El presente es una jaula y libera quien calcula cuál será el futuro o sabe construirlo
En un mundo atravesado por el colapso de las viejas categorías políticas y la pérdida de eficacia de las herramientas tradicionales de análisis, el autor reflexiona sobre la necesidad de una dirigencia capaz de anticipar y construir el futuro, más allá de banderas ideológicas, y advierte que quedarse anclados en el presente es la forma más segura de perderlo. El análisis comentado de Gabriel Conte.
Pensemos en lo que está pasando en el mundo. ¿Por dónde empezar? Es muy difícil analizar este momento con las herramientas que nos dieron la ciencia política, la sociología, la antropología, todas las ciencias que fuimos aprendiendo a lo largo de nuestra vida. Da la sensación de que está ocurriendo "otra cosa", de que hay un cambio rotundo y que nos equivocamos al encasillarlo dentro de las definiciones de otro tiempo, más por comodidad que por hambre de conocimiento.
Vale la pena charlarlo, desde lo más básico hasta lo más complejo. Porque estamos viendo un momento único, probalemente.
Lo podemos observar en lo que ocurre con las grandes potencias o en naciones icónicas del pasado que intervienen en otros países. Lo vemos con Estados Unidos, uno de los grandes actores globales. Pero también lo vimos con Rusia en Ucrania, con Cuba en Venezuela antes de que interviniera Estados Unidos, o con el régimen de Maduro metiéndose en Chile para asesinar a un disidente, como fue el caso del teniente Ojeda.
¿En qué mundo estamos parados? "Vivimos una crisis de sentido histórico"
Todo esto genera la impresión de que el derecho internacional ya no existe, de que la ONU o la OEA sirven para poco, y de que los derechos humanos -esos que todos decimos y queremos defender- se respetan solo cuando conviene a determinados intereses, muchas veces dictatoriales, del lado equivocado de la historia.
Hay mucho para hablar, pero lo cierto es que resulta muy difícil tomar partido con las categorías que nos enseñaron: izquierda, derecha, centro. No es que sea difícil: no sirve. Si analizamos lo que está pasando desde esas categorías, no nos servirá para comprender, aunque tal vez sí para conformarnos en nuestro espacio de confort ideológico. Puede que hacer lo de siempre nos deje tranquilos íntimamente, nos permita levantar una bandera o llegar a una conclusión personal, pero no sirve para entender qué viene después. Y ese es el punto central que busca discutir esta columna.
Hoy, el político que no sepa qué viene en el futuro no es útil para los demás. Lo digo a cualquier escala: en un municipio, en una provincia o en un país. No alcanza con administrar el presente.
El político no solo tiene que proyectar el futuro: tiene que saber construirlo.
Ya no es sencillo ser político en este mundo.
Les doy un ejemplo concreto: hace unos días, en el Paso Pehuenche, hablaba con un agente aduanero que me contaba que para pasar de San Rafael a Las Loicas hay que cruzar un río por un puentecito de 120 años que nadie amplió ni reconstruyó. Y me dice: "Bueno, a eso nos lleva Milei". Pero lo cierto es que pasaron 120 años y nadie lo hizo. Y la culpa siempre termina siendo del último, del que decidió que no haya obra pública, en este caso.
Esto surgió en una charla sobre lo mal que están las rutas argentinas hacia el sur, al punto de que tuve que volverme de la Patagonia por Chile para no romper el auto. Y ahí aparece una reflexión profunda: se nos va la vida esperando que las cosas cambien, esperando estar mejor, discutiendo estupideces, creencias, mitos o autoconvencimientos. Mientras tanto, lo que falta es una dirigencia política enfocada en el futuro.
Lo dijo en una entrevista el senador chileno Francisco Chahuán. No sé si es bueno o malo, pero la frase es contundente: "Al futuro no hay que esperarlo, hay que organizarlo", hay que armarlo, hay que crearlo. Me pareció interesantísimo, porque no sabemos qué va a ser de nosotros si seguimos aferrados a nuestras banderas, esperando a ver qué pasa en el mundo, y nos morimos dentro de diez, veinte años sin que nada ocurra como queríamos.
El político que se queda en el presente se encierra en una jaula esperando la reelección, el próximo cargo, a ver dónde lo acomodan.
En cambio, el político que lidera, que sabe ver hacia dónde va el futuro y lo construye, y además entusiasma a la gente para construirlo, es el que prevalece o, al menos, lo hace con sus actos e ideas. Para eso hay que dejar de lado categorías estancadas, perimidas, antiguas, que no sirven para entender lo que realmente está pasando.
Hay que animarse a liderar. Y también mirar alrededor y preguntarnos quiénes están dispuestos a hacerlo. Y si nosotros mismos estamos dispuestos a bajar las banderas un rato para ver cómo viene ese futuro.
Miren el video: atrás mío hay un cactus florecido en medio de la nada. Hay esperanza.
Estoy leyendo a Giuliano da Empoli, "La hora de los depredadores". Cuenta algo histórico: cuando llegan los colonizadores a América, Hernán Cortés desembarca en México y le avisan a Moctezuma que venían personas cubiertas de metal, montadas en bestias enormes, que disparaban proyectiles, pocos pero sorprendentes. Moctezuma reúne a sus asesores, que se dividen, como pasa hoy en la política. Unos dicen: "Hay que atacarlos". Podían haberlos derrotado fácilmente, porque el imperio era enorme. Otros dicen: "Cuidado, pueden ser dioses que regresan". Deciden lo que todo dirigente hace ante circunstancias similares: no decidir nada concreto. Entonces, proceden a enviarles regalos a los conquistadores..
La metáfora que señala da Empoli es clara: ante momentos de crisis, muchos dirigentes toman la decisión más común, que es no decidir nada. Y así suceden las cosas, sin torcer el rumbo.
No es recomendable leer ningún libro como "palabra sagrada", sino como una herramienta más para comparar, para pensar. El presente nos estanca. Quedarnos en lo que ya sabemos no nos sirve para avanzar. El asunto es que el tiempo avanza igual, y nos vamos a morir todos sin que nada cambie si no somos capaces de construir el futuro.
Eso es lo que hay que exigirle a los líderes: liderazgo real y concreto. o "que pase el que sigue". Desde un intendente que no pavimenta una calle, hasta un gobernador que no planifica su territorio, o un presidente que se queda sentado en los laureles.
Hay mucho que aprender de ese cactus en flor que verán en el video.
No quiero ser ingenuo ni caer en frases de coaching, pero el momento indica que no sirven las viejas categorías ni las viejas herramientas para analizar lo que pasa en el mundo y en nuestro pequeño lugar.
Hay que preguntarse por qué nunca se construyó ese puentecito que permitiría avanzar, dar un paso más, tener esperanza de que hay un horizonte.