instituciones públicas. No importa si se trata de un concejo deliberante, una legislatura provincial o un ministerio: la credibilidad parece haberse vuelto un recurso escaso. Y sin embargo, hay una verdad que incomoda aún más que la crisis misma: las instituciones no son entes abstractos, lejanos o ajenos. Existen por las personas. Personas elegidas, en muchos casos, por la misma sociedad que hoy son cuestionadas.

 Aquí aparece la paradoja. El poder, en democracia, no es otra cosa que un préstamo. Una delegación que hace el ciudadano cuando vota. Pero lo que debería ser un ejercicio de representación se transforma, con demasiada frecuencia, en una especie de poder sobre el poder mismo: funcionarios que se autonomizan, estructuras que se burocratizan y decisiones que parecen responder más a lógicas internas que al mandato popular.

El problema, entonces, no es solo institucional. Es profundamente humano. Porque si las instituciones fallan, no lo hacen por si solas: fallan quienes las integran quienes la conforman y a quienes representan. Y en esa cadena de responsabilidades, el eslabón inicial -el ciudadano- no queda exento. 

Votar no es el final del acto democrático. Es apenas el comienzo. La verdadera ciudadanía no se agota en el cuarto oscuro; se construye en la vigilancia cotidiana, en la exigencia permanente, en la participación activa. Controlar, preguntar, incomodar, exigir rendición de cuentas: eso también es democracia. Y quizás sea la parte más olvidada. 

Desde la escala más cercana -la municipal- hasta las estructuras más complejas del Estado, el desafío es el mismo: reconstruir la confianza. Y eso no se logra con discursos grandilocuentes, sino con prácticas concretas. Con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Con funcionarios que entiendan que su rol no es tener privilegios y actuar de manera personal y totalitaria, sino una responsabilidad, un deber y por sobre todo un compromiso social. 

En este entramado, hay sectores que sostienen silenciosamente el funcionamiento del Estado y que, paradójicamente, son los menos reconocidos: la salud y la educación. Profesionales que trabajan en condiciones muchas veces precarias, con salarios que no reflejan su valor social y con una carga simbólica que excede cualquier contrato. Son ellos quienes encarnan, en lo cotidiano, la presencia real del Estado. Y sin embargo, rara vez ocupan el centro del reconocimiento. 

Quizás sea momento de invertir la mirada. De dejar de pensar al EstadoGobierno como una estructura distante y empezar a verlo como lo que realmente es: una red de vínculos humanos atravesados por responsabilidades compartidas. Porque no hay institución fuerte sin ciudadanos comprometidos, ni ciudadanía plena sin instituciones que respondan. 

La democracia no se deteriora de un día para otro. Se erosiona lentamente, en la indiferencia, en el desinterés, en la delegación absoluta. Pero también puede reconstruirse. Y esa tarea, aunque incómoda, nos incluye a todos. 

Al fin y al cabo, el poder no se corrompe en soledad. Tampoco se corrige solo.  

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