La vitivinicultura mendocina necesita una nueva épica
El este mendocino debe crear su propio relato de micro-regiones.
Estamos ante un cambio de era que nos obliga a mirar mucho más allá del precio del tinto o el blanco; estamos frente a nuestro propio "momento 1870", donde el modelo que nos trajo hasta acá parece haberse agotado. La crisis actual, marcada por cambios en los hábitos de las nuevas generaciones y una legislación de tolerancia cero que a veces olvida que el vino es alimento y cultura mediterránea, no se soluciona arrancando viñedos, sino arrancando los prejuicios que nos impiden innovar.
El verdadero camino para salvar al sector no es el subsidio al excedente, sino la diversificación profunda de la uva como un bioproducto de alto valor y la defensa a ultranza de nuestra identidad. No podemos permitir que el lobby azucarero le gane la pulseada al mosto, ni que la tecnocracia nos haga olvidar que el vino es, ante todo, un acto de rebeldía romántica frente a un mundo cada vez más artificial e inmediato.
Para que la Zona Este y nuestra producción familiar vuelvan a ser rentables, necesitamos recuperar el alma de la comunicación. Menos puntajes fríos y más historias de vida; menos elitismo y más verdad. El vino es un paisaje embotellado y cada etiqueta debería ser un poema que narre la resistencia del viñador frente a la helada. Necesitamos un compromiso ético, un código de buenas prácticas que termine con los abusos de posición dominante y devuelva la dignidad al productor primario, asegurando que el esfuerzo del surco se vea reflejado en el valor de la botella.
Arrancar un viñedo es, en esencia, quemar un libro de nuestra historia que aún tiene muchas páginas por escribir. Si logramos unir la eficiencia de la mecanización con la mística del relato, si dejamos de vender solo un líquido para volver a vender una cultura, la vitivinicultura mendocina no solo sobrevivirá, sino que volverá a ser el gran faro de orgullo y sostenibilidad que siempre soñamos.
La comunicación actual se volvió técnica, fría o, peor aún, elitista. Hemos reemplazado el placer por el puntaje. Necesitamos volver al romanticismo de la vid, pero con un lenguaje del siglo XXI.
Porque el vino no se explica, el vino se siente. Y hoy, ese sentimiento nos convoca a sentarnos a una mesa común. Por eso, esta nota no es solo un pensamiento, sino una invitación: Crear un sistema donde la uva de calidad del este no se "venda", sino que se "licencie". Si una bodega de renombre usa uva de un viñatero de San Martín para equilibrar su vino premiado, debe pagar una regalía (royalty) perpetua por el uso de ese origen. Que el productor sea un "socio de marca" y no un proveedor de materia prima.
Es hora de una belleza austera: el vino desnudo, el vino que no miente, el vino que llega a la mesa sin disfraces, llevando solo el aroma del sarmiento y el orgullo de quien no se dejó arrancar.