Análisis

Las elecciones se vuelven un concurso de vanidades

El análisis del clima electoral que se vive en Argentina y América Latina da cuenta de que se vive un momento raro, en que no se elige ni se discute a fondo, sino que se transita en la espuma de las cosas.

Periodista y escritor, autor de una docena de libros de ensayo y literatura. En Twitter: @ConteGabriel

El clima político que se vive no solo en Argentina, sino en América Latina y el mundo, están volviendo a los procesos electorales en concursos si no de "belleza", de vanidades. Poco cuentan las ideas reales. Valen, en cambio, las características personalísimas de los protagonistas.

En Mendoza podríamos asimilar, in extremus y al solo hecho de provocar el análisis, que un acto electoral sería algo así como el traslado a la vida institucional de un certamen vendimial. Pesan allí los hobbies y características personales, más que cualquier otra cosa, aunque suman un valor que genera tensiones: la localía y la puja intergeográfica.

Esta es una parcialísima interpretación del informe que ofreció este sábado, invitado por el intendente de Las Heras, Daniel Orozco, el analista Mario Riorda al analizar los resultados de los estudios realizados por Paola Zuban y Gustavo Córdoba.

Los escalones que sube Orozco, la reaparición de los exgobernadores y los datos de Zuban, Córdoba y Riorda sobre la incertidumbre política

Pero sirve: ¿a quiénes les importa qué se promete si después, se sabe, no se cumplirá? ¿A qué candidatos les ocupa armar un plan si luego no podrá sostenerlo, financiarlo, cumplirlo o directamente, la opinión social (como sucedió con la minería) cambiará según sople el viento y lo volteará, aun habiendo obtenido en las urnas el respaldo que vale y no el de la horda empatotada bajo los efectos del miedo o el susto del momento.

Son momentos difíciles para la institucionalidad y no exclusivamente para la política, ya que si votamos vanidades, vanidades recibiremos. 

La política, con una sociedad que cree ser protagonista solo por usar redes sociales y que alienta las posiciones extremas, se vuelve más gestora de triunfos y derrotas, que del Estado. Y se suponía que se trataba del sector social predestinado y más capacitado para guiar los pasos de la cosa pública. Pero debe ocuparse de sostener el rating. Se mueve en la espuma y no en la sustancia, aunque quiera.

Como dijo Riorda, la racionalidad queda condenada (por decisión propia o por aplastamiento) al silencio.

De allí que las sociedades y, centralmente, sus ciudadanos -los que ejercen el voto- deberían estar más atentos al autoexamen crítico que a formular lapidarias cancelaciones a la dirigencia que se hace un nudo por interpretar cómo se levantará hoy la gente y entonces, qué proponerles: ya sea una nueva bronca o un horizonte.

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