Greenland: El Día del Fin del Mundo

El exgobernador, exlegislador nacional y académico experto en relaciones internacionales reflexiona para Memo sobre el protagonismo de Donald Trump y la incidencia china en el nuevo escenario mundial. Lo que él denomina "Bipolarismo Conflictivo no Hegemónico".

José Octavio Bordón*
Prof. Sociología Política y de Relaciones Internacionales en UNCUYO.Fue Gobernador, Diputado y Senador nacional por de Mendoza. Embajador ante los Gobiernos de EEUU y Chile. Fue presidente del Consejo Argentino para las RRII. 

 Acabo de ver simultáneamente, con dos de nuestros nietos, la primera y segunda parte de la película del género "desastres" del director Ric Roman Waught y escrita por Chris Sparling. En la primera saga describe los avatares de una de las familias de EEUU que son "designadas" por el Gobierno para sobrevivir y llegar a un búnker seguro en Groenlandia, ante el impacto de un cometa con capacidad de destruir gran parte del planeta. Por diversas circunstancias, no pueden abordar el vuelo reservado en su país y deben emprender un solitario y riesgoso camino por su país y Canadá para poder llegar al destino indicado.

Ciertamente, la idea del libretista y el director, la primera estrenada en el 2020 y la segunda en el 2026, era recrear la caída de un asteroide de unos 15 kilómetros de diámetro que chocó hace 66 millones de años en la Península de Yucatán en México y que provocó una extinción masiva de tres cuartas partes de las especies de plantas y animales de la Tierra.

Es tentador, ante el estreno de la segunda saga en estos días, conectarla con las actuales declaraciones y acciones del presidente Donald Trump tratando de anexar la inmensa isla de Groenlandia. Esta cuenta con su propio y extenso gobierno local y fue una colonia danesa hasta 1953. Desde entonces forma parte del Reino de Dinamarca. Esta aspiración de EEUU no es nueva; ya hubo acciones en el siglo XIX y luego de la posguerra mundial, en 1946, la administración del presidente Harry Truman ofreció a Dinamarca comprarla en 100 millones de dólares en oro, posiblemente para tener posiciones estratégicas en los inicios de la Guerra Fría. Dinamarca desestimó la propuesta, pero permitió que en 1951 EEUU construyera la base aérea de Thule.

Ciertamente, el interés de la actual administración de los EEUU está, en parte, motivado porque el deshielo del Ártico está transformando la región en un punto nodal de competencia geoeconómica y estratégica, con Rusia y China, por las nuevas rutas marítimas y el acceso a recursos de petróleo, gas y minerales. También se explica por el retroceso hacia lo que Trump determina como la Zona de Defensa y Seguridad de EEUU: desde el Norte en Groenlandia hasta la Tierra del Fuego argentina y chilena, con la importante presencia de ambos países en el Pacífico y Atlántico Sur, Mar Antártico y Antártida. Una América de Polo Norte a Polo Sur. Esta pretensión y las formas de Trump han generado diferencias y tensiones importantes con Europa, Canadá y Latinoamérica. 

Se suman, en estos días, otros temas preponderantes en la Agenda Internacional de la Administración Republicana. La reunión de Trump en la Casa Blanca con el presidente de Colombia, las presiones sobre Cuba, la amenaza militar a Irán y los preparativos para el encuentro previsto para abril en Beijing con el presidente de China, Xi Jinping. Al mismo tiempo, se produce el anuncio de la Unión Europea y la India, el 27 de enero del 2026, sobre el cierre de las negociaciones de un Acuerdo de Libre Comercio que ampliará el acceso al mercado y reducirá barreras en el comercio internacional entre ambas economías, una vez que el texto pase la revisión jurídica y el proceso institucional.

En paralelo, el 2 de febrero de este año, el presidente Trump anunció que llegó a un acuerdo comercial con India, tras una conversación con el primer ministro Narendra Modi, y que esto implica la reducción de barreras arancelarias y regulatorias y dejar de comprar petróleo a Rusia. Otro tanto hizo Modi, quien explicitó la "alegría de que, bajo el principio de reciprocidad, se redujeran los aranceles y que esto impulsará el made in India y fortalecerá nuestra introducción en las cadenas de suministros globales", pero no confirmó aún la reducción de compras de petróleo a Rusia. En diciembre pasado, el primer ministro de la India había recibido en Nueva Delhi a Vladímir Putin y en agosto 2025 participado de la Cumbre en Beijing convocada por Xi Jinping.

Este conjunto de hechos mencionados y otros que los precedieron son la expresión de la tensión entre "Transición y Ruptura", en el marco de lo que desde hace algunos años he definido como un "Bipolarismo Conflictivo no Hegemónico", entre los EEUU y China. La gran potencia del norte asiático no solo desafía, por su inmensa población y territorio, a quien fue la potencia hegemónica tras la caída del Muro de Berlín hace 35 años. A partir del progresivo liderazgo de Deng Xiaoping, tras la muerte de Mao Zedong en 1976, y sus reformas desde 1978 hasta 1989 que lo convierten en el arquitecto de la China Moderna, esta milenaria cultura y nación se fue desarrollando en su capacidad industrial y comercial y, desde esa base, en un complejo político, científico-tecnológico, financiero, militar, nuclear y espacial. Simultáneamente, desplegó una exponencial presencia en el campo internacional y en los organismos multilaterales, con una velocidad y diversificación notables, especialmente a partir del liderazgo del séptimo presidente de la República Popular China desde el 2013: Xi Jinping.

