Vino

El problema no es el vino, es cómo hablamos de él

Una reflexión sobre la pequeña crisis del vino argentino, el rol que nos toca como comunicadores y la necesidad de volver a hablar con honestidad.

Ignacio Borrás

Hay un momento bastante común en el mundo del vino. Alguien prueba una copa, asiente con educación y dice que le gusta. No porque lo haya emocionado, sino porque "está bien". Porque el vino tiene puntaje, porque la bodega es reconocida, porque la explicación fue impecable. Ese gesto, casi automático, dice mucho más de lo que parece. No habla de disfrute, habla de corrección.

No es un problema de calidad. Es un problema de conversación.

El vino argentino atraviesa una pequeña crisis. No es una crisis de viñedos, ni de talento, ni de técnica. Es una crisis más silenciosa, menos visible, pero igual de profunda: una crisis de sentido, de conexión y de relato. Y lo más importante es asumir que no viene de afuera. Es una crisis que nos atraviesa como industria, como comunicadores, como productores y como consumidores.

Nunca se hicieron tantos vinos buenos como hoy. Nunca hubo tanta información, tanta precisión técnica, tanta diversidad de estilos. Y sin embargo, algo se empezó a aflojar en el vínculo con quien toma vino. No porque el vino sea peor, sino porque muchas veces dejamos de escucharlo desde el lugar correcto: el de la experiencia real.

Durante años aprendimos a defender al vino argentino como si estuviera permanentemente bajo examen. Y tuvo lógica. Hubo que explicar, justificar, posicionar, demostrar que podíamos jugar en ligas mayores. Hoy ese objetivo está cumplido. El vino argentino ya no necesita demostrar que es bueno. El problema es que seguimos comunicándolo como si todavía tuviera que rendir examen.

Defender todo, todo el tiempo, no es cuidar. Muchas veces es evitar mirarse al espejo.

Esa defensa automática, casi reflejo, termina anulando algo esencial: la posibilidad de mejorar. Porque cuando todo está bien, no hay nada que revisar. Y cuando no se revisa, se estanca. No en calidad, pero sí en discurso, en conexión y en emoción.

El silencio del vino en la era del ruido

En ese contexto, el consumidor quedó atrapado en el medio. Rodeado de puntajes, tecnicismos, modas que se reciclan con nuevos nombres y descripciones que se repiten hasta perder sentido. Se le enseñó que hay cosas que "debería" sentir, que si no las percibe es porque no sabe, porque no entiende, porque le falta entrenamiento. Y así, sin darnos cuenta, convertimos al vino en algo intimidante.

Si el vino no se disfruta, algo está fallando. Y casi nunca falla el consumidor.

La inseguridad del que toma vino no nace sola. Se construye. Se construye cuando se invalida una sensación, cuando se corrige un gusto, cuando se explica más de lo que se comparte. El vino debería invitar, no exigir. Acompañar, no examinar.

Del otro lado están los enólogos y productores. Personas formadas, sensibles, comprometidas, que empujaron al vino argentino a niveles impensados hace apenas algunos años. Hoy hay conocimiento, búsqueda, identidad, precisión. Pero también aparece un riesgo lógico: el de refugiarse en el discurso correcto. El de hacer vinos técnicamente impecables, pero comunicados desde lugares cada vez más parecidos entre sí.

La pregunta no es si el vino está bien hecho. La pregunta es si está diciendo algo.

Porque cuando todos los vinos parecen decir lo mismo, algo se pierde. No en la copa, sino en el relato. Y el vino, además de bebida, es relato. Es contexto, es emoción, es historia. Cuando eso se aplana, el vínculo se debilita.

En el medio de todo esto estamos los comunicadores. Críticos, periodistas, influencers, generadores de contenido. También responsables. Porque tenemos una influencia directa en cómo se construye la percepción del vino. Cuando repetimos fórmulas que funcionan, cuando describimos vinos con las mismas palabras, cuando celebramos todo sin matices por miedo a incomodar, dejamos de aportar valor. Y si no hacemos preguntas nuevas, no ayudamos a que la industria crezca.

Esta crisis también es nuestra.

Criticar no es atacar. Cuestionar no es traicionar.

Existe una idea equivocada de que señalar falencias debilita al vino argentino. En realidad, lo que más lo debilita es el silencio cómodo, el aplauso automático, la corrección permanente. La crítica honesta, hecha desde adentro y con respeto, es una de las formas más claras de apoyo. Porque solo se puede mejorar aquello que se anima a revisarse.

El vino no necesita unanimidad. Necesita diversidad de miradas. Necesita discursos más humanos, menos solemnes. Más conexión con quien lo toma y menos miedo a no encajar. Necesita volver a ser un espacio de disfrute, identidad y encuentro, no un examen constante ni una competencia permanente.

Apoyar a la industria no es decir que todo está perfecto. Apoyar a la industria es querer que sea mejor.

El vino argentino tiene con qué salir fortalecido de esta pequeña crisis. Tiene talento, historia, territorio y futuro. Pero para eso necesita algo fundamental: animarse a conversar consigo mismo con honestidad. Escuchar más, explicar menos. Preguntar antes de afirmar. Tal vez haya llegado el momento de dejar de defenderlo tanto... y empezar a escucharlo más.

Reflexión final

Digo todo esto desde un lugar muy concreto: el de alguien que ama el vino y disfruta de comunicarlo. No desde la comodidad del que mira de afuera, sino desde la responsabilidad de saber que cada palabra que escribimos también construye industria. Por eso creo que hoy no alcanza con celebrar lo bueno, que es mucho. También tenemos que animarnos a revisar lo que no está funcionando del todo.

No escribo estas líneas para señalar culpables ni para pararme en un lugar de superioridad. Al contrario. Las escribo porque siento que esta conversación nos incluye a todos. A bodegas, a enólogos, a comunicadores y a consumidores. Porque el vino no se sostiene solo con calidad ni con relato: se sostiene con vínculo, con honestidad y con confianza.

A veces tenemos miedo de decir que algo no nos emociona, como si eso fuera un ataque. Y no lo es. Es una señal. Es una oportunidad para volver a preguntarnos para quién hacemos vino, para quién lo contamos y desde qué lugar. Si logramos darnos ese permiso, el vino argentino no solo va a crecer hacia afuera, también va a fortalecerse hacia adentro.

Tal vez de eso se trate este momento: de dejar de actuar como si todo estuviera resuelto y aceptar que todavía estamos aprendiendo. Y eso, lejos de ser una debilidad, puede ser una de las mayores fortalezas de nuestra industria.

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