Michel Rolland y un brindis para recordarlo en Mendoza
Ayer, en la bodega Rolland, mientras escuchaba a su familia y a su equipo recordarlo, entendí que esta no iba a ser una nota más sobre Michel Rolland. Iba a ser, en todo caso, una forma de intentar contar quién era cuando se apagaban los reflectores.
Hay momentos en los que uno no sabe muy bien desde dónde escribir.
Ayer, en la bodega Rolland, mientras escuchaba a su familia y a su equipo recordarlo, entendí que esta no iba a ser una nota más sobre Michel Rolland. Iba a ser, en todo caso, una forma de intentar contar quién era cuando se apagaban los reflectores.
El homenaje no tuvo solemnidad forzada ni necesidad de grandes discursos. Fue íntimo. Cercano. De esos encuentros donde lo importante no es lo que se dice, sino lo que se siente. Y en ese clima, la figura del enólogo global quedó en segundo plano para dar lugar a algo mucho más valioso: la persona.
Allí estuvieron su esposa, Dany Rolland, y sus hijas, Stéphanie y Marie, acompañadas por el equipo que lo acompaño durante años en Argentina. Pero más que un evento, lo que se vivió fue una reunión cargada de memoria. Una forma de recordarlo como seguramente él hubiera querido: sin protocolos, pero con verdad.
Hubo un momento, casi sin aviso, en el que se generó un pequeño silencio justo cuando su esposa, Dany, terminaba de hablar. Pero no fue por algo que se dijo, sino por lo que se sintió. Un silencio breve, compartido, de esos que no incomodan pero que dicen mucho. Como si todos, por un instante, estuvieran recordando lo mismo desde lugares distintos, antes de alzar las copas en su nombre.
Y quizás ahí estuvo la clave de todo.
Porque más allá de los nombres, de las trayectorias o de los lugares que cada uno ocupaba dentro de ese espacio, lo que se percibía era algo mucho más simple: gente recordando a alguien que había dejado huella en lo cotidiano. No en lo grandilocuente, sino en esos gestos que terminan siendo los que más permanecen.
Entre los distintos momentos del encuentro, hubo algo que se repitió en cada palabra: su manera de estar. Porque más allá de una vida atravesada por viajes constantes, vendimias en distintos continentes y proyectos en todo el mundo, Michel nunca dejó de estar presente donde realmente importaba. Así lo contaron su esposa y sus hijas, recordándolo en cada cumpleaños, en cada reunión familiar, en esos momentos que no se negocian.
También compartieron cómo logró que su trabajo no fuera una distancia, sino un puente. Sus hijas crecieron viajando, conociendo bodegas, entendiendo el vino desde adentro, pero también el mundo. Esa forma de integrar la vida personal con la profesional no solo marcó a su familia, sino que también se refleja hoy en su equipo en Mendoza, donde el vínculo humano parece tener tanto peso como el trabajo mismo. Más que un equipo, una familia.
En ese sentido, lo que se ve hoy en la bodega no parece casual. Hay una continuidad que va más allá de lo técnico, que tiene que ver con una forma de trabajar, pero también con una forma de vincularse.
Hablar de Michel Rolland es, inevitablemente, hablar de su impacto en la vitivinicultura mundial. Y Argentina no fue la excepción. Su llegada al país, en un momento clave de transformación, ayudó a consolidar una mirada que luego encontraría reconocimiento internacional. Su interpretación del Malbec, su búsqueda de equilibrio y su entendimiento del mercado global marcaron una etapa.
Pero quedarse solo con eso sería reducirlo.
Porque incluso con una carrera que podría haberlo llevado a un lugar de comodidad, hubo algo que nunca perdió: la curiosidad. Esa necesidad constante de seguir aprendiendo. De seguir preguntándose. De no creerse nunca por encima del proceso.
Tuve la oportunidad de conocerlo en febrero de 2021, en una entrevista que todavía hoy recuerdo con mucha claridad. Y antes de ese encuentro, recuerdo perfectamente los nervios de esos minutos previos. No todos los días uno se sienta a hablar con alguien que ha tenido semejante influencia en el mundo del vino.
Pero bastaron unos minutos para que todo cambiara.
La conversación empezó a fluir con una naturalidad inesperada. Sin barreras, sin distancia. Como si en lugar de estar frente a una figura de ese calibre, estuviera hablando con un viejo amigo al que hacía tiempo no veía. Y ahí apareció algo que muchas veces se pierde detrás de los nombres grandes: esa simpleza que tienen los que realmente saben.
Lejos de cualquier gesto de superioridad, Michel se mostraba cercano, curioso, genuino. Y en ese intercambio no solo hubo aprendizaje profesional, sino también algo más profundo. Una forma de entender el vino, sí, pero también una forma de pararse frente a la vida.
Porque además del vino -que fue su lenguaje- había otras pasiones que lo atravesaban. Disfrutaba de la gastronomía, del golf y del fútbol. Intereses que, de alguna manera, también hablaban de su personalidad: la búsqueda del disfrute, del encuentro, del tiempo compartido.
Estar ahí, en ese homenaje, también permitió entender algo más. Que los legados no se sostienen solos. Necesitan de personas que los continúen, que los interpreten y que los mantengan vivos en el tiempo y no tengo duda que tanto su familia como Tambien su equipo con Rodolfo al mando lograran hacerlo.
Y quizás por eso, lo que se vivió en la bodega no tuvo el tono de una despedida definitiva.
Porque más allá de su ausencia, hay algo que sigue ahí.
En su familia. En su equipo. En los vinos que ayudó a construir.
Y en esa manera tan simple como profunda de entender que, detrás de cada botella, siempre hay una historia. Pero sobre todo, personas.