Este bipolarismo no es hegemónico por varias razones. Por un lado, a diferencia de lo que ocurría en la Guerra Fría entre EEUU y Rusia, la interconexión entre las dos economías dominantes es muy intensa y el esfuerzo que realizan para desacoplarse parcialmente es complejo; les crea dificultades a ambas y también al comercio internacional. Por otra parte, tanto grandes potencias como medianas, más allá de sus afinidades o diferencias con las dos grandes potencias, no dejan de mantener relaciones en diversos planos con una y la otra y entre ellas. Además, como consecuencia de los profundos cambios que ha generado la rápida y cualitativa transformación del sistema tecnológico, hoy existen poderes fácticos no estatales legales (sistema financiero, los grandes conglomerados productivos y de servicios) e ilícitos (narcotráfico, lavado de activos, tráfico de armas y personas) que se han internacionalizado y globalizado con sus propias reglas de juego, construyendo una independencia relativa del poder de los Estados nacionales.

¿Por qué hablamos de una tensión entre la transición y la ruptura de una Era a la otra?. Los EEUU, al tomar más amplia conciencia del desafío que el Desarrollo Integral de la Nueva China le plantea a su poder hegemónico de las últimas décadas, no solo definió en su estrategia nacional que China era su principal adversario, sino que, a partir del liderazgo de Donald Trump y su MAGA (Make America Great Again), "Hacer América Nuevamente Grande", pusieron en marcha una ruptura con el orden internacional y sus reglas de juego. La paradoja es que Orden Internacional se gestó tras el triunfo de los Aliados en la Segunda Guerra Mundial y bajo el liderazgo e intereses del nuevo poder dominante, los EEUU.

Cabe preguntarse cuál es la influencia de la personalidad, el estilo político y los objetivos de Donald Trump frente a los desafíos e intereses nacionales de los EEUU en este nuevo escenario. El académico Michael Schifter, expresidente del Inter American Dialogue, (influyente think tank con sede en Washington D.C.) sostiene que su "liderazgo es altamente impredecible y narcisista y que, más que un aislacionista, es un unilateralista". Por su parte, el académico argentino Luis Schenone, desde la cátedra universitaria que tiene en Londres, sostiene que "en toda la locura de Trump hay una lógica": desarticular el actual orden internacional, que en su visión ha revertido de favorable a negativo para los intereses y el poder de los EEUU.

Stephen Walt, profesor de Relaciones Internacionales en Harvard Kennedy School of Government, sostiene que "más que un hegemónico liberal, es un 'hegemónico depredatorio', muy diferente a la 'hegemonía benigna' que practicó EEUU en la postguerra" y define su estilo transaccional como "lo mío es mío y lo tuyo es negociable", concluyendo que la "hegemonía depredatoria contiene en sus semillas su propia destrucción".

El expresidente del BID, Mauricio Claver-Carone, cercano republicano a Trump, sostiene que "un gran poder tiene que ser hegemónico en su región", en tácito reconocimiento de que EEUU, para "ser grande otra vez" debe retroceder hacia este reformulado occidente americano que va desde Groenlandia hasta la Tierra del Fuego y sus proyecciones hacia el Ártico y la Antártida. Con su profundidad y experiencia, el académico argentino Roberto Russell sostiene que la revalorización que la Administración Trump hace de la región es consecuencia de lo que él denomina la confluencia de la "Periferia Penetrada" (especialmente por la creciente presencia y competencia económica, financiera, tecnológica y política de China) y la "Periferia Turbulenta".

En ese contexto y con el accionar progresivo, constante y paciente de la República China, es evidente que el renovado interés y acciones de la Casa Blanca y la Administración norteamericana suponen que hemos dejado de ser su "patio trasero" para convertirnos en "retaguardia" de la defensa y seguridad nacional de "América".

El Gobierno Argentino no debe confundir la amistad y coincidencias políticas con el presidente Trump con un alineamiento automático en todas sus decisiones. Los EEUU son más que un circunstancial presidente e igualmente la Argentina. Esa buena relación personal debe ser aprovechada con realismo, visión estratégica y diplomacia para optimizar nuestros intereses nacionales, un inteligente y prudente relacionamiento global y convergencia en la diversidad con nuestros vecinos físicos e históricos, para fortalecer la amistad, paz, seguridad y desarrollo de la región, que es un gran legado de nuestra democracia recuperada en 1983, y más aún en una transición mundial que genera riesgos y oportunidades.

Los cualitativos y ultra veloces cambios que genera la revolución tecnológica exigen, de todos y especialmente de las dos grandes potencias en conflicto, reconstruir el multilateralismo fuertemente deteriorado, a través de un renovado, realista y efectivo sistema multilateral basado en la misma consigna con que nacieron hace 8 décadas las Naciones Unidas: "Nosotros la gente".

Los nuevos desafíos de la inequidad, el cambio climático, el potencial uso de armas nucleares o bacteriológicas, las pandemias, el terrorismo y el crimen transnacionalizado son riesgos globales que no pueden ser superados solo a través de medidas domésticas. Ponen en peligro la sobrevivencia de la vida en el Hogar Común: la Tierra. Los cambios históricos no pueden ser negados, pero si navegados a buen destino con realismo, valores y políticas orientadas al bien común. No se trata de construir un Gobierno Mundial, pero si un Sistema Internacional basado en un Humanismo Realista y Trascendente que entienda que nadie se salva solo. Quizás esta debería ser una de las interpretaciones que le pudiéramos encontrar al intenso despliegue de cinematografía de catástrofes como la película "Greenland: el día del fin del mundo", con el que iniciamos estas reflexiones.

 *Profesor de Sociología Política y de Relaciones Internacionales en UNCUYO y otros centros de Argentina y el Exterior. Fue Gobernador, Diputado y Senador de la Provincia de Mendoza. Embajador ante los Gobiernos de EEUU y Chile. Fue presidente del CARI (Consejo Argentino para las RRII).

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